"Consumir menos, consumir mejor" y la sociedad tradicional benalupense. El tiempo


Otro de los aspectos sobre los que reflexiona Tony Lodeiro en su libro "Consumir menos, consumir mejor" es el tiempo, la manera de consumir o gastar el tiempo. Dice Ledoiro "El progreso ha traído consigo más programación y no queda tiempo que perder, no hay margen para la improvisación, para pasear por pasear, o para encontrarte con alguien y perder la tarde. La gente que vivimos en el corazón del progreso, las que no somos ni demasiado jóvenes ni muy mayores, ni somos inmigrantes (de países “pobres”) o marginales no hacemos vida en la calle. Sólo “perdemos el tiempo” si algo nos obliga  a hacerlo (tener niñas pequeñas, perro o pareja a las que pasear, por ejemplo).




A veces se puede ver paseando a gente sola, pero suele ir “produciendo” (corriendo con un cronómetro y un Mp3, o hablando por el móvil).Casi nadie sale a la calle como antaño con un balón y se pone a jugar sin prisa esperando a que se junte gente. La gente decente alquila una pista en un polideportivo (curioso el fenómeno del padel en B/CV) con luces y duchas, de 19:00 a 20:00, pagando, vestida y calzada a la última y con balón nuevecito, se desplaza en coche o metro –hay que ahorrar tiempo–, y luego se va a toda prisa. Incluso no tenemos hijas porque tenemos poco tiempo,pues en las parejas a menudo trabajan las dos fuera,muchas veces a jornada completa. Y claro, como no podemos ganar tiempo a costa de ingresar menos dinero nos cuidan a nuestras pequeñas la tele, la consola, el chiquipark, la guardería, la canguro y las abuelas. ¿Y quién cuida a las abuelas? Ya sabes, las residencias...¿Y a la hora de comer?, comida rápida, precocinados, congelados...¿Tenemos calidad de vida –por muchos bienes materiales que tengamos– cuando no podemos dedicar tiempo a cuidar lo que comemos, nuestra casa, a nuestras pequeñas y mayores...?"




El tiempo se utilizaba y se concebía de otra manera distinta a la actual en la sociedad tradicional benalupense. Había menos cosas que hacer y que tener y por tanto el tiempo transcurría de otra forma. El lugar predominante de pasar el tiempo no era en la casa frente a un ordenador, una play o un televisor, sino  la calle. En una sociedad rural como la de Casas Viejas, donde la vivienda era de muy mala calidad, la mayoría del tiempo se pasaba fuera de casa, ya fuera trabajando, jugando, cotilleando o simplemente dejando pasar el tiempo. En unas condiciones adversas la calle se convierte en el vehículo de solidaridad, colaboración y, sobre todo, socialización. También en el lugar donde aparece el sentido de pertenencia a un grupo. Pero hay que diferenciar la forma de pasar el tiempo de los niños y de los adultos. Y dentro de estos entre las mujeres y los hombres.



Antes de que la televisión y la informática se hicieran dueños de nuestras vidas los niños del medio rural aprendían los juegos de su familia o por imitación a otros chicos mayores. Se vivía en la calle y ahí se jugaba, siendo válido para el juego cualquier hora. Allí se aprendía, sin darse cuenta, a relacionarse y moverse por el mundo, descubriendo sus reglas y peligros. Aunque la mujer tenía encomendada la casa como ámbito exclusivo, para realizar tareas materiales o espirituales, debía trasvasar su umbral, produciéndose entonces su socialización. Me refiero a la iglesia, las fuentes o las tiendas. La tienda se convertía en una especie de foro público, donde la propietaria ejercía de maestra de ceremonias. La mayor parte del tiempo callada y trabajando, ejercía el papel de moderadora como si se tratase, que a veces lo eran, de arduos debates. Si era necesario enterarse de una noticia nueva o contrastar lo que se había dicho momentos antes, ella, con un comentario aparentemente inocente, iniciaba la conversación cuando lo creía oportuno. Las mujeres mientras que esperaban turnos intercambiaban opiniones, noticias, rumores y chismes. El papel de transmisión de la ideología dominante, de la moral impuesta, además de en la casa, se transmitía en estas conversaciones de tiendas y fuentes, pero de una forma más flexible y menos familiar, lejos del pudor que imponían los hijos. 



Para los hombres, el bar  tiene una gran importancia en la vida cotidiana, convirtiéndose en el centro vital de los mismos. Por el bar o la taberna pasaban la vida social, en ocasiones la económica y tal vez la cultural. Hasta el último cuarto del siglo, el bar era un mundo de hombres. El bar y el vino se convierten en piezas esenciales de la vida del hombre. A él, sobre todo al jornalero, en la sociedad tradicional no van a ir a buscarlo a trabajar a su casa, ni van a utilizar los modernos medios de comunicación que hoy existen (teléfono fijo, móvil, correo electrónico, whatsapp…), ni le va a llegar la información que necesita o la diversión que busca. El hombre tiene que ir a buscar trabajo al lugar donde pueda encontrarlo o le puedan avisar. En ese mismo lugar se divierte y en ese mismo lugar se socializa, se relaciona con sus iguales, se entera de las últimas noticias. Este mundo de los bares empezó a cambiar y a perder su preponderancia a finales de los años setenta cuando la televisión empezó a llenar el tiempo libre de las personas y el resto de cambios sociales que estaban acaeciendo acabaron con este modelo de socialización masculina. La crisis económica actual y la aparición de nuevas formas de socialización como las redes sociales digitales están dejando los bares y las calles vacías. Parece que está crisis va a significar otro cambio, otra vuelta de tuerca en el papel de la calle, de las plazas, de los bares, de las tiendas... en la socialización de las personas, al mismo tiempo que continua la urbanización, la imposición del modo de vida urbana en el ámbito rural. Insisto, cualquier tiempo pasado fue anterior.
En las tres fotos de Mintz se ven un grupo de niños-hombres en la puerta de una venta, de hombres en la marquesina de Ricardo y de mujeres en la tienda de la "Berenjena".

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