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¡Colectivización! La explotación colectiva de “Malcocinado” de Francisco Retamero. 1

Llevo mucho tiempo buscando un libro sobre la Comunidad de Campesinos de Malcocinado. Se llama ¡Colectivización! La explotación colectiva de “Malcocinado” de Francisco Retamero Madrid 1935. Una buena parte de él me lo acaba de mandar mi amigo José Luis Gutiérrez Molina, por lo que aprovechando que pronto serán las fiestas de la Yeguada voy a publicar varios fragmentos de él. Sobre este mismo libro nos cuenta Suárez Orellana en sus memorias lo siguiente:  

"Tenía yo en Jerez de la Frontera un amigo que se llamaba Francisco Retamero, y este era secretario del juzgado. Pues este señor se presentó un día en la colectividad de Malcocinado, acompañado por D. Antonio Roma Rubies, que este era además de catedrático, diputado por Cádiz, y estuvieron recreándose en la obra allí realizadas, la cual salieron muy bien impresionados, por aquella obra social y humana, donde tantas familias vivían bien y contentas por haber conseguido ahuyentar el fantasma del hambre y el paro que son los enemigos mortales de la clase trabajadora. Este amigo Retamero, escribió un libro enalteciendo la obra realizada y acompaña una nota del primer balance realizado del año anterior".  



La primera vez que se publicó este libro lo hizo en forma de artículos en el periódico jerezano El martillo, órgano de expresión del gremio de los toneleros. Este periódico se encontraba en este momento bajo la dirección de los anarquistas, pero permitían otras opiniones, como está del concejal socialista y miembro de la UGT Francisco Retamero. Además la fecha de publicación el 20 de septiembre de 1935 nos indica que estamos en tiempos cercanos a la coalición electoral del Frente Popular y en estos momentos las relaciones de socialistas y anarquistas no eran malas. De hecho la misma crónica se considera parte de la pre campaña electoral de las elecciones de febrero del 36, donde fue tan importante esta Comunidad de Campesinos para contrarrestar los Sucesos de Casas Viejas que tanto fueron utilizados por las fuerzas políticas conservadoras. El 9 de Octubre de 1935 el Heraldo de Madrid, periódico próximo a Izquierda Republicana publica el siguiente reportaje sobre esta misma visita: “Cuando aún prosigue la campaña en torno a los desgraciados sucesos de Casas Viejas, un hombre ecuánime y veraz, el exdiputado por Cádiz e ilustre catedrático D. Antonio Roma Rubíes, que acaba de visitar aquel pueblo, nos dice que allí hay un gran ambiente a favor de D. Manuel Azaña y del partido socialista. Es natural. Allí no sucedieron solamente durante el bienio aquellos desgraciados sucesos, sino que se hizo por parte de los gobernantes de entonces una labor magnífica para redimir a aquellas pobres gentes de la miseria en que vivían.  Aplicándose la Reforma agraria a la finca Malcocinado se ha constituido en ella una explotación colectiva, modelo en su género, y en la cual más de cien familias han encontrado su bienestar. Y no solamente esto, sino que se han creado escuelas, y el Patronato de Misiones Pedagógicas envió una gran biblioteca"
Dice Francisco Retamero en el Martillo, periódico jerezano, organo de expresión del gremio de los toneleros: 



"Hacía tiempo que tenía deseos de visitar esta comunidad de campesinos. Eran tantos los elogios que de ella me habían hecho, que, aun proviniendo de personas respetables, siempre creía ver en los relatos, algo de exageración. El día 18 del pasado mes, invitado por el camarada Roma, hicimos el viaje en el coche-correo hasta Medina Sidonia, donde nos esperaba el cabezalero José Suárez. Los tres expedicionarios de Jerez, fuimos recibidos por los camaradas de aquella población con la alegría y el entusiasmo de tos que tardan en verse algún tiempo a través de un peligro. Puños en alto, apretones de manos y seguidamente abrieron unos preguntantes un fuego graneado sobre nosotros, que acogimos complacidos de departir con tales camaradas. Buscamos el rincón discreto de un saloncito del café más próximo al sitio en que desembarcamos y allí continuamos nuestra charla, siempre con la misma animación. Satisfecho en parte el interés de los compañeros, fué acordado continuar la marcha y nos acomodamos en el automóvil que había de llevarnos a la finca que pensábamos visitar. 



Desde la salida de Medina, ya en franca carretera, íbamos viendo a uno y otro lado, enormes extensiones de terrenos sin cultivar. La conversación recayó sobre los propietarios de los tales; sobre sus egoísmos y sobre lo ventajoso que sería a Medina entregar a sus trabajadores agrícolas aquellas tierras improductivas. ¡Qué crimen social más grande cometen estos señores que siempre hablaron en nombre de la economía nacional! ¡¡Economía... nacional! 



El sarcasmo salta a los ojos contemplando estas tierras feraces y prometedoras, completamente abandonadas de todo cultivo, mientras vemos en las plazas de los pueblos una multitud de trabajadores de caras famélicas, mendigando una limosna de trabajo, que... raras veces otorgan estos economistas. A estos pobres no los escucha, aunque hablen en nombre de sus hijos, futuros defensores de la patria, y si se quiere también, futuras víctimas de la maldad de aquellos propietarios. El esfuerzo de éstos, el trabajo de éstos bien organizado, nada cuenta en esa decantada economía nacional en nombre de la cual se han realizado tan improcedentes maniobras y tan repugnantes crímenes. ¡Cuántos recuerdos llegaron a nuestras memorias en este sentido!



Después de intercambiar entre nosotros una serie prolongada de razonamientos, caímos en un silencio doloroso. Nuestras almas -se concentraban ante lo injusto y repudiando esos procedimientos y a las personas que hablando de economías y de patriotismo, atentos sólo a su finalidad egoísta no se detienen en hundir a los pueblos en la más espantosa ruina, para después mantener la superioridad de la clase que tales  despropósitos y miserias trajeron al país que con tanto celo dicen defender.



El mal estado de la carretera nos obligó a moderar más la marcha y a que la conversación que había quedado agotada por depresión de nuestros espíritus, versara sobre lo inútil del gasto hecho en su reparación, debido a los abusos del contratista que la verificara. El coche parecía jadear fatigosamente al subir aquellas cuestas donde la grava del piso, suelta, sin apisonar, oprimía sus ruedas, frenando el impulso violento que el chófer imprimía a su motor esforzándose por coronarlas. Por fin, allá a lo lejos, casi en el horizonte, aparecen unos grupos de árboles y el camarada Suárez, que nos venía informando sobre la propiedad y uso de los terrenos
colindantes, pudo señalarnos la nota que en la distancia ponen con su color verde oscuro los pinos plantados próximos a la linde de la colonia. Contrastaban con el color más claro de los eucaliptos de la carretera, que se le anteponían, haciendo una gradación en el colorido que iba desde el amarillo seco de los pastos hasta el verde severo de los pinos. Y este paisaje, sumamente agradable y bello, quedaba enmarcado ante nuestras miradas según ¡as rugosidades del terreno. Unas veces le servía de fondo la masa pétrea de los montes vecinos que a lo lejos se divisaban en tonos ligeramente azulados o grises. Otras se alzaban como si un poderoso genio sin contracciones violentas que lo descompusiesen lo elevara de su base anterior para ofrecérnoslos con el puro azul del espacio por fondo. El llano y la recta de la carretera nos trajo la quietud del paisaje precisándose cada vez más sus detalles. Nos acercábamos a «Malcocinado» y ante lo inminente de nuestra llegada, nos aprestamos con más ahínco, si cabe, para no perder ni un detalle, ni una sílaba de cuanto viéramos y escuchásemos. Poco después, el coche entra por una portada en cuyos pilares fijados en azulejos sevillanos se lee: «Comunidad de Campesinos de «Malcocinado.»

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