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Ricardito el de la huerta


La huerta de Ricardín es un lugar emblemático en la memoria colectiva del pueblo. Todo el mundo recuerda a Ricardo Marín como un hombre agradable, sobre todo con los niños a quienes dejaba que se bañaran en una alberca que poseía en la huerta, a veces, a cambio de algún pequeño trabajo. Me cuenta una de mis fuentes sobre Ricardito: “ Con los chiquillos nunca nos decía nada porque fuéramos a la alberca a bañarnos. En el verano nos daba sandía, melón y nos comíamos su moras y nunca tenía un mal gesto. En referidas cuentas una bellísima persona él y todo sus hermanos....”



Además de la alberca, la huerta de Ricardín es célebre por los antológicos guisos que allí se celebraban. Casi todos los días había una celebración gastronómica en la huerta. Me dicen: “Ricardito tenía muchas cualidades;  era un matarife   y las matanza en su huerta eran de lujo. ¡Como lo preparaba todo y  siempre con las mismas  personas! Su mujer Isabel Mena y Juana y Manuela Vidal, que eran las que picaban la carne. Allí se hacían las morcillas, las longanizas, los chorizos, las mantecas, todo del cera. También era un buen cazador y pescador. Sus amigos más íntimos eran Rafael el Herrero y Joaquín Clavijo".





Sobre estos guisos en la huerta de Ricardito hay miles de historia. Esta la he escuchado varias veces y en distintas versiones. El que la cuenta asegura que él estaba allí ese día: “ Bueno allí había “huergas” y celebraciones casi todos los días. Yo creo que hasta
que no se jubiló no almorzó en su casa,  siempre comía a medio día en su huerta. Ricardito tenía mucha influencia con mandos militares de Tarifa, a los que les vendía boniatos. Estas relaciones comerciales se convirtieron en personales y eran muchas veces las que venían a su huerta a comer. Lo llamaban y él se ponía y hacía una comilona, porque era fuera de serie los guisos que hacía. O bien mataba unas cuantas gallinas o pavo o una cabra o un par de chivos, lo que tuviera en ese momento. Un día llamaron los militares y el no tenía nada. Siempre venían con el capitán Bascuñana y aquel día se colaron de sopetón y le dijo a Bascuñana que se los llevara dos horas a los de Chichorro, mientras él preparará algo. Volvieron al rato y aquello olí a gloria bendita, a arroz con conejo… Pues no eran conejos, eran cuatro gatos con arroz, eso lo contó el mismo a los comensales y dijeron que en su vida se habían comido un arroz tan delicioso…”




A finales de los noventa estuve comiendo un guiso en la huerta de Ricardito, con su nieto que por aquel entonces estaba en el instituto. Me contaron estas épicas comilonas y a mí tampoco se me ocurrió que jamás iba a tener oportunidad de escribir sobre ellas. Me imagino a Mintz escuchando la historias que allí se contaban, la huerta era un sitio de hombres, donde se socializaban, trabajaban, se divertían... Allí pasaban los dueños la mayor parte del día y allí Mintz hizo muchas fotografías. Me consta que a sus nietos les encantan estas fotografías. Lo mismo que a mí.

Las fotos son de Mintz

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