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San Elías. 1 Por Francisco J. Martínez Guerra


 (Relato de ficción) 
Resumen: El P. Ángel de la Cruz, acompañado por el Hno. Antonio, viaja hasta las ruinas del Cuervo a fin de investigar el contenido de unos antiguos documentos. Fracasado en su intento acaba confesando al hermano lego el verdadero motivo de aquella visita. 



 I. Una excursión al Cuervo 
A mediado de los cuarenta, en plena primavera, el P. Ángel de la Cruz, arquitecto y fraile profeso del Carmelo, viajaba por Andalucía inspeccionando el estado de las edificaciones y templos de la orden y elaborando un informe técnico de las medidas más urgentes que requerían su conservación. 



Por los años treinta del pasado siglo, en su breve etapa de noviciado, el P. Ángel había tenido ocasión de ojear, en los archivos de la casa provincial, diversos documentos antiguos y, entre ellos, algunos planos y escritos del convento de San José del Cuervo en la sierra de Casas Viejas cerrado hacía más de un siglo, en época del gobierno Mendizábal, desde entonces en estado de total abandono. Además de curiosos, aquellos documentos contenían cierta información que le pareció al fraile de gran interés por lo que tomó unos detallados apuntes de los mismos que aun guardaba celosamente entre sus más preciados papeles. Ahora, pasados más de doce años, durante su estancia en Cádiz con motivo de aquel viaje de 
inspección de los edificios de la orden, se le presentaba la ocasión de visitar el lugar y verificar los viejos documentos, perdidos durante la guerra civil, de los que era ahora único conocedor. Esa fue la explicación que entonces dio al Hno. Antonio, un lego del convento que le acompañaba como auxiliar en el viaje, cuando le comentó la conveniencia de la excursión que iban a realizar. 



Y así, en el “correo” de Medina, una tarde de junio los frailes se presentaron en Casas Viejas, dejaron sus pertenencias en la fonda y, sin perder mucho tiempo, se dirigieron a la iglesia para hacer los rezos de vísperas. Y en aquel alegre y luminoso templo de ladrillo de estilo sevillano de los tiempos de la Exposición, nada más entrar pasando por la sacristía, el P. Ángel se encontró con la imagen del profeta Elías. Era una talla de madera del santo con hábito de carmelita blandiendo una espada de fuego apuntando al cielo y ocupaba el retablo de un pequeño altar dorado situado en el reducido espacio del crucero norte junto a un 
amonio al que parecía estorbar. 



Para los frailes carmelitas tiene San Elías una gran significado ya que los orígenes de su orden se remontaban a la época de las Cruzadas cuando una pequeña comunidad de eremitas se estableció en el Monte Carmelo alrededor de la cueva del Profeta y era para el P. Ángel un santo de especial devoción al que admiraba por la gran fortaleza de su espíritu. Así que el inesperado encuentro del fraile con el Profeta en la iglesia de Casas Viejas le pareció a éste una señal del cielo, un buen presagio de la excursión que harían el día siguiente al Cuervo; y aun fue mayor esa impresión cuando le dijeron que el santo era el patrono local y aquella imagen procedía de la iglesia del convento del Cuervo. 



Si bien Elías no era nombre común entre la gente de por allí, al menos por entonces, aquel santo era especialmente venerado en los años de las grandes sequías; tras un invierno y una primavera de escasas lluvias, perdida la cosecha y los rastrojales en los que pastaban las vacas en verano, a San Elías se le ofrecían rogativas y novenas en el templo y, ante la falta de una pronta respuesta de los cielos, se acababa sacando al santo en procesión paseándolo en andas por las calles y campos de los alrededores de la aldea pidiéndole la lluvia. Como los israelitas de hacia dos mil ochocientos años, creyentes, muchos no creyentes y los niños de las escuelas, mirando al el cielo esperaban la llegada de una nubecilla salvadora al grito de ¡San Elías agua! ¡San Elías agua! No en vano, en época de Ajab, rey de Israel, Ellas “El Tesbita”, que solo servía a su Dios, se había enfrentado al rey diciéndole: “no caerá rocío o agua si yo no lo mando” y, siguiendo la orden divina, huyó prudentemente hacia oriente escondiéndose en el torrente Carit, cerca del Jordán; allí vivió un tiempo, bebía las aguas del arroyo y los cuervos le llevaban pan por la mañana y carne por la tarde. 

1 comentarios:

Jose Luis Montes de Oca Bancalero dijo...

No es la primera vez que F.J.Martínez Guerra, desde su retiro pinireneico, nos deleita on sus sabios comentarios y sus historias ficticias relacionados con el monasterios de S.J. del Cuervo. En su calidad de Dr. Ingeniero y gran conocedor de la historia de nuestro pueblo, cuando coge la pluma --endríamos que decir: se pone al ordenador-- nos extasía con esos comentarios, tan pausados y fundamentados, que parece haber vivido esas historias que nos embelesa. ¿Vivió Francisco José esas historias? ¿Estuvo en las cacerías del rey? ¿Viajó con Chano, alguna vez, al Cuervo? ¿Discutieron, en campañas de cacería, alguna vez, la muerte del rey godo? Extraigo una única conclusión de la lectura de su buenas entradas: Un gran hombre de Casas Viejas que tenemos que tomar como ejemplo de "optimus benalupensis homo".Yo apenas lo conoczco.