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Relato navideño. Año nuevo, vida nueva. Por Franicsco J. Martínez Guerra. Y 7

Repicaban las campanas de la iglesia llamando a la misa del gallo, como atravesando la fina neblina que emborronaba la noche, por una calle escasamente iluminada y peor pavimentada, Eloy marchaba a toda prisa para avisar al médico. Cada vez más cercano se oía el fun fun fun de la zambomba y el chirriar de la botella de anís del mono de un grupo de jóvenes que llamaban a las puertas de las casas cantando:
“Madre a la puerta hay un niño,
Más hermosos que el sol bello,
Seguro que trae frio
Porque viene medio en cueros…”



Y era la Navidad de uno de aquellos años en los que la Janda se desangraba perdiendo a muchos de sus hijos, y no era la primera ni la segunda vez que eso ocurría; la emigración de los hombres con sus familias en busca de nuevas tierras en las que asentarse era un hecho que, por una u otra razón, ocurría allí como en muchas otros lugares del país y del mundo y así ha sido siempre a lo largo de la historia del hombre.



Cuenta la Biblia como, hace cuatro mil años, Teraj, ya viejo, huyendo de la hambruna, quizás de la guerra, salió de su tierra natal, Ur de Caldea, para dirigirse a Canaán con su hijo Abrahán, su nuera Sara, esposa de éste, y Lot, sobrino de Abrahán, para asentarse en Jarán, a mitad de camino. Posteriormente, tras la muerte de Teraj, Abrahán y Lot emigrarían desde Jarán a las tierras de Canaán. Pero si la partida es siempre un hecho doloroso fue muy grande el empeño y la esperanza que pusieron aquellos hombres buscando un presente y un futuro mejor para los suyos en las nuevas tierras de promisión. 



Tampoco fue menor el empeño y la esperanza de Eloy Fiteros, ni el de tantos otros que, como Eloy, tuvieron que tomar la importante decisión de abandonar su tierra para iniciar una nueva vida lejos de donde echaron sus raíces.

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