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Guillermo Pavón

Guillermo de joven, (con Daniel Moya y un camarero) en la terraza del bar Ricardo. La cruz de los caídos al fondo
Cada día me interesa más el asunto de la emigración. Lo veo como una necesidad para mantener el equilibrio del mundo, ya sea en personas, animales u otros objetos. Por eso me parece de una torpeza infinita y de una anacronía aplastante los que se consideran con más derechos en un lugar, simplemente por haber nacido en él. Fran me ha regalado, y nos ha regalado un precioso artículo, sobre el recientemente fallecido Guillermo Pavón Madueño, que al igual que su padre, era más conocido con el apodo del Loco Peña.



Siempre he tenido para mí a Guillermo como el típico emigrante que se tiene que abrir camino en el nuevo mundo a donde llega, pero que no olvida nunca donde viene, porque, como dice la canción, es lo único que tiene mientras aprende a caminar. Por eso Guillermo, como el Almendro por navidad o  las Grullas a su Janda o los viejos elefantes a su cementerio siempre volvía a casa. 



Guillermo me contó una vez en lo de Ricardo que la noche antes de irse a Barcelona, estaba en ese bar con el “Cojo Chinejas”, pero con el padre como camarero,  y que planearon ir a lo de Manolo Flor a tomarse unas pocas copas fiadas para el día siguiente. Cuando llegaron al bar de la calle San Juan, Manolo había escrito en la pizarra que ese día no se fiaba. Los bares eran de los pocos establecimientos que tenían teléfono en el pueblo y Andrés Ricardo había llamado a Manolo Flor avisándole de las intenciones de los dos amigos de no pagarle las copas al irse al día siguiente a Cataluña. Recuerdo claramente la ironía y la alegría con que contaba esta anécdota. 


La segunda anécdota que quiero contar de él fue cuando nos lo encontramos en Torrent. Se había enterado a través de su hermana que presentábamos allí el libro de Mintz Coplas de carnaval y había cogido el coche para ver a sus paisanos. Una de las cosas que más le gustaba en este mundo era estar con benalupenses, en Benalup, en Torrent o en Cataluña. Le agradecimos en el alma su presencia, no sólo por el esfuerzo de desplazarse desde Cataluña, también por la ironía y la alegría con que nos inundó. A raíz de ahí Pepe y yo hicimos cierta amistad con él. Siempre que venía en verano nos buscaba para tomarnos una copa y vendernos un décimo de lotería. Presumía que era de los pocos emigrantes que venía todos los años al pueblo y que estaba en él hasta que se le acababa el dinero, decía medio en broma, medio en serio, con esa ironía y alegría que lo caracterizaba.



El 8 de septiembre de 2014 murió Guillermo en Villafranca del Penedés. Siempre he pensado que Guillermo, como todos los emigrantes, cuando se fue de su pueblo lo hizo con el convencimiento de que volvería. Este es un pueblo de migrantes, de ida y vuelta. La vida es difícil y hay que hacer muchos viajes para sobrevivir. Hay rachas en las que toca ir y otras venir. En Benalup Casas Viejas ha habido fases históricas donde la población ha llegado y otras donde ha tenido que marcharse.  Para Guillermo su ciclo vital no se podía cerrar, el equilibrio no se podía conseguir sin que su último viaje tuviera como última estación su querido Benalup-Casas Viejas. En los años sesenta y setenta al cementerio lo llamaban Torrent, porque el que entraba en él no volvía. Pero son muchos los casos de emigrantes que cuando pudieron volvieron al pueblo a pagar las deudas contraídas. Cuestión de equilibrio, como las migraciones, como las grullas o los elefantes. 



Guillermo, el Loco Peña, sabía que sí volvería, por eso le quiso dejar fiadas las copas a Manolo Flor. Por eso ha querido que sus restos reposen en el cementerio de Benalup-Casas Viejas y su querido trofeo de tiro al plato en el bar de toda la vida del pueblo. Ironías y alegrías de la vida.

Las fotografías me las ha facilitado su hija Miriam Pavón

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