Como decíamos ayer

El 23 de eoctubre de 2007 “Salí del armario” publicando mi primer post de este blog, precisamente con ese título. Han pasado siete años y pico. Empezamos hoy un nuevo curso. El pasado me despedí reflexionando sobre el blog, el que viene voy hacer lo mismo. Prometo no repetirme demasiado durante el curso para evitar en expresiones de los jóvenes "rallaros" la cabeza. No voy a escribir nada en el sentido de que me gustaría la colaboración de los que leen el blog con aportaciones, comentarios, documentos y ese tipo de cosas…. se sobreentiende y lo he dicho ya mucha veces, demasiadas quizás. Más relevante me parece centrarme en  el sentido de este blog.




Ya he escrito muchas veces, a lo mejor también demasiadas, que esto es una aventura personal y responde a intereses particulares. Pero me gusta recordarlo; se trata de aprender cosas nuevas, de sentirse vivo, útil, de compartir ideas y experiencias, pero siempre teniendo claro que el primer beneficiado es uno mismo y tratando de no perjudicar a nadie. Pero se avecinan tiempos difíciles. En lo concreto el curso viene movido, con tormenta. Como Camús en la Peste intentaré resistirla sin ser portador de gérmenes, anticuerpos tengo que tener ya como para parar un tren. 



En lo general, los más de siete años ya, a entrada diaria, me plantea la cuestión de que si continuo, que lo voy hacer, me gustaría que fuera dentro de un proyecto ambicioso. Ello me lleva a reflexionar sobre el concepto de ambición y otros próximos, que en realidad es de lo que va este post. Tiene Borges un cuento buenísimo en el que dice que las cosas que se pierden se duplican. Ahora bien, si la gente las olvida se borran definitivamente. 



Lo tengo clarísimo para mí, la ambición es buena, es sana,  alienta el optimismo de la voluntad, posibilita la creatividad, estimula la superación. La ambición está relaciona con el crecimiento, con la suma, con la multiplicación. La ambición es el motor de los grandes proyectos, de las grandes aventuras, de los grandes logros humanos. La ambición es necesaria para iniciar cualquier gran proyecto. Pero la ambición se está borrando muchas veces de la vida cotidiana ya que es sustituida por otros sucedáneos más perniciosos. Cuando la ambición sobrepasa el sentido común, cuando el proyecto es tan grandioso que resulta inviable e irrealizable nos topamos con la arrogancia. Pero si lo que nos mueve es la ostentación, el sacar pecho, el presumir de ser o tener estamos ante la petulancia. 



Hay una tercera que es la peor. Cuando lo que se trata es de acumular riquezas, honores o cargos estamos ante la codicia del poder o/y del tener. Josep Ramoneda en un artículo en El País lo explica perfectamente aplicándolo a Jordi Pujol. Esta es ciega y aunque aporte beneficios personales concretos, se basa en la resta, en la división, en subir escalones pisoteando al que dejas abajo. La codicia logra los objetivos de la ambición mediante las trampas, los engaños. Es aquello que decía Maquiavelo de que el fin justificaba los medios. Y además anula y hace desaparecer la ambición si a la gente se le olvida la diferencia que existe entre las dos. Por eso la clave radica en tener muy clara la diferencia entre ambición y codicia.



Pero hay una pregunta que leyendo el artículo de Ramoneda me corroe, ¿Se pasará de la ambición a la codicia como si fueran  dos meras etapas en evolución vital de algunas personas? ¿Será como las arrugas, la pérdida de pelo, de movilidad o vitalidad una degeneración producida por la edad? ¿O las personas codiciosas nacen y mueren con esa condición? Ambición o codicia that is the cuestión. La crisis que atravesamos está provocada en parte porque se ha atesorado por acumular y no ha importado ni las formas, ni los métodos. Necesitamos menos codicia y más ambición, para salir de la crisis que atravesamos. En fin mañana os hablo de un proyecto ambicioso que terminó mal. El intento de asalto del cuartel de la Guardia Civil en 1933 en Casas Viejas.

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