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La Janda 5. Por Francisco Martínez Guerra.

Durante una media hora los excursionistas continuaron la ruta silenciosos en tanto la niebla despejaba y el valle se iba estrechando. Para entonces, habían dejado atrás el cerro de La Arenosa y llegaban al paraje que llaman las Gargantillas. Aquí, dijo
Joaquín:

D. Rodrigo encontró 
al “pastor que su ganado traía”, 
preguntándole por lugar
donde hubiese gente de monasterio o clerecía.
Dime buen hombre
Lo que preguntar quería:
Si hay por aquí monasterio
O gente de clerecía
El pastor respondió luego
Que en balde lo buscaría,
Porque en todo aquel desierto
Solo una ermita había
Donde estaba un ermitaño
Que hacia muy santa vida.
El rey fue alegre de esto
Por allí acabar su vida…
………………………
Después que hubo descansado
Por la ermita le pedía;
El pastor le enseñó luego
Por donde no erraría



Era ya la sierra un bosque denso de alcornoques y el río, discurriendo por un cauce tallado en las areniscas terciarias del aljibe, un rosario de charcas ocultas entre adelfas que bajaban escalonadas salvando un fuerte desnivel en el curso de unos cuatro kilómetros desde su nacimiento. Agotando a su caballo Rodrigo había hecho aquella subida, la ruta de la Penitencia, ya por el cauce, ya por la orilla, según le indicara el pastor.
- Es la ruta que ahora hacemos nosotros, desde la cerrada de Las Gargantillas hasta la fuente de Santa María, dijo Joaquín a sus amigos. Subiendo, en la pequeña explanada y a media ladera del monte tenemos la ermita que el pastor indicara a D. Rodrigo.



Llegados nuestros excursionistas a la fuente, al pie de sierra Blanquilla en el paraje que llaman garganta del Cuervo, descabalgaron y se sentaron a descansar y beber agua mientras Chano dispuso, sobre un mantel en el suelo, las viandas y una botella de vino que sacó de las alforjas.
- Pues este sitio es, desde épocas anteriores al cristianismo, un lugar sagrado explicaba Joaquín a sus amigos; emana una espiritualidad que sin duda debió ser la razón determinante de su elección para un nuevo cenobio. Esta era la fuente de las aguas curativas. Al final de la cuesta de subida, en la explanada, se encuentra el lugar de oración y penitencia, un centro de adoración y culto desde tiempos remotos.



Bajo las ruinas del convento carmelita, reposan las piedras de la ermita a la que acudió el rey Rodrigo buscando su muerte. Bajo la ermita, el monumento religioso de los hombres del neolítico, concluyó Joaquín, mientras los demás escuchaban atentos asombrados por tales afirmaciones. Después de un leve refrigerio subieron los excursionistas a la explanada del convento entonces en ruinas; un modesto monasterio de piedra de planta cuadrada, no muy grande, con una iglesia en cruz latina, cúpula en el crucero y unos patios en torno a los cuales se disponían las dependencias en dos alturas. Aun destacaban la escalera y el escudo carmelita de su fachada. En las proximidades dos ermitas, una de ellas excavada en la roca.



Habitado a partir de los años setenta del siglo XVIII, en esa década y las siguientes, hasta la guerra de la independencia, conocería aquel cenobio su vida más esplendorosa antes de su desalojo durante el gobierno de Mendizábal. Abandonado hacía más de dos siglos, ahora se encontraba en estado ruinoso, sin vigas, tejas marcos de puertas y ventanas, que seguramente habían servido para el arreglo o construcción de los caseríos de los alrededores. Semiderruida la construcción aún quedaban los muros del templo con sus contrafuertes y algunos arcos fajones de la nave; el crucero mostraba el aro horizontal adintelado sostén de la derruida cúpula. El lugar hermoso, el silencio absoluto, el bosque misterioso, un lugar para las almas de eremitas de las reglas antiguas como las de aquellos frailes carmelitas descalzos.

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