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Relato navideño. Año nuevo, vida nueva. Por Franicsco J. Martínez Guerra. 5

Una noche Eloy soñó que dormía en el barracón de un campamento en uno de aquellos grandes saltos hidroeléctricos que en la alta montaña del Pirineo se estaban construyendo y adonde acudían las gentes del Sur y de Galicia a trabajar durante las campañas de verano.



Aquel sueño le resultó muy duro, más que la travesía de la sierra en noche de lluvia y en pleno invierno, y se despertó bañado en sudor y sobresaltado; “es la fiebre” dijo a su mujer. Pero así, en los trabajos que las gentes del país al que llegaban no querían para ellos, empezaron muchos de los que luego marcharían definitivamente con toda la familia cuyas mujeres, ahora, escribían a los familiares del pueblo esas cartas tan sentidas; sin conocer siquiera el lugar al que iban, alistándose en los reclutamientos que cada año hacia un capataz de la empresa visitando los pueblos lejanos del Sur y de Galicia buscando trabajadores para las obras del pantano. Y era triste, pensaba Eloy, ver a algunos de aquellos fuertes y valerosos hombres que de niño no conocieron la escuela, tan lejos de casa, estampillando el dedo pulgar, mojado con la tinta de un tampón, en la planilla de cobro de la quincena. También se necesitarían allí personas más formadas, con ingenio, iniciativa, dotes de mando y capacidad organizativa, cualidades de las que Eloy no carecía. 



Estas se ganaban mejor la vida e incluso gozaban del inmediato respeto y consideración de la gente del país al que llegaban, cosa que para él, hombre orgulloso de la sierra, tenía gran importancia. Y así empezó Genaro, marchó joven y sin familia y a poco de llegar ya era encargado, y no fue de suerte como decían algunos, que la suerte también hay que ganarla y más los que llegaban a trabajar de tierras tan lejanas. Ahora Genaro residía asentado definitivamente con su familia en un lejano y verde valle de la alta montaña en el que ningún niño quedaba sin escuela.



Lejos, en las nuevas “tierras de promisión”, morirían aquellos emigrantes añorando sus raíces y allí se casarían sus hijos que pequeños habían llegado a las frías tierras de la montaña desde el cálido sur y ahora, mezclados con la gente del país, renovaban la sangre de unos valles aislados durante siglos.



Los nietos, las nuevas generaciones de chicos de esas tierras del norte o del levante, puede que un día de alguna Navidad recordasen sus raíces y hablasen de los abuelos charnegos de una manera vaga y difusa mientras ojeaban las viejas fotos de familia borrosas y sobadas. Y hablarían distantes, indiferentes y sin mucho apego de unos primos lejanos que aun quedaban por allá y de unos paisajes desdibujados de una Janda que ya no conocían. Al fin y al cabo muchos de aquellos abuelos y sus hijos de allí marcharon sin más equipaje que lo puesto huyendo de la pobreza.



Y estos pensamientos, de los que nada contaba a su mujer, sin poder explicarse el porqué, angustiaban a Eloy; era el extraño sentir de un hombre duro, bueno y valiente que ni siquiera aun había abandonado la tierra que le vio nacer y se veía, en sueños, como un árbol arrancado mostrando sus raíces desnudas antes de ser trasplantado lejos, en otro lugar ¿”agarraría” en la nueva tierra?

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