headerphoto

La Janda 1. Por Francisco Martínez Guerra


Relato de ficción ambientado en el territorio por los años cincuenta del pasado siglo, no del todo riguroso con hechos, lugares y paisajes.
Extracto
Joaquín Loperena, ganadero de reses bravas, hombre ilustrado, obsesionado con D.Rodrigo y la pérdida de España, invita a unos amigos a unas jornadas de caza en su cortijo. Una tarde trata de convencerlos de que la batalla final del reino tuvo lugar en La Janda y gran parte de los hechos en las tierras en las que han estado cazando por la mañana. El siguiente día, Joaquín y sus invitados, hacen una excursión hasta el corazón de la sierra siguiendo el camino que, tras la derrota, hizo Rodrigo hasta llegar al lugar en el que pide confesión y sepultura a un ermitaño.




I.-  Las Aguadillas
Era Las Aguadillas una hermosa finca que se extendía desde los marjales de la laguna de La Janda hasta el corazón de la sierra. Un extenso llano de pastizales, inundados varias veces al año por las riadas y en los que pastaba una ganadería brava que, por aquellos años, gozaba de prestigio. Continuaban el llano unas colinas suaves pobladas de alcornoques entre los que se asomaba, en lo alto de una de ellas, un hermoso cortijo blanco. Más allá, tras los cerros, la finca se adentraba en plena serranía en un espeso bosque de viejos y enormes alcornoques de tonos verdinegros.



Desde la explanada de su cortijo, bajo la sombra de un gran alcornoque, como desde el torreón de una fortaleza, oteaba Joaquín Loperena la vega y la laguna de La Janda. Un precioso escenario que cambiaba según las estaciones y las lluvias: los tonos azulados de una laguna recoleta de aguas dormidas entre manchones de aneas, juncias, castañuelas, carrizos y verdes pastizales, un mar sobre la llanura inundada por las riadas en épocas de grandes temporales, o un paisaje seco de tonalidades ocres y arcillas endurecidas y cuartadas, charcones y laguneta mermada por la sequía. Siempre bandadas de aves migratorias que surcaban el cielo o descansaban en los marjales tras sus largos vuelos. Levantando un poco la vista, más allá de la laguna y el río, como telón de fondo,
recorría Joaquín con sus prismáticos, de oeste a este, las laderas de suaves pendientes moteadas de acebuches que subían desde los llanos de la margen derecha del Barbate hasta la Mesa, las pequeñas huertas, las casitas y algunos molinos. Casi en el norte geográfico de su cortijo, la aldea de Benalup, como un cordero recostado, mostraba el blanco hiriente de su caserío entre verdes chumberas, y huertecillos. A su espalda, quedaba la sierra, los búhos y mochuelos en los alcornocales, los nidos de buitres y las águilas en los lejanos peñascales.



II.- La Cacería
Una tarde de noviembre después de una ajetreada mañana de caza en la laguna y una buena comida, Joaquín y sus invitados continuaban en animada charla tomando café y copa sentados en la explanada que había delante del cortijo. Eran Luís Gancedo, Subsecretario del Ministerio de Educación, Eloy Domínguez, catedrático de Historia y el Dr. Fidalgo, todos ellos buenos cazadores que invitados por Joaquín a unas jornadas de cacería la noche anterior habían dormido en el cortijo. Al siguiente día, auque amaneció cubierto, la niebla no tardó en levantar y los cazadores bajaron con ansias a las charcas y marjales a fin de de aprovechar la mañana. Eran fechas en las que muchas aves sobrevolaban la laguna y la jornada, corta pero esplendida, acabó con gran satisfacción de todos y muchas piezas abatidas.



Ahora, en aquel mirador natural ante el portalón del cortijo, elevado como unos cuarenta metros por encima del nivel del llano, proseguían plácidamente los cazadores contemplando el paisaje mientras el sol en su ocaso centelleaba sobre unas aguas y unas tierras en las que según Joaquín había tenido lugar la batalla que acabó con el reino de los visigodos. Era el tema recurrente del anfitrión que incansable, continuaba narrando, en una especie de monólogo, a unos invitados que no le prestaban mucha atención. Finalmente Eloy, el catedrático, se vió obligado a decir algunas palabras abriendo así un debate que a toda costa había tratado de evitar por no disgustar a su amigo del que había oído muchas veces la misma explicación y con la que no podía estar muy de acuerdo.
- Pues no está nada claro Joaquín que en estas aguas y llanos, en la que hemos cazado esta mañana, perdiesen los visigodos el reino de España, Es más, hoy día, no se mantiene siquiera la tesis de que la batalla tuviera lugar en el Guadalete, cerca de Arcos, como se ha venido diciendo durante siglos y ahora vuelve a mantener Sánchez-Albornoz.

0 comentarios: