La Janda y 8. Por Francisco Martínez Guerra

No le cabía la menor duda que allí, en el lugar de aquel monasterio, había muerto Rodrigo y allí debía estar su sepultura, bajo la antigua ermita. Han pasado doce siglos y puede que ya nada quede, se decía, pero sus dudas le reafirmaban. Nadie podía imaginar que en tiempos de Alfonso I de León hallarían la tumba del Apóstol en el “finís térrae”, en Santiago de Compostela.
Desde la otra punta del Mediterráneo habían traído los restos sus discípulos nueve siglos antes, dice la tradición. Joaquín recordó el sueño de una noche de verano en las Aguadillas hacia ya muchos años, cuando, aún niño, estudiaba en el colegio. El P. Flores le había regalado el libro Flor Nueva de Romances Viejos que no hacía muchos años había publicado D. Ramón Menéndez Pidal; “Léelo este verano, le había dicho el jesuita. Este librito es una verdadera joya”. El lo leyó muchas veces, se aprendió varios romances especialmente los siete de D. Rodrigo que recitaba en voz alta y de memoria cuando paseaba a caballo por el campo acompañado por Chano, niño como él, que lo escuchaba en silencio. Joaquín, que nunca había tenido pesadillas, obsesionado con el rey visigodo, soñó aquella noche: 
Un caballo blanco con el vientre hinchado como un globo se revolcaba en el arroyo que formaban las aguas que caían de una fuente, alzando sus patas al aire y dando lastimosos relinchos. Tres grandes buitres leonados aleteaban a su alrededor mientras un gran cuervo negro de pico afilado esperaba a una distancia prudente. De pronto uno de los buitres hundía la cabeza en el intestino del caballo sacando su desnudo pescuezo bañado en polvo de oro; acercándose a la fuente se lavaba bajo el chorro de agua quedando el oro en el fondo de la poza. El segundo buitre repitió la operación y también el tercero. Entonces el cuervo se acercó a la cabeza del caballo y con su acerado pico trató de sacarle un ojo. El caballo dió un enorme relincho y enseñando sus dientes, enormes y amarillentos, trató de morder al cuervo que escapó saltando. El cuervo se dirigió a la parte trasera del caballo y los buitres se apartaron. Metió el cuervo la cabeza en el intestino del caballo y sacó una moneda de oro dejándola caer al suelo. Volvió a meter su pico y sacó una segunda moneda. De pronto y cuando aún no había soltado la moneda, la cola del caballo, se transformaba en un terrible duende de túnica y turbante negro que blandía un afilado alfanje con el que de un certero movimiento segó la cabeza del cuervo. La cabeza graznaba con la moneda en el pico mientras el resto del cuerpo volaba descabezado y el duende reía enloquecido. Asustado Joaquín se despertó sudando.



Aquel sueño lo recordaría de por vida, aunque muchas veces lo había intentado nunca había logrado descifrar su sentido. Ahora parecía tenerlo claro; había sido necesaria la excursión con sus amigos y el encuentro con aquel ermitaño. Sin duda que se refería a la batalla y a la huida de D. Rodrigo por la senda que habían hecho aquella mañana.



El cuervo negro representaba al rey y el lugar de su muerte. Los buitres los traidores, Oppas, Sisberto y Julián, la fuente no le cabía duda era la de Santa María, el caballo muriendo el reino perdido, las monedas y el polvo de oro ¿acaso no significaban el tesoro real del que nunca se supo tras la derrota? Debía de ser muy valioso. Recordó que Muça, “el más honrado cavallero” lo llevó a Miramamolín, “fizo cargar en muchas carretas de las que el Rey D. Rodrigo avía traído con el tesoro e llevólo a Algezira. E tanto fue que diez galeas non lo podían llevar para lo pasar en ultramar”, ¿Y los cofres con las joyas y adornos personales? ¿Y los brazaletes, cadenas, petos, muñequeras y otros ornatos del rey? ¿Y la colección de piedras preciosas y antiguas monedas romanas de oro que guardaba cosidas en una manta doble de cuero almohadillado y que en sus viajes extendía en la grupa de su caballo? ¿Las llevaba el Rey Rodrigo en su huida por la Senda de la Penitencia? ¿Representaría el cuervo el convento de la orden carmelita? ¿Estarían el sepulcro y el tesoro de D. Rodrigo bajo los cimientos del cenobio? Quien sabe, los sueños son siempre extraños, mezcla de cosas reales y absurdas. Era cuestión de buscar sin desesperar en la confianza absoluta de que hallaría restos de la batalla final, el sepulcro de D. Rodrigo y seguramente el tesoro real. Así fue como Schliemann encontró Troya.



Algo cansado se sentía aun más firme en sus ideas; convencidos sus amigos, podría contar con el apoyo de quienes hasta entonces lo habían tomado en broma. Quien sabe si también Luis le podría gestionar alguna ayuda para los trabajos; ya habría tiempo para pensar si tendría que pedir ese favor. De pronto se acordó del ermitaño ¿que hacia por estos lugares? “Rezar y limpiar las ruinas” había dicho Chano. En estas reflexiones iba Joaquín en su cabalgadura, cuando, después de unas dos horas de camino, ya sobre las cuatro, regresaba con sus amigos a las Aguadillas.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Basada tal vez en el Romance del Rey Don Rodrigo, la narración que Martínez Guerra, con maestría cervantina, pone en boca de Joaquín, en una de aquellas excusiones de los años cincuenta al Convento de San J. del Cuervo, es hermosísima y debió embelesar a sus invitados,como hoy quedamos todos.
Pero lo más interesante para el lector, al menos para mí, que ha seguido estos episodios en cuestión, es el encuentro con el hermano Antonio a quien confunde con una fantasmal figura de las que acompañara, en sus últimos instantes, al rey en su camino al más allá.
Su procedencia,desconocida, su vida, los rumores de pueblo,.... puestas en boca de Chano, su criado, parecen relatadas por el propio Sancho, pero con la erudición de un perfecto conocedor de las historias que por aquella época se contaban sobre el Cuervo y sus aledaños.
Oca
Salustiano Gutiérrez Baena ha dicho que…
Totalmente de acuerdo con Oca. Magnífica la serie de Francisco Martínez. Si hay más relatos de este tipo o conoce a alguien que los tiene me encantaría publicarlos. Gracias, muchas gracias a Francisco Martínez por compartir sus escritos con nosotros.

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