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San Elías y 5. Por Francisco J. Martínez Guerra

Unidades del ejercito francés tomaron entonces otras poblaciones, Alcalá, Medina, Vejer, y desde ellas seguían los movimientos de las tropas españolas, regulares, voluntarios y guerrilleros, que se movían libremente por las sierra, entre Ronda y Fascinas refugiándose en Gibraltar cuando corrían peligro. En cualquier momento, ayudados por los ingleses, desde Tarifa y el campo de Gibraltar, los españoles podían atacar al ejército de Víctor como así 
sucedería, un año más tarde, en la batalla de Chiclana. 




A finales de enero de aquel año de 1810, poco antes de la llegada de los franceses a la bahía, el prior del Cuervo viajó a Cádiz para informarse de la constitución napoleónica de Bayona que se aplicaba en la España del rey José, constitución que recortaba muchos privilegios de las órdenes religiosas. Pues estando en Cádiz, sin poder salir de la ciudad sitiada, se produjo una incursión de las tropas de Napoleón por la sierra de Casas Vejas. Temerosos los frailes de la comunidad del Cuervo del comportamiento de los franceses que en Medina habían ocupado los conventos usándolos de cuarteles, ante aquella situación de emergencia, acordaron en capítulo abandonar el Cuervo sin la autorización del prior de la comunidad, aislado en Cádiz. Un buen día, a media noche, tras el rezo de maitines y una misa solemne, recogieron sus escasas pertenencias personales y los vasos y objetos del culto de la iglesia y cerrando con llave aquel desierto carmelita marcharon precipitadamente en la confianza de que regresarían en poco tiempo. Todavía agrupados, desde el alto del Puerto del Hombre, a punto de pasar a territorios más seguros del campo de Gibraltar, aquellos frailes pudieron ver como llegaba un escuadrón de la caballería francesa y ocupaba el convento. 



Entristecido con su propio relato fray Ángel, calló por un momento.   -¿Y que fue del tesoro? preguntó impaciente el Hno. Antonio que había seguido con entusiasmo la narración. 
- Pues la verdad que de la donación ya nunca se supo. Después de la guerra volvieron los frailes pero no hay constancia de que el tesoro continuase emparedado en la cámara secreta del cenobio.  
Tras un largo silencio, solo roto por el monótono chirrido de los grillos, con voz apesadumbrada el P. Ángel prosiguió su confesión: 
 - Hoy, como Ulises atraído por el canto de las sirenas, sordo a la voz de Dios y a la del Profeta ¡bien que me avisó a través del inocente canto de un niño! he venido contigo a este lugar convencido de que regresaríamos a la Casa Provincial con la donación de aquella señora. Nada hemos encontrado entre estas ruinas, ni la losa de cierre de la cámara secreta, ni pedazos de ella, ni siquiera los restos del falso muro contrafuerte. Dios no lo ha querido. El brillo del oro me ha cegado, la soberbia y la codicia me trajeron al lugar, las necesidades económicas de la orden, me venia diciendo durante todo el camino tratando de justificar mi proceder y olvidándome de la penuria de tanta gente en estos tristes y duros años de postguerra. Si te dijera hermano que, esta mañana, encontrándome cara a cara con la mirada del Profeta le pedí su ayuda ¡quién mejor que San Elías que había pasado más de cincuenta años en el convento! 



En conciencia el fraile creía haber faltado gravemente al Padre Celestial mezclándolo en asuntos de tesoros y ahora, arrepentido, pedía al Dios de la Caridad su perdón y la fuerza necesaria para continuar el camino de los hombres comprometidos como Elías. Ahí estaba el ejemplo del Profeta que, en su desesperación, con la ayuda de Yahvé pudo continuar su andadura por el desierto. Escrito está en el libro 1º Reyes el hermoso texto que, a modo de oración y en voz baja, recitó el P. Ángel aquella noche: 
 “Descansaba Elías bajo una retama después de una larga jornada de camino por el desierto huyendo de Jezabel, la reina que había introducido el culto a Baal en Israel. Desesperado pedía a Yahvé la muerte. Un Ángel le despertó y el encontró a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y una jarra de agua. Comió y bebió un poco y se volvió a quedar dormido. Por segunda vez el Ángel le tocó y le dijo: “Levántate y come porque el camino es demasiado largo para ti”. Entonces Elías se levantó, comió y bebió y con la fuerza de aquella comida caminó durante cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb.”

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