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La Janda 3. Por Francisco Martínez Guerra

Ajeno a los demás Joaquín proseguía su relato reafirmando sus convicciones.
- No he dejado de pensar en las guerras antiguas y las dificultades que entraña la búsqueda de pruebas materiales con las que casi siempre acaba el saqueo tras la batalla; mientras los vencidos huyen despavoridos, los vencedores, despojan a los muertos de todo lo aprovechable, armas, ropa, calzado… sin que, sobre el terreno, quede resto alguno; solo cadáveres semidesnudos, a veces decapitados, cuyas cabezas exhiben en las picas de sus lanzas las tropas vencedoras imponiendo el terror en otros lugares. Los buitres y alimañas hacen el resto.
Siendo joven busqué y rebusqué por estos campos sin encontrar nada; aún así tengo la convicción de que algún día hallaré, bajo los lodos y limos que las riadas han aportado a la laguna y a la llanura desde entonces, pruebas irrefutables de la batalla por lo que voy a reiniciar las labores que llevé a cabo de muchacho y esta vez de forma profesional y científica. Luis, hasta el momento callado, contagiado por el entusiasmo de Joaquín, seguía con interés el relato y las indicaciones de los lugares de la batalla. Era noviembre, estaba la laguna en su esplendor, ni chica como en los meses de julio y agosto, ni inmensa como en los días posteriores a las grandes lluvias en los que las aguas anegaban, si no toda, gran parte de la extensa vega.



Ahora trataba Luis de imaginar los llanos secos, la vegetación lacustre de estiaje de tonos amarillentos, amorronados, ocres y castaños de las juncias, carrizos, aneas, y castañuela de un día de aquel mes de Julio del año 711 en el que miles de hombres de a pie, visigodos y moros en formación cerrada, avanzando tras sus estandartes al son de los tambores de guerra chocaban frontalmente matándose a aspadazos y lanzadas en medio de las charcas, entre los carrizos y las castañuelas. Así durante siete días hasta que los poderosos nobles y caballeros godos, al galope de sus caballos, huyeron tras la derrota de la “octava batalla”. Así lo decía el romance “El Reino Perdido” que recordó Luis animado por una copa de buen coñac recitándolo en voz alta:
Las huestes de D. Rodrigo
Desmayaban y huían
Cuando en la octava batalla
Sus enemigos vencían.
Rodrigo deja su tienda
Y del real se salía,
Solo va el desventurado
Sin ninguna compañía
El caballo de cansado
Ya moverse no podía…



-Pues la verdad es que no recuerdo más de este romance, concluyó. La inesperada salida de Luis, los oportunos versos y la buena declamación animaron a Eloy sin ganas de entrar en conversación hasta entonces y menos discrepar de lo que contaba Joaquín con vehemencia totalmente convencido de que los hechos de la batalla habían acaecidos en las tierras de su cortijo. El coñac, pensaba Eloy, ha transformado a Luis en un entusiasta de una narración sustentada en débiles argumentos. Pero tampoco él tenía razones para demostrar lo contrarío: Así que ahora, dudando de sus propios conocimientos, se preguntó el por qué no pudieron ser cierto los hechos narrados por su anfitrión. Nadie creyó a Heinrich Schliemann, el visionario alemán hijo de un pastor protestante, cuando descubrió la antigua ciudad de Troya, pensó Eloy recordando aquella aventura.



Era Schliemann un hombre de negocios, de clara inteligencia y amante de los viajes, se enriqueció siendo muy joven y llegó a aprender hasta diez idiomas, entre ellos el latín y el griego con el solo objeto de poder leer a los clásicos, griegos y romanos, en sus fuentes. Con casi cincuenta años, ya rico, abandonó los negocios y marchó a Grecia para cumplir el sueño que anhelaba desde que era pequeño: localizar la ciudad de Troya que narra el poeta Homero en La Iliada. La recitaba de memoria en el griego antiguo, y se había empeñado en la idea, contra la opinión de los sabios y eruditos de la época, de que la ciudad perdida de Troya estaba situada próxima a la costa, bajo la antigua ciudad romana de Illión, no tierra adentro. Las tumbas de Agamenón, sostenía Schliemann, estarían en su ciudadela, no en Micenas como también mantenían los sabios de la época.

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