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La Janda 2. Por Francisco Martínez Guerra

- Pues yo disiento, ya conoces mi postura. No es el amor a mis tierras lo que me hace creer que la batalla tuvo lugar en estos campos. Mis convicciones las debo al P. Flores mi profesor de historia del colegio, hoy fallecido, un gran amigo y un gran experto en el tema de la pérdida del reino, dijo Joaquín recordándolo.
- Pero la idea se ha de fundamentar en razones de mayor peso, replicó el catedrático.

- Para mí simplemente en lo que dicen los romances contestó Joaquín con firmeza mientras extendía el brazo señalando los lugares donde, según el, habían ocurrido los principales hechos. Aquí mismo, entre los alcornoques de estos cerros, desde la margen derecha del Celemín hasta el cortijo de al lado, acamparon los moros el verano del año 711 y en esta explanada en la que ahora charlamos nosotros instaló su tienda Tarik. Estoy seguro de eso; no hay lugar más idóneo desde el que dominar el llano y la laguna.
Los amigos empezaron a mostrar cierto interés así que Joaquín prosiguió su narración con mayor entusiasmo.
- La nobleza visigoda, descontenta del trato recibido del rey Witiza, a su muerte, no aceptó la propuesta de su poderosa familia que pretendía coronar al hijo del difunto, un niño pequeño, y eligió en Toledo a D. Rodrigo, el gobernador de la Bética, como nuevo monarca .



Pasado un tiempo los familiares de Witiza pretendieron destronar a D. Rodrigo con la ayuda de los musulmanes del norte de África para lo que recurrieron a D. Julián, gobernador de Ceuta y padre de Florinda la Cava, la joven prostituida por Rodrigo en Toledo. Dicen las crónicas que, para vengar la afrenta, D. Julián se prestó a la conspiración negociando con Muza la entrada de las tropas árabes en la península. Estas desembarcaron el año 710 por la punta de Tarifa, se hicieron fuertes en Gibraltar e incluso llevaron a cabo, sin éxito, una primera correría hasta Córdoba. El verano del año 711, desde Pamplona donde luchaba contra los vascones rebeldes, D. Rodrigo acudió a las tierras del Sur a fin de expulsar a los musulmanes de la península. A la solicitud del rey los hermanos de Witiza, D. Oppas, el poderoso obispo de Hispalis y Sisberto, que en el acto de la coronación de Toledo habían jurado fidelidad a Rodrigo, acudieron con sus tropas a la guerra.
- Allá, al otro lado de la laguna, decía Joaquín indicando el lugar, en esas suaves pendientes que estáis viendo y que suben hasta la mesa, dispuso las tropas D.Rodrigo con sus hijos. A su flanco derecho acamparon las tropas de D. Oppas, a su flanco izquierdo las de Sisberto. Sería el 22 de Julio, en pleno estiaje, cuando, D.Rodrigo bajó al llano con el grueso de su ejército atacando frontalmente a losmusulmanes. D. Oppas, por la derecha, envolvería a las huestes moras para que después Sisberto, a mitad de la batalla, cayese con su caballería por el otro flanco aniquilando totalmente al enemigo; era la estrategia de batalla dispuesta la tarde anterior en la tienda de D. Rodrigo. Pero las alas del ejército que mandaban los hermanos Witiza, puestas de acuerdo con Tarik, desertaron y abandonando el combate dejaron a D. Rodrigo a merced de los invasores. La victoria, que en principio parecía cierta, se trocó en la gran derrota de los visigodos. Sobre la llanura quedaron miles de hombres muertos a espadazos y lanzadas.



Después de la batalla los musulmanes nada quisieron saber del pacto con los Witiza que se conformaron con la devolución de las dos mil alquerías, propiedad de la familia, que el invasor les había arrebatado y Tarik, el lugarteniente de Muza, continuaría con su ejército victorioso la invasión de la península por la ruta Medina, Arcos, Carmona, Córdoba y Toledo, la capital del reino. Así fue como los moros, que habían venido en ayuda de la familia Witiza, entraron en España para quedarse durante ocho siglos.



Con mi amigo el P. Flores, continuó Joaquín imparable, analizamos muchas veces los lugares que se pueden intuir de la lectura de crónicas y romances, acampadas, campo de batalla y el camino de la huida de Rodrigo. Al P. Flores no le cabía la menor duda, tampoco a mí, que se corresponden con las tierras que hoy hemos pateado durante la cacería. Reconozco que, a día de hoy, no he encontrado ninguna prueba material, un pedazo de armadura, una lanza, alguna moneda de la época, con que poder acreditar lo que para mí es más que cierto. Pero han pasado muchos años desde entonces.

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