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Aparaciones, raptos y maquis, por Antonio J. Candón


Especialmente curiosas son las leyendas y pequeñas historias que sobre el Monasterio del Cuervo han sobrevivido a lo largo de los años. Dice el historiador Luis Mora de Figueroa que "Como en la mayoría de los castillos y monasterios, el de la Garganta del Cuervo tiene un amplio repertorio de consejas más o menos inverosímiles y reiterativos, muchos de llos originales como la que asegura que si una viuda se encuentra en el monasterio en el aniversario de la muerte de su cónyuge, éste se le aparece como fantasma o "miedo". Otra leyenda decía que los familiares del Santo Oficio residentes en el monasterio recorrían la comarca pidiendo limosnas y cuando se las negaban secuestraban a las mozas de las casas, a las que terminaban escaldando en el convento si no se avenían a las labores colectivas.

También existen otras anécdotas festivas o picantes, con el denominador común del eterno anticlericalismo popular. Por ejemplo, una de ellas dice que los frailes secuestraron a la novia de un oficial de los Reales Ejércitos, el cual se presentó en el lugar con sus hombres, diciéndole a los soldados que iba a penetrar en él y que, si no regresaba antes del lubrican, entraran y arrasaran el establecimiento, lo que así hicieron con fruición, rescatando sanos y salvos a la pareja.



Sin embargo, dos personajes de esta mitología popular, son absolutamente reales: el "hermano" Antonio, indiviudo que, cuando a comienzo de los 50 los maquis o "huidos" de la sierra habían dejado la Garganta, se estableció en las ruinas, visitiendo un hábito vagamente carmelitano, viviendo del adoctrinamiento a los niños de las cortijadas cercanas y  de las limosnas de las beatas. Su propósito era localizar un tesoro supuestamente enterrado en las ruinas, cuya afanosa búsqueda duró dos años, siendo ocasional testigo "El tío Coronil". Estos personajes residieron durante más de 30 años en la Garganta del Cuervo, bien en el eremitorio de Santa Teresa, en el de los Märtires o en el propio Monasterio, con unos cada vez mayores grupos de cabras, de los que no vendían ni los chotos.

Artículo publicado en el Diario de Cádiz el 11 de septiembre de 1994. Las fotografías son del facebook Benalup desde las fotos. Las tres últimas de Bernardo Dávila.

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