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La Janda 4. Por Francisco Martínez Guerra

Entre 1871 y 1873 llevó a cabo sus excavaciones dejando al descubierto las ruinas de Troya encontrando además, dentro de la ciudadela, una vasija de cobre con el famoso Tesoro de Príamo. Schliemann lo dio a conocer con unas fotografías que se hicieron famosas en todo el mundo y en las que aparecía su esposa Sophia, una joven y hermosa griega entusiasta como el de las excavaciones arqueológicas, luciendo las joyas que hacia más de dos mil setecientos años había llevado la bella Helena. ¿Le daría a Joaquín por lo mismo? ¿Se pondría a excavar en la laguna buscando el sepulcro y el tesoro de Rodrigo? Joaquín tenía ahora algo más de cuarenta años; tiempo tenia para ello pensaba Eloy sonriendo con escepticismo.

Se había hecho tarde, el sol en su puesta dejaba sus últimos destellos sobre un cielo teñido de púrpura. Abajo, sobre el espejo de las aguas, bandadas de aves raseaban su vuelo y empezaban a formarse las primeras brumas. Pronto oscurecería y en el cortijo no había más luz que la de las velas y los focos de carburo. Mañana tocaba aprovechar el día, esta noche, después de tan agradable mañana de cacería y acalorada tertulia, tocaba un buen descanso.
- Si la niebla levanta pronto abajo iremos al pato, dijo entonces Joaquín, podemos disfrutar de otra gran jornada de caza; de amanecer un día cerrado habrá que pensar en otros planes, si os parece un paseo siguiendo “la ruta de la penitencia” que hizo
D. Rodrigo.
Los contertulios dieron por buena la propuesta y apurando sus copas, se levantaron de las sillas y entraron seguidamente en la casa. Era hora de cenar e irse pronto a dormir.



III.-  La ruta de la Penitencia
El día amaneció oscuro, el llano invisible sepultado bajo una densa niebla. En los alrededores del cortijo retazos de humedad, que pretendían juntar sus hebras sin lograrlo, daban al aire una visibilidad algo difusa. Joaquín hacía más de una hora que andaba por la casa dando órdenes, cambiando el plan de la cacería por la excursión a la sierra y disponiendo de algunas viandas para hacer un almuerzo a mitad de camino.



Ya reunidos en el comedor, durante el desayuno, desplegó sobre la mesa un plano cincuenta mil del ejército sobre el que explicó a sus amigos la excursión que duraría unas seis horas. En él, marcada a lápiz rojo, figuraba la Ruta de la Penitencia que hizo D. Rodrigo tras la derrota, y que hoy, aunque sólo en parte haría el una vez más, y muy gustosamente, para enseñarla a sus amigos.
-Almorzaremos en la fuente de Santa María, en el nacimiento del Celemín y visitaremos las ruinas del monasterio ubicado monte arriba, un desierto de carmelitas descalzos construido en la segunda década del siglo XVIII y abandonado definitivamente en el año 1.836. El regreso, aclaró Joaquín, será más rápido de manera que sobre las cuatro de la tarde podemos estar de nuevo en el cortijo.



Acabado el desayuno, montaron las cabalgaduras que esperaban en el patio y siguiendo a Chano, el hombre de confianza de Joaquín, emprendieron la excursión. Desde el cortijo bajaron a la llanura por un camino alambrado de espinos, entre las vacadas, hasta el lugar en el que D. Rodrigo, decía Joaquín, emprendió la huida a caballo después de perdida la batalla; era la confluencia del Celemín con la laguna. Allí nuestros excursionistas desviaron su ruta iniciando la subida a la sierra siguiendo el curso ascendente del río por una cañada entre dos cerros. Aunque la visibilidad era escasa a su paso por aquel punto Joaquín indicó a sus amigos el cerro de la derecha, el Campanillón, desde cuya cima Rodrigo había llorado a su ejército derrotado. Así lo dice el romance, aclaró:
Subiose encima de un cerro
El más alto que allí había
Desde allí mira a su gente
Como iba de vencida
De allí mira a sus banderas
Y estandartes que tenía…

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