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Relato navideño. Año nuevo, vida nueva. Por Franicsco J. Martínez Guerra. 1

Me manda Francisco J. Martínez un precioso cuento navideño que publicaré en seis entregas. La temática es de las que le encanta este blog, el contrabando, la sierra, la emigración, la gente de este pueblo... su historia.
Resumen: En una época de cambios, en la que el modelo de vida tradicional en el medio rural se hará cada vez más difícil, Eloy Fiteros decide emigrar con toda la familia a tierras lejanas. “Si la partida es siempre un hecho doloroso era muy grande el empeño y la esperanza que ponían aquellos hombres buscando un presente y un futuro mejor para los suyos en las nuevas tierras de promisión” se dice en el final del relato. De eso trata, también de los sentimientos, razones e incertidumbres de un personaje que, en la madurez de su vida y con una familia detrás, ha de plantearse el inicio de una nueva vida lejos de donde echó sus raíces.





Tras varios días de lluvias ininterrumpidas el sábado amaneció con un sol radiante. Por la calle San Juan, de la Alameda a “la plaza”, la gente iba y venía parándose y saludándose como si celebrasen el fin del Diluvio Universal. En una esquina, a la puerta del bar, unos hombres cuchicheaban un suceso que, en un puesto, un grupo de mujeres comentaban en voz bien alta; era el prendimiento de Eloy Fiteros la pasada noche y a esas horas la noticia había corrido como la pólvora por toda la aldea.



Eloy, que por entonces tenía unos cuarenta años, desde muy joven, antes de casarse e independizarse del clan familiar, se dedicaba al contrabando. De estatura mediana, fuerte y agraciado, de tez rubia, ojos azules y cabellos algo canosos, se había criado en la sierra y, aunque hombre de campo, tenía el porte distinguido de aquella gente de la sierra y un nivel de educación y conocimiento fuera de lo común. Pertenecía a una de aquellas familias que, por aquellos años, aun gozaban de una situación de relativo bienestar viviendo en caseríos aislados, distanciados entre sí, dedicados a la siembra, al ganado y al descorche del alcornoque. Al pueblo o la aldea más cercana, Casas Viejas, Alcalá, Facinas, donde tenían otra casa, acudían el tiempo indispensable por razones de enfermedad, compra de ropa, aperos y utensilios, la venta del ganado y en ocasiones de acontecimientos sociales, bodas, bautizos y entierros. Gente noble, con gran sentido del honor, honrada, trabajadora, respetuosa con sus mayores, educaba y criaba a sus hijos en plena naturaleza y estos, ya de pequeños, ayudaban cuando era necesario en los trabajos del campo y el cuidado de los animales. En los caseríos aislados, sin iglesia ni escuela, a tres o cuatro leguas de la población más cercana, recibían sus primeras letras, que eran muchas veces las últimas, y allí se empapaban de los viejos valores que profesaban sus padres y abuelos. Mucha de aquella gente tenía características raciales godas, puede que sus antecesores procediesen del norte y se instalaran en aquellos parajes durante los siglos XVIII y IXX en tierras desamortizadas por los ayuntamientos o fuesen gentes llegadas a la Baja Andalucía desde Galicia, Castilla y León muchos siglos antes con la Reconquista; otros quizás descendieran de los andalusís de la Penibética que en tiempos de Felipe III y con anterioridad habían tenido que escoger entre marchar de España o cambiar de nombre y apellidos, comer jalufo y cristianarse. Pienso que por entonces, años de silencios, al menos en aquella aldea, nadie lo debía saber muy bien. 



Después de la guerra del treinta y seis, los serranos, que así se les llamaba, siguieron llevando la misma vida que hasta entonces habían llevado viviendo del ganado, la siembra y el corcho. El sistema de economía autárquica que durante varias generaciones habían practicado, en los años del hambre y de la escasez de postguerra, tenía aun más valor. Se notaba la situación de relativo bienestar de aquellas familias, de vida ajustada y de por si ahorradoras, comparándola con muchas otras que disponían de muy poco.



Eloy Fiteros allí se crió, en aquella sierra. Allí estaba la gente que conocía y trataba y aquel era el medio natural en el que se movía como pez en el agua desde Alcalá hasta Facinas: familias, arrieros, cabreros, vaqueros, hombres de la corcha, caminos, cortijos, veredas, vericuetos, cuevas y zonas de escondites. Desde la vertiente sur, Tarifa, Algeciras, La Línea, en zona del Estrecho, hasta las vegas de la Janda, frontera e inicio de otros paisajes de llanos, cerros y mesetas de los campos de Vejer y de Medina.
A ciegas y en noche cerrada atravesaba aquellos paisajes a buen paso con dos caballos alazanes cargados con un alijo de contrabando envuelto en hule negro, travesía peligrosa y arriesgada que hacia unas veces por la parte de Facinas, otras por la de Alcalá y casi siempre por la sierra central que mira a Casas Viejas, tenso, con el corazón en la boca y listo para reventar sus caballos al galope ante el peligro de un encuentro con la guardia civil o hacer frente, en solitario, a algunos desalmados que podían arrebatarle el alijo y los animales e incluso la vida sin tener siquiera la posibilidad de denunciarlos. 

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