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Relato navideño. Año nuevo, vida nueva. Por Franicsco J. Martínez Guerra. 3

Una noche de Octubre, viniendo Eloy Fiteros cargado de Los Barrios se le adelantó el temporal de aguas pillándole a mitad de camino. Embutido en su capote, totalmente empapado, con fiebre, temblando y al límite de sus fuerzas se vio obligado a parar en el ventorrillo de Blas.




Este, como otras veces, ayudó a su amigo, le dio alojamiento y cama, cuidó de las caballerías en la cuadra y puso a buen recaudo los fardos del contrabando escondiéndolos en el monte. Pasados tres días, encontrándose algo mejor, Eloy decidió ponerse nuevamente en camino.



Continuaban las lluvias y ya no era posible atravesar los llanos de la Janda inundados por la crecida ni tampoco vadear el río Bárbate por parte alguna. Si esperaba más tiempo, de seguir lloviendo así, también acabaría cortado el paso por el puente carretero que distaba como unas dos leguas y media de la venta de Blas. Así que Eloy decidió hacer la ruta de la carretera que conducía directamente a la aldea, ruta que casi nunca utilizaba por ser la más vigilada, confiando que aquella noche de aguas los guardias dormirían tranquilamente en el cuartel.



Ya oscurecido preparó las caballerías, frescas después de tres días de parada, ató y envolvió bien el alijo, y aunque tenía fiebre se puso en camino en la idea de llegar lo antes posible a su casa. Como a la media hora de su partida arreció aún más la lluvia y el aligeró la marcha llegando al puente en plena oscuridad de la noche. Para entonces la vega estaba totalmente inundada y el rio, que bajaba en gran crecida, empezaba a desbordar el pretil de la acera discurriendo por encima del tablero del puente. “Si espero un poco más no paso ya esta noche” se dijo alegrándose de la suerte que hasta ese momento le acompañaba. Continuaba la lluvia con gran fuerza cuando, al rato, mojado y con mucha calentura, pegado al vallado de la colada, se acercaba sigiloso a la casilla del fielato evitando la carretera seguido por sus caballerías. La carretera subía en aquella zona en suave pendiente hacia la mesa envolviendo por el este el caserío del pueblo y en la casilla se juntaba con un camino que, dentro de la aldea, se bifurcaba en dos calles mal empedradas una de las cuales llevaba a la casa de Eloy.



Aquella noche, cuando estaba a menos de quinientos metros de su casa, el temporal y las calenturas, perdieron a Eloy Fiteros. En medio de la lluvia y la oscuridad, la pareja de la guardia civil, echándose el mosquetón a la cara, le dio el alto. Eloy pegó un silbido a sus caballos que a veloz carrera retrocedieron huyendo con sus fardos mientras el levantaba los brazos dándose por preso.
“Guardia civil caminera, le llevó codo con codo” dice García Lorca. En el cuartel pasó la noche, los guardias le ofrecieron un tazón de café negro para entrar en calor y una pastilla de okal para la fiebre dejándole una toalla y un capote de lanilla verde con el que abrigarse. Tras levantarle atestado dijeron que tenía que quedarse en el cuartel porque, en unas horas, a la mañana siguiente, por orden del capitán, tenían que llevarlo a Medina. 



De los caballos y los fardos no se ocuparon mucho los civiles. Eran años difíciles y todos, paisanos y guardias, tenían que ayudarse. La pérdida de las caballerías y los fardos hubiesen supuesto la ruina de Eloy y si es verdad que se dedicaba a una actividad fuera de ley era a pequeña escala; por lo demás un hombre bueno y hasta generoso dedicado a un oficio peligroso que le permitía vivir modestamente. Eso pensaban los mismos guardias y bien lo sabían algunas de sus mujeres que olían a jabón lux y perfumes y gastaban medias de cristal los domingos ¿y el café que ellos bebían? ¿Y el tabaco que fumaban? Aunque lo sacaban de la vieja petaca bien se veía que no era del estanco, era picadura fina de Gibraltar. 

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