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La Janda 7. Por Francisco Martínez Guerra

IV.- De regreso
Bajaban a la fuente cuando se cruzaron con un hombre que subía hacia el convento. Vestía hábito talar de basto paño ceñido con un trozo de cuerda; calzaba alpargatas de esparto sin calcetines y al hombro llevaba una azada. Era de mediana estatura, más bien delgado y ligeramente encorvado, rostro tostado por el sol y pómulos salientes, nariz afilada y ojos azules brillantes que miraban hacia el suelo. Una larga barba le caía hasta la mitad del pecho ocultando su boca. Joaquín al verlo se echó a temblar creyendo estar delante del fantasma del hombre que dió sepultura a D. Rodrigo, pero pronto se recuperó.

-Es el Hermano Antonio dijo Chano. Un ermitaño que lleva por aquí unos meses. Nadie sabe quien es ni de donde ha venido, habla poco y nada cuenta de su vida. Se pasa el día rezando, limpiando las ruinas del convento y trabajando el pequeño huerto que tiene abajo. Dicen que vino a penar sus culpas, no se sabe cuales, a la manera antigua, rezando, trabajando, ayunando y aplicándose penitencias. Come sólo lo que encuentra en el campo, espárragos, tagarninas, hierbas, raíces y lo que cada dos semanas, cuando va, le dan en el pueblo, lentejas, garbanzos y un poco de pan y aceite; la carne ni la prueba. Lo trajeron las señoras de Los Palmitos, Ud. sabe que son muy religiosas y a la iglesia le han regalado una gran imagen, un Crucificado como el Gran Poder sevillano. La gente de la sierra está con la mosca detrás de la oreja, del convento siempre se oyeron historias de frailes malos con las que las madres metían miedo a los niños y sobre todo a las niñas. Así que nadie se fía de los hábitos de ese hombre. 



Aquel monasterio nació con mala suerte en pleno siglo de las luces cuando muchos ilustrados arremetían contra la Iglesia en una época sobresaturada de clérigos y frailes con un nivel bajo de formación y costumbres relajadas. Tras la guerra de la Independencia, con los liberales, volterianos anticlericales y enemigos declarados de la Iglesia a la que consideraban culpable del estado de atraso y pobreza de la nación y opuesta al progreso de los pueblos, se llegaron a producir asaltos e incendios de conventos y asesinatos de curas y frailes. Enfrentados al Papa de Roma aquellos gobiernos lograron que se cerrasen muchos conventos reagrupándose los frailes en los que continuaron abiertos. Los conventos abandonados, desamortizados, pasaron a manos del Estado o de particulares. En esa etapa de la historia de España desarrolló su actividad el convento del Cuervo, desierto de los carmelitas descalzos. Alejado y aislado de la civilización, además de retiro carmelita, el convento podía hacer de cárcel de la Inquisición, el tribunal eclesiástico que entendía de los delitos de tipo civil cometidos por miembros de la Iglesia. Posiblemente hubo algún clérigo o religioso condenado redimiendo sus penas en la clausura y así pudo extenderse por la zona el bulo de que entre aquellos frailes había mala gente escondida por la Iglesia.
-Parece mentira que de la fundación del monasterio, en medio de este paraje maravilloso y despoblado, solo haya quedado su leyenda negra, dijo entonces Eloy dirigiéndose a Joaquín.



La fundación de un convento, en otros tiempos, había contribuido al desarrollo cultural, económico y social del lugar. A su construcción acudían maestros de obra, canteros, albañiles, carpinteros, imagineros, pintores, que en muchos casos, después de varios años, se quedaban en la zona repoblándola. Alrededor de un nuevo cenobio nacieron muchos pueblos en la Edad Media, acudían los niños del lugar aprendiendo a leer y escribir, los romeros a sus penitencias, los enfermos en busca de aguas sanadoras y milagrosas, los vendedores y comerciantes a las ferias.… Y estos frailes contemplativos del Cuervo ¿qué de malo pudieron hacer en tan breve tiempo de existencia como tuvo aquel convento? De sus rezos, sus trabajos, sus ayunos y buenas obras ¿Qué recuerdos quedaron? Nada quedó, solo las ruinas de un sobrio edificio de piedra y la leyenda negra de la España anticlerical y volteriana de la época que veía en aqellos frailes unos hombres, enemigos del progreso y de la civilización. Metido en la conversación Chano continuó la plática:
- Como iba diciendo llegó el hermano Antonio un día a la aldea y las señoras le acompañaron a la iglesia. Pensaban que el fraile haría una buena labor y así lo manifestaron al sacerdote; además de rezos, ayunos y penitencias, trabajaría limpiando las ruinas. Ellas respondían del hombre, un santo varón, dijeron. La guardia civil no puso obstáculo, así que el Hermano Antonio podía iniciar su vida de eremita en aquellos parajes; “el hábito sólo en su retiro, hermano; cuando salga del desierto ropa de paisano” le había dicho el sacerdote. Al día siguiente, con un saco a la espalda, el Hermano Antonio marchó andando hasta la garganta del Cuervo y se instaló en las ruinas del convento. 



Tras cruzar unas amables palabras de saludo con el ermitaño, de nuevo en la fuente, Joaquín y sus amigos montaron en sus caballos y, sin más dilación y a buen paso, emprendieron el regreso por un sendero de herradura apartado del cauce del río, entre brezos, madroños y quejigos, algún laurel en las zonas umbrías y viejos alcornoques que mostraban sus rojizos troncos descorchados. Cabalgaba Joaquín meditando la terrible penitencia de D. Rodrigo, la muerte en un sepulcro comido por la bicha de siete cabezas. El paso del tiempo ha depurado el relato, sencillo, cándido y hasta gracioso, lo ha dejado en su esencia, pulido como la piedra en su rodar arrastrada por la corriente del río.

2 comentarios:

Jose Luis Montes de Oca Bancalero dijo...

Basada tal vez en el Romance del Rey Don Rodrigo, la narración que Martínez Guerra, con maestría cervantina, pone en boca de Joaquín, en una de aquellas excusiones de los años cincuenta al Convento de San J. del Cuervo, es hermosísima y debió embelesar a sus invitados,como hoy quedamos todos.
Pero lo más interesante para el lector, al menos para mí, que ha seguido estos episodios en cuestión, es el encuentro con el hermano Antonio a quien confunde con una fantasmal figura de las que acompañara, en sus últimos instantes, al rey en su camino al más allá.
Su procedencia,desconocida, su vida, los rumores de pueblo,.... puestas en boca de Chano, su criado, parecen relatadas por el propio Sancho, pero con la erudición de un perfecto conocedor de las historias que por aquella época se contaban sobre el Cuervo y sus aledaños.

Jose Luis Montes de Oca Bancalero dijo...

Basada tal vez en el Romance del Rey Don Rodrigo, la narración que Martínez Guerra, con maestría cervantina, pone en boca de Joaquín, en una de aquellas excusiones de los años cincuenta al Convento de San J. del Cuervo, es hermosísima y debió embelesar a sus invitados,como hoy quedamos todos.
Pero lo más interesante para el lector, al menos para mí, que ha seguido estos episodios en cuestión, es el encuentro con el hermano Antonio a quien confunde con una fantasmal figura de las que acompañara, en sus últimos instantes, al rey en su camino al más allá.
Su procedencia,desconocida, su vida, los rumores de pueblo,.... puestas en boca de Chano, su criado, parecen relatadas por el propio Sancho, pero con la erudición de un perfecto conocedor de las historias que por aquella época se contaban sobre el Cuervo y sus aledaños.