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¡Colectivización! La explotación colectiva de “Malcocinado” de Francisco Retamero. 2

"A ambos lados de la carretera que conduce a los caseríos, elevan sus resinosos troncos pequeños pinares que nos saturan de su olor peculiar. La sombra de sus ramas hacen el milagro, de que, al calor anterior, irrespirable, suceda un ambiente grato que aspiramos a pleno pulmón. Nos apeamos frente al domicilio de! compañero Suárez a donde llegan varios camaradas que departen con nosotros animadamente explicándonos cuanto se refiere al desenvolvimiento de la comunidad. En sus ojos se nota el brillo de la alegría y complacencia con que se enorgullecen de la victoria conseguida. Es, la rúbrica que ponen a sus declaraciones, hechas en tono mesurado, modesto, como no concediendo valor alguno a los sacrificios y esfuerzos realizados para alcanzar el estado de prosperidad en que se encuentran.

Nos cuentan sus temores pasados, el cúmulo de oposiciones que hubieron de vencer  luchando hasta contra los mismos obreros, que por incomprensión se oponían a la obra. Y nos dicen: El Instituto por mediación del señor Ingeniero, había recabado del camarada Suárez la presentación de las listas de trabajadores que habían de asentarse. Alrededor de Suárez nos encontrábamos contadísimas personas, que, por estar convencidos de la bondad del procedimiento,nos ofrecimos para gestionar con é!, la formación de las listas. Y comenzó un trabajo de persuasión entre los campesinos de Casas Viejas, al que invariablemente contestaban con negativas inducidos por las especies que de una parte hicieron correr los patronos, a quienes en forma alguna convenía la gestación de la comunidad; y por otra parte, la que también todo lo enturbiaba, que nacía del criterio sindical mantenido por los obreros, que era muy acentuadísimo por los momentos pasionales con que se atacaba en aquellos instantes al Socialismo. El camarada Suárez, aunque se multiplicaba y llevó sus explicaciones a todas partes, demostrando lo beneficioso del caso y que la realización de la obra  constituiría la emancipación de buen número de obreros, que, hasta entonces habían estado condenados a trabajar cada año muy pocos meses, no sólo no era atendido y respetado, sino que también hubo de encontrarse con la desagradable sorpresa de ver que a su alrededor se hacía el más espantoso vacío. Hasta de muchas de las personas más amigas hubo de sufrir humillaciones y desdenes. Los bulos levantados por unos y otros, estaban a la orden del día. Pero el temple de acero de su alma forjada en pruebas más duras y crueles, no le dejaban cejar en sus propósitos, y persistió a pesar de todos y contra todos, en el reclutamiento de los cuarenta cabezas de familia que habían de constituir la comunidad. Lograda alguna inscripción, era poco después compelido a  deshacerla por los interesados, cual si se tratase de un negocio sucio, en que la malicia del cabezalero les hubiera metido. Y en esta forma llegó el día señalado para la entrega de las listas, sin que apenas se hubiere cubierto una tercera parte de su número.




El asunto fracasaba de no entregarlas y no podía precisarse cuándo hallarían otra ocasión para establecer la colectividad. Y ante este temor, el camarada Suárez optó por presentar los cuarenta nombres de las personas a quienes ofreciera el asentamiento, escogiéndolos entre los que juzgaba más capaces. He aquí cómo se cubrió el primer jalón de la actual colonia. Por un acto de audacia. Se hizo a espalda de los interesados que más propicios a escuchar la voz enemiga, se oponían con la tenacidad de la ignorancia a la consecución de aquel fin cuyas ventajas hoy tocan. ¡Cuántos de los que se quedaron fuera reniegan hoy al ver a los asentados, de los que les indujeron a la negativa! Después, cuando ya establecidos, empezaron a recibir el auxilio del Instituto, sin temor alguno de que le faltara durante todo el ejercicio—ellos, que estaban acostumbrados a trabajar solamente cinco meses cada año—y vieron que con este auxilio (4'50) les bastaba para cubrir sus necesidades, se aprestaron con ahinco a sus labores firmemente convencidos de que el hecho era cierto y de que el bien de que quisieran rodearse habían de conquistarles por medio del trabajo.



Y aun cuando el año lo empezaron algo tardío, precipitaron las faenas de siembra y remataron el ejercicio de forma tan prometedora, que claramente comprendieron que pasado un corto número de años habrían de cancelar sus cuentas con el Instituto. (Ellos me aseguraron que la amortización de la suma que se les ha facilitado podrá ser terminada en plazo de dos años; y yo lo creo, al comparar las riquezas de ganadería y cereales acumulados".)



Efectivamente, como narra Francisco Retamero el proceso fue complicado, los anarquistas, mayoritarios, no quisieron participar en el proyecto. Nótese como en el escrito se les nombra indirectamente, pero no aparece su nombre concreto. Se consensuó repartir los cuarenta  colonos entre Medina y Casas Viejas, pero llegado el momento final, solo acudieron 6 colonos de Medina y 34 de Casas Viejas. Suárez en sus memorias reconoce que tuvo que inventarse nombres, siendo acusado por  el exalcade radical Juan Bascuñana Estudillo  de  partidista así como de ejercer el favoritismo: “Reclutados entre gente de afinidad política, sin llevar el objetivo que se persigue al colocar familias numerosas y de mayor número de brazos útiles”. Pese a todas estas dificultades, el 7 de abril de 1934 se produce la primera asamblea de colonos.
En la fotografía comida en Jérez con los ingenieros del IRA, en el centro sin corbata Suárez Orellana, dos puestos a la izquierda su cuñado Francisco Fernández Guerra de la Vega.

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