Las víctimas mortales de los Sucesos de Casas Viejas. III.- El incendio del Casarón.Consideraciones generales 4.e

Julio Romano con un cráneo en el casarón de Seisdedos. Foto Campúa
Algunas consideraciones generales sobre los nueve muertos del casarón de Seisdedos. Seis pertenecen a la familia, dos son amigos de alguno de los miembros y el que falta es el guardia de asalto. No se parapetaron allí, ni realizaron ninguna sublevación, sino que estaban en la casa cuando llegaron los guardias de asalto por los dos hermanos Pedro y Francisco que sí habían participado en el asalto al cuartel de la Guardia Civil.




Fueron avisados de la presencia de las fuerzas del orden por el niño Manuel García Franco que jugaba en la puerta a la pelota. Allí estaba la familia, el viejo Seisdedos, sus dos hijos, la nuera de su compañera muerto con sus dos hijos, su nieta María que vivía con él, la amiga de esta Manoli que había ido a intercambiar novelas y su cuñado Jerónimo que según testimonio familiar estaba cursando una visita a la familia aprovechando que vivían muy cerca en el entramado de chozas de la calle Nueva. El hecho de que en aquel momento hubiera diez personas en el casarón no obedece a ningún movimiento revolucionario, sino que se trataba de la típica familia de base ancha, en donde dominaba la unión libre no sometida al matrimonio por el rito católico. Seisdedos vivía con sus dos hijos, su nuera política y sus dos hijos y su nieta María. Estaban visitándolos Jerónimo y Manuela. Muy cerca, en el entramado de chozas de la calle Nueva vivían sus tres hijas. 



Según el censo de 1932 salvo Seisdedos el resto de los que mueren en el casarón sabían leer, hecho normal si pensamos que se trata de una familia de adscripción ideológica al anarquismo, donde se le otorga mucha importancia a la lectura. Como la mayoría de las familias campesinas de aquella época simpatizaban y militaban en el sindicato anarquista, Pedro y Jerónimo (cuñados) tenían responsabilidades en el sindicato, Manuela y María habían creado un grupo juvenil anarquista y participaban en las manifestaciones y mítines. Pero la especial virulencia con la que estos Sucesos se cebaron con ellos no fue debido a su especial protagonismo político, sino al hecho fortuito que los hermanos Paco y Pedro no huyeron como el resto de los que sí habían participado. Tras las dos muertes en los cuarteles y el tercero al intentar entrar en el casarón había que dar un escarmiento y les tocó a ellos.



Otro hecho curioso es el tratamiento a los restos de las víctimas. Salvo el del guardia de asalto Martín Díaz que fue enterado con todos los honores, fueron tratados con mucha indiferencia. Los restos de Francisco García y Manuela Lago claramente identificados al morir fusilados al intentar huir del casarón fueron enterrados en la zona profana del cementerio de Casas Viejas. El resto, al morir calcinados, no fueron enterrados en un principio y solo diez días después se recogen los restos indiscriminadamente y se llevan al cementerio. De hecho los nombres de Seisdedos, sus dos hijos Francisco y Pedro, Josefa Franco Moya, Manolo Quijada y Jerónimo Silva no van a aparecer en el libro de defunciones parroquial hasta el 4 de mayo de 1945 cuando el cura Padre Muriel los incluyó al necesitar un trámite burocrático un familiar de estos.
Esta fotografía fue publicada por primera vez el 22-1-1933 en la revista Crónica. Sobre ella dice el mismo Julio Romano: “Cogí, como ya he dicho, la cabeza, hecha un tizón, de uno de los muertos. Lo hice de una manera inconsciente, quizá con el escondido propósito de hacerle a aquel cerebro macizo y terroso el último reportaje, el definitivo y verdadero. Acostumbrado a hacerle interviu a tanta cabeza hueca, me parecía tener entre mis manos una testa sólida y pesada”.

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