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Magdalena Olaya Regino sobre Benalup

domingo, 3 de marzo de 2013

Brigadoon

Mi pueblo blanco no duerme colgado de un barranco, lo hace sobre una loma pero me trae tantos recuerdos como a Joan Manuel Serrat el suyo, recuerdos de infancia y juventud que con el tiempo le han ido dando en mi mente la forma de un pueblo hecho a mi gusto.
Cuando era pequeña sólo iba en verano y, en el inocente protagonismo de una niña, pensaba que era como el pueblo Brigadoon, de la película del mismo nombre. Éste aparecía cada cien años, el mío existía cuando iba yo.
Llegaba el verano y para mi llegar allí suponía libertad. En el pueblo mi vida era diferente: podía salir, jugar en la Alameda hasta tarde y sobre todo sabía que el mar estaba cerca. Las olas no tocaban sus calles, pero estaba allí tan cercano que casi podía olerlo en mi imaginación. 
Empinadas calles blancas que me veían correr y correr tropezando a veces contra sus suelos de piedra. El cansancio no existía.
Los domingos la playa, nunca he visto un mar tan bello, a veces embravecido y acompañado por un levante que me llenaba de arena blanca invitándome a formar parte de aquel impresionante espectáculo. Grandes olas que me hacían bailar a su ritmo y cuyo vaivén me acompañaba todo el día.
La Alameda con sus bancos de piedra era el sitio ideal para contemplar las estrellas y soñar, soñar con un verano que no acabase, que fuese eterno.
Cuando llegaba la feria, el pueblo se engalanaba y todos con él. La caseta de baile donde bailaba bajo la atenta mirada de mi padre, que de vez en cuando miraba su reloj y después a mi, indicándome que debía marcharme. Subiendo la cuesta camino a casa la música seguía sonando y yo soñando.
Si hay algo que sigue trayéndome recuerdos de esos días es el olor a hierbabuena y a jazmín. A veces al notar este olor hoy en día cierro los ojos, como si haciéndolo pudiera volver a esos días de infancia.

La vuelta a Madrid después de dos meses en el pueblo, era digna de una película de Paco Martínez Soria. Recuerdo haber hecho un viaje de vuelta en tren, con una gallina viva; fue una odisea. Llegar a la estación de Atocha era como entrar en otro mundo, todo me parecía desconocido. En mi mente traía la imagen de ese pueblo, de su calle principal que recorría varias veces al caer la noche, de su Alameda, de sus piedras que dejaban todos los veranos cicatrices en mis rodillas y sobre todo de sus buenas gentes.
Ya nada es como antes, ya no pienso que mi pueblo es  Brigadoon pero su recuerdo forma parte de mi vida, ahora y siempre.



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