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Poniendo trampas


En las dos fotografías se observan dos niños, los hermanos Moreno Reina (Juan Manuel e Ignacio), en el campo rodeados de zarzas y tunas. Están preparando un puesto para colocar las llamadas “perchas”, que son unas trampas de alambre y madera que servían para la caza de pequeños pájaros insectívoros. Previo a la puesta de las perchas había que buscar los gusanos o las aluas. Al principio se utilizaba más el primero, luego se impuso la hormiga con alas. En la primera fotografía vemos como el hermano menor le ofrece la trampa con la lua incorporada, mientras que el mayor remueve la tierra y prepara el puesto con el escardillo, del que se ve el mango. En la segunda fotografía se ve al mayor de los hermanos poniéndole la “alua” a la trampa.



Posteriormente se coloca en el suelo y se recubre con tierra para ocultar todo menos el cebo. Aunque en esta fotografía aparecen niños, era esta una actividad que hacían muchas familias cotidianamente. José Benítez en sus “Cuentos de Benalup-Casas Viejas” refiriéndose a la década de los setenta, nos da cuenta de la comercialización de esos productos, así  escribe: “ Permanecía la zapatería de Nicolás Cabaña que tenía una pequeña recova y compraba los pajarillos, espárragos, cabrales, caracoles al peso indicado en la romana o la balanza para la posterior reventa en el exterior”. En la memoria colectiva de la gente están todavía el almacén repleto de pajarillos o los camiones que se dirigían con la mercancía a Jerez, Cádiz o Sevilla. .



Mintz, en Los anarquistas de Casas Viejas, habla de las trampas a principios del siglo XX de esta forma: “Los cazadores furtivos llevaban a los bosques cestas con más de cien trampas antes del amanecer, a veces con linternas para guiarse en la oscuridad. Las trampas consistían en simples tablas de madera con un muelle de metal. Un palo sostenía la trampa en alto; una hebra arrancada de una hoja de palmera apresaba un gusano para atraer a la presa. Las trampas eran colocadas donde los acebos, espinos y palmeras crecían en abundancia y proporcionaban la espesura que servía de cobijo a los pájaros. Se hacía un hoyo en la arena y se colocaba allí la trampa; entonces se cubría ésta con tierra de manera que sólo asomara el gusano. Como trampa adicional, a veces se anudaban pelos de caballo en hilera en las ramas que se hallaban encima de las trampas. A medida que la aurora iba iluminando los bosques, pequeños reyezuelos, trigueros y pinzones despertaban y comenzaban a inspeccionar los atractivos anzuelos preparados por los hambrientos cazadores furtivos.” 



Hasta muy finales del siglo XX no se erradicó esta práctica, de hecho era otro elemento de la economía de la mayoría de los jornaleros que completaba las tareas en la economía productiva en el campo. Porque como cuenta Mintz en “los anarquistas de Casas Viejas: “Si un cazador furtivo era sorprendido por vigilantes o pastores, era expulsado del territorio, perdiendo todas sus trampas y presas. Si se le denunciaba o era descubierto por la guardia civil, el cazador tenía que pagar una multa elevada, así como perder un día entero par air al juzgado de Medina. Pese a los riesgos, la caza furtiva era una arraiga da forma de traer comida o dinero a casa durante las semanas o meses de desempleo”. Aunque siempre han sido muy duras las sanciones contra esta actividad, en época de escasez, este tipo de prácticas furtivas e ilegales vuelven a ser utilizadas en un lugar donde nunca han desaparecido completamente. También hay un sector que opina que se presiona sobre una actividad que la ejercen sectores débiles socialmente, mientras que otras como cuando se fumiga con avioneta, de efectos más perniciosos para la naturaleza, se practica impunemente.



En fin estamos ante dos fotografías de Mintz, que captaban un momento de la vida cotidiana y que refleja una práctica característica de esta zona. Unas fotos que por sencillas se convierten en sublimes. Como toda la obra de Mintz.

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