San Elías 3. Por Francisco J. Martínez Guerra

Camino de la cueva, mientras el Hno. Antonio se adelantaba, el P. Ángel se paró por un momento y en aquel instante, observando la silueta de la sierra recortada nítidamente en el  contraluz de una noche iluminada, recordó el inocente canto de aquel niño mulero que, sin pretenderlo, le había quedado grabado en el alma: 
La mula Golondrina, 
Con tanta carga, 
Cuesta arriba flojea, 
Despacio baja. 
Iba el rey moro, 
Por el Puerto del Hombre, 
Con un tesoro. 




¿Acaso no había sido un aviso del Profeta? En aquel instante sintió que su cuerpo se derrumbaba en tanto su espíritu se llenaba de luz y, ausente de cuanto le rodeaba, con la cabeza humillada, elevaba el brazo apuntando con su mano el paso de la sierra diciendo: 
“Por allí, por allí”. 



Cuando, al cabo de un rato, el P. Ángel entró en la cueva era un hombre nuevo, su ánimo estaba recuperado, una resignada tristeza bañaba su desencanto y su rostro irradiaba la paz de su interior. Al ver al hermano lego, que yacía en el suelo cubierto con una manta, con la voz apagada por el agotamiento de un día tan largo e intenso comentó “Una noche serena, como la de Elías en su huida por el desierto” y acostándose cerca de la entrada, con los ojos abiertos clavados en el firmamento, trató de dormir. Pasado un rato, el Hno. Antonio, que tampoco conciliaba el sueño, preguntó: 
 -¿Para qué hemos venido, padre? ¿Que buscamos en este lugar? 
El P. Ángel, que hacía rato esperaba la pregunta, hizo aquella noche la siguiente confesión: 



 II. La donación 
En agosto del año 1.800 se declaró una terrible epidemia en Cádiz. Al parecer, una goleta procedente de La Habana desembarcó carga y pasaje sin cumplimentar el trámite de la cuarentena trayendo de América la fiebre amarilla. La enfermedad, el temible vomito negro, se propagó rápidamente por toda la ciudad y por San Fernando, entonces Isla de León, ocasionando durante cuatro meses varios millares de muertos. 



 Doña Eloisa Pereda, siguiendo el ejemplo de otras familias pudientes, nada más conocer la noticia de los primeros casos de muerte por vomito negro, huyó de Cádiz con sus dos hijas instalándose en Medina Sidonia, ciudad bella y limpia, en la que vivían algunas familias de marinos ilustres y que gozaba fama de ser saludable por estar situada en un cerro a más de mil varas de altitud sobre el nivel del mar. En Medina, al cabo de unos meses, al enterarse de que habían muerto dos personas, posiblemente de fiebre amarrilla dijeron los médicos,  Doña Eloisa abandonó precipitadamente la ciudad refugiándose, esta vez, en un cortijo cercano al monasterio del Cuervo; y allí con muchas incomodidades y carencias, teniendo en cuenta la vida a la que estaba acostumbrada, pasó casi más de tres meses evitando todo contacto con la civilización exterior. 



En aquellos parajes, asistiendo a la misa del domingo, conoció al superior del convento quien, acabada la ceremonia, salió a saludarla ofreciéndose para lo que pudiese necesitar y estuviese a su alcance, incluso en caso de enfermedad; había hecho este fraile estudios de 
medicina lo que tranquilizó mucho a aquella mujer de temperamento hipocondríaco y obsesiva con la salud. El superior también le recomendó las aguas y los baños en los manantiales de aquella garganta de excelentes propiedades curativas para muchas dolencias. “Son muy saludables, de seguro le irán bien, no solo a Ud., también a las niñas” le había aconsejado. 



Doña Eloísa, viuda desde no hacia mucho de un rico comerciante de origen genovés que traficaba con las colonias, pasó su estancia en la sierra ocupada en el cuidado de sus hijas, bañándose en aquellos manantiales naturales, paseando por los espesos bosques de alcornoques y respirando el aire puro de la sierra lejos del terrible mosquito de la fiebre amarilla. El tiempo se le hizo breve y allí encontró la fortaleza y serenidad de espíritu que, tras la muerte de su marido, necesitaba. La paz de aquellos parajes, las aguas y el ejemplo de la comunidad de frailes habían sido las mejores medicinas. 



Aquella rica señora que de ninguna de las maneras podía imaginar la existencia de personas que pudiesen renunciar al gozo de la vida observaba con asombro la pobreza en la que vivían aquellos carmelitas careciendo de lo más imprescindible, llevando una vida de austeridad, pobreza y entrega a su Dios a la manera de los eremitas de la iglesia más primitiva. Ella teniéndolo todo no era, por eso, más feliz que aquellos hombres que nada poseían. Pero la felicidad de los frailes se fundamentada en otros valores, eso le había explicado el superior del convento, y ahora empezaba a entenderlo. 

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