El espíritu de un pueblo

El día 10 de enero se inaugura (parece) el “Espacio conmemorativo de la memoria de las víctimas de los Sucesos de Casas Viejas”. 83 años después de aquellos Sucesos en el pueblo donde ocurrieron los hechos se abre un centro dedicado íntegramente a la memoria de las víctimas. Ha pasado mucho tiempo, quizás demasiado, para que se haga este acto que significa una verdadera restitución, una devolución y restablecimiento de la dignidad robada y perdida.




Pero hay muchas cosas relacionadas con esta inauguración que me llenan de satisfacción. La primera es que cada vez que releamos el nombre del lugar “Espacio conmemorativo de la memoria de las víctimas…” podamos conocer y sentir lo que significa ese nombre y este espacio en este tiempo y en este lugar concreto. En segundo lugar, es que el nombre deja ya bien claro quien son los verdaderos protagonistas de este espacio conmemorativo. En tercer lugar, es que este centro significa todo un alivio para todos aquellos que sentíamos una gran desazón cuando alguien que venía de fuera preguntaba por algo relacionado con los Sucesos. Sobre estas tres cuestiones quiero escribir en esta semana sendos post. 



En el de hoy quiero remitirme a dos discurso que se dieron en relación al juicio de mayo de 1934 a Rojas. El primero es de López Gálvez, abogado de la acusación particular, que representaba a María Cruz Gutiérrez, viuda de  Juan Silva; Salvador Barberán Romero, hijo del anciano Antonio Barberán Castellet y María Toro Pérez, madre de José Utrera Toro. Andrés López en su alegato final habla sobre la mala fortuna de los campesinos de Casas Viejas y como ella no sólo se traduce en unas malas condiciones de vida, sino que han sido víctimas además por participar en ellos de un sistema represivo feroz. Así dice: “Los más desheradados de la fortuna, los que parecen dejados de la mano de Dios, suelen hallarse tan tristes que de ahí la copla popular: madrecita mía, me paso la noche contemplando las estrellas sin encontrar la mía; ¿será que he nacido sin ella? … Ese pueblo ha perdido su felicidad con motivo de los sucesos y un manto de dolor ha quedado tendido sobre más de un centenar de familias, sobre otras cuyos familiares están en prisión, sobre los que sufrieron heridas, sobre los que experimentaron quebranto, y ese manto ha sido reforzado, también con el de la ignominia, porque fueron víctimas de un trato del que diré que sólo se da a los asesinos, sin previa comprobación… El pueblo estaba reconcentrado en sí mismo, dentro de una concha de verdadero terror: los campesinos desconfían hoy de todo el mundo, hasta de su propio defensor. Triste cosa es que por la gestión de unos pocos hombres se haya destruido en muchas generaciones el espíritu de un pueblo”. 



López Galvez argumenta que estos campesinos tienen tan  mala suerte que sus pésimas condiciones de vida los empujaron a unos sucesos de los que ellos han sido los más perjudicados, no sólo por las muertes, la cárcel, la represión… sufrida, sino además por el clima de desconfianza y miedo creado que “ha destruido en muchas generaciones el espíritu de un pueblo”. Esta destrucción del espíritu de un pueblo es una frase tan afortunada para describir lo que verdaderamente ocurrió, que hoy ochenta años después de ser pronunciada tiene plena actualidad. A colación de esta intervención el periodista Victor de la Serna escribía lo siguiente: “…por quien acusa (López Gávez) en nombre del pobrecito pueblo, que mira todas las noches al cielo más bello del Mundo, donde todos los pueblos encuentran su estrella, todos menos él. Queda como una nube, siempre tapando a esa estrella, la sombra de responsabilidades que jamás serán exigidas”. Se refiere Victor de la Serna a la copla que el abogado ha utilizado para sintetizar las desgracias de los campesinos de Casas Viejas. “madrecita mía, me paso la noche contemplando las estrellas sin encontrar la mía; ¿será que he nacido sin ella?” 
Ahora no se trata de reparación. Al pasado no hay que quererlo u odiarlo, simplemente hay que comprenderlo y conocerlo. Creo que la cuestión de las responsabilidades la saldó Ramón J. Sender en su libro el Verdugo Afable (1954), cuando escribió: ”De aquellos hechos no era culpable un oficial de la guardia civil, ni un ministro, ni un gobierno. De hechos como aquéllos era culpable la humanidad entera”. 



Pero me gustaría pensar que una de las nubes que tapaba la estrella de este pueblo es la ausencia de un reconocimiento explícito, claro y diáfano a las víctimas de aquellos hechos. ¿Y si la inauguración de este Centro, como el levante, se llevará esta nube, losa pesada, allende de los mares? ¿Y sí es el principio del fin de la destrucción del espíritu de un pueblo? Decía López Gálvez que "El pueblo estaba reconcentrado en sí mismo, dentro de una concha de verdadero terror...se haya destruido en muchas generaciones el espíritu de un pueblo". Como señaló James Joyce, "la historia es una pesadilla de la que tratamos de despertar"Parece claro que la cicatrización de nuestras heridas históricas es solo posible mediante una adecuada reposición de la memoria de TODOS. Por eso la apertura de este centro no es cuestión de nombres concretos, de individuos, sino que es una cuestión global (me parece estupendo que haya participado el Ayuntamiento, la Fundación, la Diputación, la UE... con sus distintos colores), porque estamos hablando del "espíritu de un pueblo". O al final ¿todo se empañará y la polémica estéril se impondrá sobre el fondo de la cuestión? Vivir para ver.

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