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La Canción de Aisha. (Retablo de la vida de Ben-Alud) 3.- Por Francisco J. Martínez Guerra

3. El joven Samir.    
Habían transcurrido quince años desde aquel de la batalla de Alarcos. Corría el año 1.210 cuando los almohades ponían cerco al castillo de Salvatierra, próximo al de Calatrava, al sur de la provincia de Ciudad Real, en poder de los cristianos. Una tarde regresando Hassan Ben-Alud al campamento musulmán, tras inspeccionar los muros de aquella fortaleza que a no tardar caería en poder de los moros, un cristiano salió detrás de una encina armado con un arco plantándose en medio del camino cerrándole el paso.




Hassan solo tuvo tiempo de bajar la celada y espolear su montura en tanto sentía como una flecha rozaba su casco y el caballo se encabritaba sobre el enemigo derribándolo. Alzaba el brazo Ben-Alud blandiendo un gran alfanje cuando oyó a un niño gritando bajo las patas del animal que al ver a Hassan parar el golpe gritó    
- ¡Mátame! ¡Mátame! ¡Quiero morir!
- ¡Alá el Misericordioso ha detenido mi brazo! – dijo Ben-Alud envainando el arma y apeándose de su caballo. Sintiendo piedad por aquel niño, sin ánimo de hacerle ningún mal, lo maniató llevándolo al campamento a la grupa de su caballo. 
- Ocúpate de él, Mohamed. Trátalo bien, no escapará, siempre habrá tiempo de venderlo a buen precio en la alhóndiga de Sevilla, para alguno de los baños; es un muchacho hermoso, dijo a su escudero.



El niño se llamaba Martín Muñoz, tenía algo más de quince años, era alto y fuerte para su edad y además excelente arquero como demostró cuando estuvo a punto de matar al caudillo Ben-Alud. Su padre, único familiar, un hidalgo pobre de Galicia que había acudido a la guerra en la Mancha buscando fortuna con un caballo, lo llevaba de escudero. Muerto el padre, en una escaramuza con los musulmanes en el lugar del castillejo de Don Alonso, el joven logró huir. Hacía más de dos días que andaba perdido y sin comer por aquellos parajes de Calatrava cuando, desesperado, buscó vengar la muerte de su padre arriesgando temerariamente su vida enfrentándose a Ben-Alud.



Pero, por esas inexplicables razones de los hombres, el caudillo Hassan Ben-Alud no solo le perdonó la vida ese día sino que, a poco de conocerlo, conmovido por la bondad  y grandes dotes que pudo apreciar en el muchacho ya no dejaría de protegerlo, casi como a un hijo. Interesado en su educación e instrucción, no había transcurrido mucho tiempo cuando Martín era un converso a la fe musulmana de nombre Samir que asistía a una escuela coránica de Sherih y se formaba en el arte de la milicia con los instructores de la mesnada de Ben-Alud.



Dos años más tarde, durante la primavera del año 1.212, en tanto Hassan Ben-Alud y su hijo Omar se encontraban por tierras de Úbeda al servicio del califa Muhammad al Nasir (Miramamolín) y el resto de la familia en La Torre, vino Samir a la Janda, al molino de Mohamed, para ejercitarse en el manejo del escudo, el alfanje y la lanza artes en las que el molinero era un verdadero maestro. Y a su lado el joven se hizo también, en muy poco tiempo, con el oficio de molinero que ahora ejercía Mohamed. 



Cada tarde, así lo dispuso Ben Alud antes de su partida, acudía Samir al morabito donde Dabbus le enseñaba los elementos de la gramática, la aritmética y  geometría y disfrutaba el sabio maestro con un alumno que además de fiel musulmán tenía enorme curiosidad por el saber y una capacidad de conocimiento fuera de lo común. 



Un día, tras su regreso del desastre de las Navas de Tolosa, encontrándose en La Torre, Hassan preguntó a Dabbus por los estudios del chico. Éste, presumiendo con orgullo de los avances de su alumno, le dijo:
-  Mira si es listo que no solo ha mejorado de forma increíble en nuestra escritura, también ha aprendido algebra: escribe cantidades y hace cálculos y operaciones aritméticas en muy poco tiempo, sin necesidad de usar el ábaco, manejando solamente diez signos numéricos. Ya te hablé alguna vez sobre esta nueva manera de contar y sumar que yo uso, sin duda un invento extraordinario que aprendí del imán Rachid, mi maestro sufí, ya muerto, que estudió en una madrassa de Bagdad. 



Se trataba del sistema numérico decimal, sistema posicional que utiliza diez signos: los del uno al nueve ya conocidos desde tiempos remotos y otro signo, el del cero, desconocido en Occidente pero utilizado en la India. Este sistema permite representar cualquier cantidad, por grande que la misma sea,  con el uso exclusivo de esos diez signos y, sobre todo, resolver de forma sencilla operaciones y cálculos aritméticos hasta entonces muy complicados y engorrosos. Los persas, que lo habían conocido en la India, lo enseñaron a los árabes y nosotros lo aprendimos de  ellos. Los andalusís y los cruzados introdujeron y difundieron el sistema numérico decimal por la Europa occidental en el siglo XII. 

1 comentarios:

Salustiano Gutiérrez Baena dijo...

Acabo de recibir un wasup advirtiéndome de un fallo en este post. En vez de zanja, había puesto granja. Puedo asegurar y aseguro que lo había repasado varias veces, pero se me pasan estas cosas. Escribo esto para agradecerle a ese amigo que me ha advertido, a los que lo hacen tradicionalmente que ven un fallo y a los que lo harán en el futuro. Gracias. ¿Cómo se llamaba ese médico alemán que descubrió una enfermedad sobre la memoria?