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La Canción de Aisha. (Retablo de la vida de Ben-Alud) 1.- Por Francisco J. Martínez Guerra

De nuevo Francisco Martínez me envía un relato sobre la historia de Benalup-Casas Viejas. En este caso sobre la historia medieval. Ojalá lo disfruten tanto como yo lo he hecho leyéndolo. Lo publico por entregas. Dar las gracias de nuevo a Francisco Martínez por compartir con todos nosotros sus conocimientos y desvelos.


0. Resumen.         
Relato de ficción ambientado en la tierra entre los años 1.195 (Batalla de Alarcos) y el año 1.215. 
En torno a La Morita, escenario principal, la narración recrea la figura del legendario personaje Ben-Alud, un supuesto caudillo moro que recibe, del califa almohade, el territorio de la Janda, lo puebla con veteranos de su mesnada y construye la pequeña fortaleza de “La Torre”. 
En el lugar, su hija Aisha, comprometida por el padre a un matrimonio de conveniencia, se enamora de Samir, un joven cautivo converso a la fé musulmana que se forma en el arte de la milicia. 


1.  Los  Ben-Alud 
Cuando el caudillo Ben-Alud, tras diez jornadas de camino, al son de timbales y clarines, entraba en Sharish, al frente de su mesnada exhibiendo algunos banderines y estandartes arrebatados a los cristianos en la batalla de Alarcos, el primo Dabbus lo esperaba en la Puerta de Sevilla para darle la noticia del reciente nacimiento de su hija Aisha. Y entre los gritos y vítores de la gente que le aclamaba y los desafinados sones de la fanfarria militar iba Hassan Ben-Alud, como en una nube, saboreando el triunfo musulmán sobre un brioso corcel negro, hinchado de orgullo y satisfacción y emocionado con su nueva paternidad.




Y es que, en su madurez, quince años después del  nacimiento de Omar, hasta la fecha su único hijo, era de nuevo padre de una criatura, Aisha, la que sería la niña de sus ojos. A este hecho, que tanto le colmó de alegría, se unía el reconocimiento del califa Yusuf II concediéndole las tierras de La Janda como pago a su brillante participación en la victoria. Y en eso y el compromiso adquirido de acudir con su mesnada a las próximas llamadas a la guerra santa, de forma tan ventajosa para sus intereses, tuvieron mucho que ver los buenos oficios de mediación ante el califa que ejercía el visir casado con la hermana de Ben-Alud. 



Era Sharish, ya en época almorávide, una urbe floreciente del reino de Al Ándalus que, tras la invasión del pueblo almohade, alcanzaría mayor relevancia. Las robustas murallas y sus cuatro puertas fortificadas protegían una urbe de más de quince mil habitantes con barrios, mezquitas, sinagoga, zoco, bazares, alhóndiga, alcázar y alcazaba. Las huertas de sus arrabales, la fértil y extensa campiña y sus numerosas alquerías irrigadas por el Guadalete habían hecho posible el desarrollo pujante de aquella población andalusí.



El padre de Hassan, ya fallecido, fue un notable cadí pasado al nuevo bando almohade cuando el califa Yusuf I invadió la península por el año 1.170 estableciendo su capital en Sevilla. Fue en época posterior, durante el reinado de Yusuf II, cuando su hijo Hassan alcanzaría una relevante posición entre los  poderosos señores almohades aumentando la riqueza de la casa Ben-Alud.



Disciplinado, de costumbres austeras propias de la vida militar y en absoluta sintonía con las formas de vida traídas por los nuevos invasores, a Hassan Ben-Alud no le supuso gran esfuerzo integrarse en el rigor almohade. A muchos de sus antiguos amigos les resultaba extraño que prefiriese la vida en pleno campo, durmiendo en una tienda de campaña rodeado de sus tropas, a esa otra vida regalada que ellos llevaban en la capital del reino. 
- ¡Ay de Sevilla! ¡Ay de la corrupción, del lujo y la vida ociosa!  Si Alá no lo remedía, será la perdición de nuestra gente. Hasta los baños se han transformado en burdeles a los que acuden muchos buscando el placer con niños inocentes. De seguir así, ajenos al peligro de los bárbaros cristianos, en no mucho tiempo acabaran con nuestra civilización - decía Ben-Alud refiriéndose a la capital y en ello estaba muy de acuerdo su primo Dabbus.  




Cierto que Ben Alud era hombre riguroso y severo, pero era también cabal, generoso y comprometido, no solo con los suyos, también con quienes de él dependían, entre otros los fieles guerreros de su mesnada con los que compartía el rancho y los grandes riesgos en batallas y asaltos, gente a la que  nunca dejó de ayudar en sus necesidades. 



Pero no todo era bueno en Ben-Alud a quien perdía su insaciable ambición de poder y riqueza y eso explica que, aquella tarde, cuando ufano y orgulloso, al son de la fanfarria de timbales y clarines entraba triunfante en Sharish, emocionado con la noticia del nacimiento de su hija, desfilara un tanto enajenado, como en una nube. Sobre su montura sonreía satisfecho elevando sus pensamientos hasta el matrimonio de su hija Aisha, una  recién nacida a la que aun no había conocido. La veía ya casada con algún joven varón de aquella rica gran familia del otro lado del Estrecho y con ello crecida, muy crecida, la grandeza y riqueza de su casa. Y aunque esa idea no le quitaba el sueño, Hassan la guardaría, desde aquel mismo día, para cuando llegase el momento oportuno.



Formaban la familia de Ben Alud, junto a sus dos esposas, sus hijos, Omar, ya un hombrecito, la recién nacida Aisha y el primo Dabbus. El resto, una hermana casada con el visir y varios tíos y parientes, residían en Marraquech donde ejercían cargos importantes cerca de la corte del califa. 
Dabbus era un pariente lejano a quien Hassan trataba como primo. Originario de Marruecos, castrado en su niñez para servir en el harén del califa, se había formado en un ambiente refinado en las ideas religiosas del sufismo. Un hombre bueno, de gran sabiduría, no solo del Libro, también de muchas materias de las ciencias y la filosofía, la poesía y la música. 




Dabbus ejercía de consejero de Ben-Alud, de administrador de la casa y preceptor de Aisha. Cuando faltaban Hassan y Omar, lo que ocurría con frecuencia, ejercía de señor absoluto asumiendo la tutoría de Aisha e imponiendo el orden y la paz del harén.   
Y fue en tiempos de Yusuf II, el califa que derrotó a Alfonso VIII en Alarcos con el ejército traído de África, cuando se logró paralizar, por unos años, el avance de la reconquista cristiana. Aquel verano del año 1.195 Ben-Halud demostró su valor y dotes de estratega al mando de un ala de la caballería musulmana. 
El califa reconoció su decisiva actuación en la batalla concediéndole en pago el territorio: una amplia franja a lo largo y ancho de la vega del rio Barbate, desde el Álamo, su afluente, hasta perderse por los marjales de la laguna de La Janda; entre el camino de Tarifa y el camino que desde Alcalá llevaba a Vejer. Unas tierras bien conocidas por Ben-Halud de las muchas veces que las había recorrido en sus idas y venidas a Tarifa y al Estrecho. Era por entonces, un territorio desolado y poco seguro, una tierra de nadie, la cara sur de un triangulo con vértices en las plazas amuralladas de Medina, Vejer y Alcalá; a lo largo de su lado mayor el curso y la vega del Barbate entre la mesa y la sierra. 



Atravesado por dos importantes rutas de paso de tropas y gentes que desde África se dirigían a Sevilla, la travesía del territorio se veía muy dificultada en las épocas de grandes lluvias cuando las aguas llenaban la laguna y las riadas acababan inundando el llano. 
Distante unas diez leguas de Sharish, Ben-Alud era consciente del valor de aquellas tierras de La Janda y,  ya dueño y señor,  se propuso afirmar su propiedad en el menor tiempo posible poblándolas y colonizándolas con algunos de sus más fieles peones de  guerra a los que licenciaría para que se dedicasen a la vida menos peligrosa de la agricultura y ganadería y, en caso de necesidad, a su protección y defensa. 

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