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San Elías 4. Por Francisco J. Martínez Guerra

Finalizaba septiembre cuando la señora Pereda y sus hijas marcharon de la sierra y regresaron a Medina en espera de noticias sobre la epidemia que le permitiesen un regreso seguro a su casa de Cádiz. En su despedida del Cuervo prometió al prior una ayuda; “será para obras de mejoras de las estancias y ornamentación de la iglesia de este convento” le dijo. 




En enero de 1.802, estando en su residencia de Cádiz, una hermosa casa de fachada barroca y torre mirador en la plaza de San Antonio, Doña Eloisa hizo llegar al prior del Cuervo una nota manifestándole su intención de verlo a fin de formalizar la donación. Con tal motivo,  viajaron a Cádiz el prior y el ecónomo del convento quienes, acompañados por el provincial, se entrevistaron con la señora que aquella misma tarde donó a la orden cuatrocientas onzas de oro con el compromiso de que tan importante cantidad fuese destinada exclusivamente a las obras de ampliación, mejora y ornato del convento de San José del Cuervo; así figuraba en el documento que firmaron las partes. 



Ese dinero, en cuatro bolsas de cuero, fue guardado en gran secreto en un convento de Cádiz. Eran los tiempos de la alianza de España y Francia contra Inglaterra, tiempos de continuo ir y venir de navíos de guerra españoles y franceses al puerto de Cádiz bajo la presión y acoso de la poderosa escuadra inglesa con base en Gibraltar, tiempos de frecuentes refriegas navales en las que casi siempre los españoles llevaron la peor parte. Temiendo los frailes que, en cualquier momento, Cádiz fuese saqueada por la escuadra inglesa consideraron conveniente llevar el dinero a lugar más seguro y que mejor sitio que el convento de San José del Cuervo en pleno corazón de la sierra; al fin y al cabo a las obras de mejora de aquel desierto carmelita estaba destinada la donación de Doña Eloisa. 



Había en éste convento una cámara secreta para el tesoro que hasta la fecha nunca había sido utilizada dado la pobreza de aquella comunidad y, salvo el ecónomo, nadie tenía conocimiento de su existencia, ni siquiera el prior. Se trataba de una oquedad forrada con planchas de plomo construida en un falso contrafuerte del templo y dispuesta en el fondo del hogar de la chimenea del despacho del prior, en la planta baja del edificio. 



El fondo del hogar era en realidad una gran piedra de caras planas de más de sesenta arrobas de peso que a modo de tajadera cerraba el hueco de la cámara secreta. La losa, que hacía de puerta de aquella caja fuerte, colgaba de una cadena oculta en el interior de un conducto dentro del muro y se podía izar y bajar desde la celda del prior, en la planta superior del edificio y encima del despacho, con la ayuda de un juego de poleas y un cabrestante, que junto a otras herramientas y útiles de labranza y cantería, se guardaban en el almacén del convento. 



En gran sigilo y en dos viajes se trasladó el tesoro al Cuervo sin dar cuenta a ningún fraile y, una vez comprobado el buen funcionamiento de apertura y cierre de aquella tajadera de piedra, el prior y el ecónomo emparedaron las bolsas con las cuatrocientas onzas de oro en la cámara secreta. 



Fueron pasando los años, habían visitado el convento varios maestros de obras, artesanos y artistas presentando dibujos y bocetos e incluso planos y presupuestos, pero no llegaban las autorizaciones de la orden para ningún tipo de actuaciones de mejoras en el monasterio. En la casa provincial tenían dudas sobre el futuro de aquel convento dado la corriente anticlerical  que se extendía por aquellos años en todo el país entre los ilustrados, gentes seguidoras de las ideas de la revolución francesa, cada vez más numerosos y con más peso en el gobierno de la nación, partidarios de cerrar conventos y reducir el número de religiosos en España, lo que ya se había hecho en el país vecino. 



Así que el tiempo pasó sin que ninguna obra de mejora se hiciese en el convento. Corría el año 1.810 y habían cambiado las tornas, por entonces los franceses eran los enemigos de España y la nación inglesa su aliada. Napoleón había invadido la península y tomado Andalucía; desde febrero, las tropas del mariscal Víctor asediaban la isla de León y la ciudad de Cádiz en donde, huyendo del enemigo, se había establecido la Junta Central y luego el Consejo de Regencia. Once navíos de guerra, dos fragatas, cuatro cañoneras y casi cinco mil soldados ingleses venidos en barco de Portugal, codo a codo con las tropas españolas, defendían el istmo del asedio de veintisiete mil soldados franceses que detenidos en el brazo de Sancti Petri se asentaron, durante dos años, a lo largo de la bahía entre Rota y Chiclana. 

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