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LOS BUÑUELOS DE LA NOCHEBUENA. Por José Nieto Reyes

(Fusilado de su facebook)
Mi madre dice que su abuela materna, Caridad, hablaba muy poco. Ella, que de día se bajaba a casa de su otra abuela, Sebastiana, le gustaba volver a dormir con su abuela Caridad. Se pasaba ratos enteros viendo a la viejecita, encorvada, remendando las alpargatas de las gentes de Benalup-Casas Viejas. No entendía mi madre, con sus 8 añitos, que su abuela las remendara y no le pagaran el trabajo. “Hija, ya me lo pagarán. No tienen nada”.





Me contó mi madre, a primeros de este mes de diciembre, que ella en Nochebuena se iba corriendo a la Misa del Gallo. En aquellos difíciles años cuarenta, la fe entraba por una catequesis e igualmente por un plato de comida, porque después de celebrar la misa de la Noche de Navidad allí se repartían buñuelos. “Cuando terminaba la misa yo me iba con mis buñuelos, los iba comiendo por el camino hasta que no quedaba ninguno”. Mi madre me lo contaba con pesar porque ahora, de mayor, sabía que aquella viejecita la esperaba para dormir sin haber comido apenas nada. 




Cuando llegaba a la choza su abuela la recibía con una sonrisa. Que distinto se ven las cosas cuando somos adultos. Esa sonrisa de su humilde abuela era, en realidad, el mejor regalo de Nochebuena. Saber que su nieta había comido algo distinto a cualquier noche, convirtiendo la choza, construida con la castañuela de la laguna de la Janda, en un hermoso portal de Belén, en donde una niña dormía plácidamente y su abuela la miraba, calladita, sin tener ni idea de cómo se iba a presentar el nuevo día. Un portal sin madre ni padre, pero con una niña durmiendo y una carita arrugada que la miraba con una sonrisa limpia y humilde.
Las fotos son de Mintz

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