San Elías 2. Por Francisco J. Martínez Guerra

En la fonda los frailes cenaron y durmieron aquella noche. Al siguiente día, con las primeras luces del alba, celebraron la misa en el altar de San Elías y tras un frugal desayuno en el despacho anejo a la sacristía, muy temprano, una plácida mañana de junio en la que aun verdeaban algunos humedales de la vega, iniciaron su excursión al Cuervo bajando a caballo por la calle que lleva el nombre del Profeta.




Tras Luis, el guía que los acompañaba, cabalgaba fray Ángel ensimismado en el objeto de aquella visita sin prestar el menor interés a las observaciones que, acerca del al territorio que atravesaban, fue haciéndole el guía a lo largo de todo el camino. No prestó mucha atención a la bandada de grandes buitres que en la “colá”, a poco de dejar atrás la casilla del fielato del pueblo, a la altura de la primera alcantarilla, sobrevolaban un burro muerto del que bien pronto darían buena cuenta; tampoco mostró el menor empeño en entablar conversación con los únicas personas que encontraron en todo el viaje cuando ya se adentraban en la sierra; unos arrieros que, alegres y ruidosos, se dirigían a la aldea conduciendo una recua de mulas cargadas. “¿Qué llevan?” preguntó el Hno. Antonio saludándolos; “Carbón para la fabrica” aclaró uno de ellos mientras un zagal, a lomo de una bestia, asomando la cabeza entre dos seras, continuaba su interrumpido cante, una seguidilla larga que entonaba con aires melódicos antiguos en una difícil conjunción de la música y la letra. “Ya lo ves, Luis, como los ángeles; al niño lo que le va es lo dulce de los 
cantes de la parte de Málaga” dijo orgulloso el padre, seguramente de por allá, como si fueran para él los elogios que hizo su amigo, viejo compañero de caminos y paradas en ventorrillos.  



Aún no era mediodía y apretaba el calor cuando los frailes llegaban al paraje del Cuervo, se apeaban de las caballerías y, dejando alforjas y mantas en la cueva próxima, se despidieron del guía hasta la siguiente mañana. En el pórtico de entrada, bajo el escudo carmelita, rezaron el Ángelus y, tras hacer un breve recordatorio de los hermanos que habían vivido en aquel desierto, hacia más de un siglo, en el silencio de un hermoso bosque de alcornoques en pleno corazón de la sierra, abriéndose camino entre las piedras y malezas entraron en el convento, mejor dicho en lo poco que del mismo aún quedaba en pie. Entonces, impaciente, hablando consigo mismo, en tono grave dijo el P. Ángel: “Hay que aprovechar al máximo la jornada, tenemos poco tiempo, pocos medios y mucho trabajo por hacer” y, sin más, iniciaron los frailes un recorrido ordenado y minucioso de exploración de aquellas ruinas deteniéndose en muros, contrafuertes y esquinas del templo, en patios y en habitáculos semiderruidos. El P. Ángel, situando los distintos espacios del cenobio, parecía buscar un lugar determinado que no lograba localizar; de vez en cuando sacaba un plano que guardaba doblado en el bolsillo del hábito y lo examinaba con preocupación moviendo disconforme la cabeza. El Hno. Antonio seguía los pasos de su maestro un tanto confundido y perplejo esperando alguna 
instrucción concreta sin más quehacer que mirar entre las piedras por si había alacranes o víboras como había advertido el guía. 



Habían transcurrido casi dos horas a pleno sol, a veces protegidos por la sombra de los muros, sin probar bocado ni más descanso que el tiempo de parada que les llevó el rezo de las horas cuando el P. Ángel creyó haber encontrado el lugar que buscaba: era el espacio 
que en su día ocupara el despacho del prior en la planta baja del convento. Prosiguiendo su labor, aquel hombre ya entrado en años, sacando fuerzas de flaqueza y totalmente ensimismado, revisaba detenidamente los restos de los muros de esa zona, tomaba medida 
de los mismos y ayudándose con un martillo escuchaba el eco de sus golpes tratando de localizar un hueco en el sólido macizo; mientras, el Hno. Antonio, apartando la maleza, removía con una estaca los sillares y piedras caídas que fray Ángel volvía a revisar buscando la señal de un cantero. Así, sin parar, en aquel lugar transcurrieron varias horas. 



Oscurecía cuando los frailes dieron por finalizada aquella dura jornada de trabajo. Con los hábitos cubiertos de polvo, cansados, sudorosos y sedientos bajaron a la fuente, se lavaron y comieron de las provisiones que habían traído: pan, algo de la “pringá” del puchero que cenaron en la fonda y un trozo de queso de cabra. Luego, entre los muros de la iglesia conventual, bajo la bóveda celeste de una noche templada de luna llena, hicieron sus rezos de completas. 

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