Relato navideño. Año nuevo, vida nueva. Por Franicsco J. Martínez Guerra. 4

Al galope los caballos dieron aquella noche un rodeo y llegaron a casa de Eloy como una media hora más tarde del prendimiento. El hijo mayor, un chico de algo más de trece años, todo un hombre que sabía lo que hacer en esas situaciones, los oyó en la puerta y, a toda prisa, cogiéndolos de las bridas los alejó de casa llevándolos calle abajo hasta el huerto. En el cañaveral, detrás de la acequia, aflojando las cinchas, dejó caer los fardos y aparejos que ocultó con unos haces de cañas secas y seguidamente guardó los animales en el cobertizo acariciándoles el morro y echándoles un abundante pienso.




Cuando, sobre las siete de la mañana de aquel sábado, la guardia civil llamaba a la puerta de su casa, salió Ana llorando temerosa de que, por ésta vez, Eloy no hubiese tenido suerte, que aquella noche se hubiese ahogado en las aguas de la “riá” que cubrían toda la vega de la que no se veían los tunares ni las alambradas de las cercas. Nada sabía de su marido, tampoco del alijo y los caballos, eso dijo a los guardias cuando le preguntaron, quienes, sin muchas más averiguaciones, dieron por cumplida su labor quedando tranquila aquella familia al conocer la situación real del padre.



A última hora de ese sábado, una tarde espléndida en la que La Janda era como un gran espejo de agua iluminado por el sol de poniente, Eloy llegaba a su casa: “Tranquila Ana, no pasó nada. No han cogido el alijo ni los caballos y todo ha ido bien en Medina” decía a su mujer que llorando lo abrazaba con ternura. Pero Eloy nunca le contaría a Ana lo que le dijo el capitán aquella mañana: “Esta ha sido tu última oportunidad, la próxima será el Penal del Puerto con unos cuantos años de condena”.




En cama y con calenturas convalecía Eloy mejorando poco a poco de la pulmonía que había contraído en aquel viaje, el último que haría al campo de Gibraltar, reflexionando sobre el cambio que tenía que dar a su vida de contrabandista, dura y peligrosa y, hasta la fecha, el medio de sustento de su familia. Como muchos otros hijos de la madre Janda Eloy tendría que emigrar con su familia a otras tierras, las tierras de promisión, donde le constaba existían oportunidades de trabajo y un futuro mejor para todos. Y cuando pensaba en eso le saltaban las lágrimas de sus ojos y no era por debilidad que era hombre de espíritu fuerte, ni por la enfermedad que le mantenía en cama desde hacía muchos días, ésta no le deprimía, tampoco la edad le asustaba. Era la familia quien realmente le motivaba y empujaba a tomar la difícil decisión de emprender una nueva vida lejos de allí y su marcha no la podía demorar por mucho tiempo pues, poco a poco, también iban mermando sus ahorros. Ana, su esposa, mujer animosa que aún nada sabía, estaría contenta cuando le comentase la determinación que ya tenía tomada de marchar de allí con todos, que era mucho lo que sufría su mujer cada vez que salía con sus caballos a por contrabando hasta verlo de nuevo de regreso en casa; siempre de noche. 



Eloy no sabía el porqué pero aquellos pensamientos en los que se veía de por vida lejos de la Janda le emocionaban; era como si sintiera el dolor agudo de la morriña de una madre tierra a la que aún no había abandonado ¿Y adónde ir? se preguntaba entonces. Conocía gentes que habían emigrado a Valencia, Cataluña, al Norte... Marcharon sin nada y ahora llevaban una vida digna en aquellas “tierras de promisión”. “Hay trabajo para todos y nos va bien” decían las cartas que escribían aquellos emigrantes a los familiares de acá en las que siempre preguntaban por la salud de todos y mandaban recuerdos para unos y otros citándolos por sus nombres como temiendo que, algún día, también se borrarían de la memoria. Aquellas cartas solo tenían buenas palabras de sus nuevos lugares de residencia.




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