Entradas a destiempo. Por José Luis Montes de Oca Bancalero.

Esto se llama, en términos bloggeros, fusilar un artículo
Comentaba Salus en varias  entradas que hizo en el pasado año 2013, sobre las jornadas en conmemoración a Jerome  Mintz, con ocasión de los actos que se habían organizado en Benalup, Alcalá y Sevilla.
Las he leído,   creo que todas; pero me han impresionado, sobre todo, por su valor histórico y por la dureza que debió significar para una señora americana que, acompañando a su marido, llega a una pedanía de Medina Sidonia, en lo que para ellos debería significar el fin del mundo, las frases siguiente de Isabel Mintz:
…“La primera vez que caminamos por el pueblo parecía un lugar abandonado y polvoriento. Todos nos miraban, y sentíamos la desconfianza de los lugareños. No era un sitio acogedor para quedarse, pero Jerry no quería irse…”.
CalleTarifa 1966
Hemos de ponernos en la piel de aquella joven esposa que, ya con pequeños vástagos, la desplazan a un pueblecito de la serranía gaditana, en donde la pobreza, la falta de toda clase de  servicios y  de transportes públicos, sólo el correo de la mañana hasta Cádiz; mayoritariamente constituido por chozas y caserones y grandes extensiones de terrenos dedicadas a las ganaderías,  para aceptar quedarse porque su marido estaba entusiasmado en trabajar sobre el tema de los sucesos, del que ya habría obtenido información.
Interesantes diálogos y discusiones deberían haberse producido en casa de los Mintz después de las jornadas  frías de invierno o calurosas de verano cuando el antropólogo se dedicaba a plasmar los trabajos realizados en la jornada.
“La primera vez... abandonado y polvoriento” comenta. Nos imaginamos a los americanos encaramados en dos bicicletas, cámaras al hombro, shorts  y sombrero de paja dando vueltas por el Tajo, la calle Tarifa, El Alamillo o el Tesorillo, por ejemplo. En aquellas fechas, salvo en el centro las calles estaban aún sin empedrar o asfaltar, sin alumbrado público y sin aceras por supuesto.
“Todos nos miraban y sentíamos la desconfianza de los lugareños”.  Era absolutamente normal que los casaviejeños, como los de cualquier otro pueblo de la piel de toro, sintieran curiosidad por la  nueva pareja que se había instalado en la aldea; que preguntaban, que intentaban sacar fotos, que pretendían conocer algunas historias de lo acaecido hacía treinta años, pero que desconocían a que era debida aquella curiosidad y no estaban dispuestos a abrirse de forma inmediata porque aún existía miedo, existía ignorancia y, además, todo llegaba a oídos del cuartel. Aún existía recelo sobre todo aquello que olía a sucesos. Hasta que Mintz logra granjearse la amistad de algunos casaviejeños, con los que conversaba, muchas veces en lugares inhóspitos y alejado del núcleo, aquellas fechas debieron ser muy duras para la familia.
Sin embargo, dado el carácter hospitalario y acogedor del pueblo, aquella desconfianza se fue transformando hasta llegar a unos lazos tan fuertes que les permitió terminar el trabajo que había venido a realizar y, al mismo tiempo, entablar lazos de amistad con todos los benalupenses, llegando a convertirse en uno más de ellos.
Benalup-Casas Viejas jamás podrá pagar a Mintz o a su familia lo que hizo por el pueblo. Publicó su trabajo en EE.UU porque nuestras autoridades no lo permitirían en España; anuló el miedo histórico y cerval que los vecinos de la época llevaban en cuerpo desde hacía décadas y permitió que las descendencias futuras tuvieran la oportunidad de conocer lo que verdaderamente había sucedido en Casas Viejas. Asimismo abrió una corriente de estudio, dando lugar a que muchos doctores en la materia se interesaran por Benalup, abriéndonos una ventana en el mundo entero.

En último término y para finalizar este comentario: Gracias Jerry  e Isabel

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