La Canción de Aisha. (Retablo de la vida de Ben-Alud) 2.- Por Francisco J. Martínez Guerra

Foto Jerome Mintz
2. El lugar de La Torre.
Así que no habían transcurrido muchos días desde su regreso de la guerra cuando Ben-Alud puso manos a la obra. Con la próxima luna, comenzaba el Ramadán, mes de ayuno y oración poco idóneo para grandes proyectos y había que actuar de prisa. 




Y esta vez, escoltados por un pelotón de hombres armados, Hassan viajó a La Janda con Dabbus y algunos expertos entre la que iban un geógrafo que levantaría el mapa del territorio, un maestro de obras y dos entendidos en materias del campo, uno en suelos y cultivos, otro en ganadería, a quienes fue explicando, durante el viaje, sus ideas acerca de las actuaciones que quería llevar a cabo en el lugar.  



Desde el camino de Tarifa, pasado el Celemín, oteando el territorio desde uno de los cerros donde hacía casi quinientos años, decía Ben-Halud, habían acampado  las tropas de Tarik, indicó el sitio más idóneo para el emplazamiento de  una fortaleza, La Torre. “Habrás de tener en cuenta que será la residencia familiar durante nuestras estancias en este lugar” comentó a su maestro de obras. 
Un sólida edificación defensiva, no muy grande, segura y austera se alzaría en el claro de un paraje frondoso en un saliente de la ladera de la mesa que declina sobre la vega de la Janda  ¿Había sido el lugar de acampada de las tropas del rey D. Rodrigo durante la batalla del año 711 en la que los visigodos perdieron el reino? Eso sostenía Ben-Alud que en todo caso lo eligió como el más idóneo para su fortaleza: una torre de planta cuadrada y mediana altura rodeada por un recinto amurallado con torreones en sus cuatro esquinas dotada de una conducción enterrada para el suministro del agua desde un oculto manantial. Próxima a los muros de la fortaleza, irrigada con las aguas de un arroyo, se extendía una huerta jardín en bancales en los que los arriates y macizos de flores, alrededor de la gran alberca, se alternaban con los cultivos de hortalizas y frutales.



Y aunque aquella fortaleza no estaba situada en lo alto de un cerro desde el que se otearan los cuatro puntos cardinales ni tampoco defendía el paso de una ruta, su emplazamiento permitía observar, a gran distancia, toda la llanura de la Janda y el camino de Tarifa que discurre por la vega y, vadeando el Barbate y el Celemín,  se dirige al sur perdiéndose de vista por tierras de Facinas envolviendo Los Alcornocales. También aquel otro camino que se dirige directamente al campo de Gibraltar penetrando por mitad de la sierra. A partir de ahora todo aquel  territorio quedaba vigilado y protegido por la guarnición militar de La Torre.



No muy lejos, en una explanada próxima a la fortaleza, se situaba la pequeña mezquita, al aire libre entre acebuches, con una fuente de abluciones, el mihrab orientado a La Meca y un mimbar de piedra para la predicación del viernes; en uno de sus límites, cerrando el espacio, el morabito de Dabbus, su residencia, y el aula coránica a la que acudían los niños del lugar en la que enseñaba Amín, un ayudante de Dabbus que hacía también de moazín. Y entre La Torre y el morabito, como a mitad de distancia, el granero, los almacenes, establos y caballerizas de la  alquería y unos pequeños baños de uso público. 



Hacia la vega, aprovechando el declive de la ladera y las aguas del arroyo que bajaban de la mesa, el molino, la gran huerta y las tierras de siembra y pastos que Ben Alud asignó a Mohamed, su fiel escudero y un poco más abajo, en la otra margen del camino, la fragua en la que el maestro herrero,  un antiguo armero de la mesnada de Ben-Halud,  forjaba las armas, herramientas y los herrajes de las caballerías.



Y a todo lo largo de la ladera de la mesa, mirando a la llanura y a la sierra, aprovechando las numerosos fuentes que allá manan, se extendía un blanco caserío disperso entre huertas y tierras de secano habitado por unas treinta familias de entre los veteranos más leales de su mesnada a los que Ben Alud había premiado concediéndoles la licencia de armas. Aquellos hombres de guerra se aposentaron a gusto en el lugar cambiando, de buen grado, su forma de vida: hechos al manejo de las armas, lanzas, espadas y arcos, ahora manejaban con destreza los aperos del campo: azadas y arados, hoces y horcas, podaderas y cayados con los que trabajaban la tierra y pastoreaban los rebaños. 



En la vega se sanearon algunas tierras encharcadas para dedicarlas a la siembra y en la dehesa pastaban las vacas y caballos de la yeguada. Y a ese plan dedicó Hassan Ben-Alud, con la ayuda del primo Dabbus, sus esfuerzos y recursos económicos durante algunos años delegando, poco a poco, sus muchos otros intereses y el mando de la mesnada en su hijo Omar establecido de fijo en Sharish. 




La tierra era exuberante y rica, abundantes los pastos y la caza, la climatología benigna y aunque el régimen irregular de las lluvias y las inundaciones del llano arruinaban algunos años los pastos y cultivos fue notable el desarrollo y la prosperidad que alcanzó el nuevo asentamiento en poco más de un decenio lejos de las zonas de frontera donde Al Ándalus luchaba contra los reinos cristianos. Allá, por tierras de Jaén y Calatrava, acudía el caudillo Ben Alud, con su mesnada, sacando de la guerra los buenos réditos que ahora invertía en la Janda. 



En La Torre la familia de Hussein Ben-Alud pasaba la mayor parte del año y Dabbus, desde su sala despacho en el morabito, se ocupaba del buen gobierno del lugar, de la educación de Aisha, y de la escuela coránica sin descuidar sus rezos lo que para él, buen creyente, era muy importante.

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