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Las condiciones de vida y trabajo en época de Martínez Becerra

El meollo del discurso de Martínez Becerra se centró en las condiciones en las que se desarrollaron sus 39 años de trabajo en aquel Benalup de Sidonia franquista. Desde el punto de vista histórico es la parte más importante. Las referencias históricas que hace en un personaje de un amplio bagaje cultural como este y que las vivió en primerísima persona tienen una significación especial. La parte más importante del discurso se centra en la postguerra y las duras condiciones de vida y laborales. Menciona la apoliticidad, las cartillas de racionamiento, el estraperlo, la miseria y sobre todo como las personas más humildes sufrieron las peores condiciones de vida, higiénicas y de salud posibles.
Habla sobre los años del hambre y las venturas para combatirlos. También como es obvio de las enfermedades típicas de la época como el paludismo y el resto de las infecciosas. Luego se detiene a detallar las condiciones laborales en un pueblo donde sólo había un médico y tenía que abarcar además de a esta población a otras tan lejanas como la sierra, la Yeguada o los Badalejos. Decía así: 
"Llegué hace 42 años a estas tierras, unos meses después de terminada la guerra civil. El país estaba destrozado, empobrecido, y por ello a los de mi generación nos tocó trabajar en una época muy difícil de la vida española. Entonces no se hablaba de política ni de autonomías  sino de la forma de conseguir alimentos y otros muchos productos que escaseaban o faltaban totalmente. Las cartillas de racionamiento y el “estraperlo” estaban a la orden del día. El empobrecimiento general hacía más difícil e ingrato el ejercicio de la medicina al aumentar la mortalidad. Es obvio que las gentes más modestas sufrieron más las carencias alimenticias, apareciendo en ellas el edema del hambre, la hinchazón. Muchos habéis oído contar a vuestro padres o abuelos de alguien que intentó hacerse poleadas de afrecho o del que se comió el salvado que rellenaba esas bolsitas que había en muchas casas donde guardaban, pinchándolas, agujas y alfileres. Estas enfermedades por carencias en este pueblo quizás fueron menos que en otros, ya que la cacería, caracoles, espárragos, tagarninas, etc la aliviaban algo; si recuerdo que algunos que padecían la hinchazón del hambre al llegar el verano y disponer de la cosecha abundante de los higos chumbos se mejoraban notablemente; esto tenía la contrapartida que como se comían varias docenas diariamente venían después al médico porque se “apretaban”, y el practicante y el médico les teníamos que resolver el problema, en verdad poco agradable de resolver.
El paludismo que aquí era uno de los focos endémicos de España por las condiciones climatológicas, su cercanía a la Laguna de la Janda y las charcas en estiaje del río Barbate, ahora, por la guerra, aumentó, afectando y de forma grave a la mayor parte de la población. La escasez de la medicación, el paso de fuerzas militares africanas que lo traían de sus tierras, hizo que la epidemia palúdica fuera grave y persistente. Hizo su aparición el temido tifus exantemático, el tifus de la guerra y del hambre, lo bautizasteis con el nombre del “piojo verde”; lo del piojo porque aprendisteis que el piojo lo transmitía, el piojo de los vestidos, y lo de verde no sé; ahora llamáis “marcha verde” a la cuadrilla de los trabajadores del empleo comunitario. Se conoce que os atrae ese color. El brote de tifus no fue grande aunque produjo algunas bajas. En Barbate murió un sacerdote que había ejercido aquí y en Alcalá de los Gazules un médico.
Las enfermedades de la piel, parasitarias, piojos y sarna sobre todo, exigían cuidados asiduos e intensos. No había los detergentes de hoy ni habían inventado el DDT. El jabón muy valioso en aquellos tiempos, faltaba o escaseaba mucho. Y éste era el panorama médico sanitario del pueblo, la entonces miserable aldea de Casas Viejas y del pueblo, además de otros muchos que sería largo de enumerar. Por ejemplo la evacuación de un enfermo urgente era un verdadero problema Había un solo teléfono y cuando se lograba hablar con la Jefatura de Sanidad a lo mejor te decían que la ambulancia había ido a hacer un servicio a Olvera o Algodonales y que vendría cuando regresara de aquel pueblo.
Al paso de los años la cosa fue mejorando poco a poco aunque la situación del médico seguía siendo penosa. El estar solo, sin vehículo y tener que hacer las visitas andando de un extremo a otro del pueblo y cuando volvías a casa a lo mejor te esperaba alguien con un caballo para ir a la Yeguada o a otro lugar para visitar un enfermo; tampoco durante la noche estabas tranquilo. Entonces menudeaban los avisos nocturnos, hubo noche en que me levanté tres veces, y así en servicio permanente las 24 horas del día, un año y otro han transcurrido 39 de servicio activo en los que tuve que prescindir de pasatiempos, como la caza o la pesca, porque éstos me hacían caer en falta y originar protestas y disgustos que, por mi forma de ser, me iban a afectar más a mí que a los interesados".

Hemos tenido  hasta hace poco el mejor sistema sanitario del mundo, ahora los recortes de y la crisis están cercenando una sanidad que ha llegado a altas cotas, pero que partía de unos condiciones tan míseras como las que nos relata Martínez Becerra. De donde veníamos es trascendente para entender donde llegamos y la necesidad de defenderlo.
En la fotografía José Manuel Martínez Becerra en la calle San Juan con el padre Muriel en 1950-51,

1 comentarios:

ANTONIO MORENO dijo...

Recuerdo al Doctor Martínez Becerra; están grabadas en mi mente algunas escenas de mi niñez, cuando me atendió como médico, y también algunos comentarios oídos sobre él a algunas personas de mi entorno.
Lo primero que me viene a la mente es un reconocimiento médico en mi infancia, no sé cuál era la causa de la asistencia al médico, pero recuerdo su consulta, la consulta médica de aquella época, con la amplia mesa sobre la que descansaba el estetoscopio y el típico armario blanco de los setenta con puerta de cristal relleno de productos e instrumental médico. Recuerdo su intento de mirarme la garganta con el habitual "palito" de madera y como yo le apartaba la mano y me decía: "Niño, estate quiero, que te vea la garganta".
También de mi infancia es la expresión que recuerdo como si fuera ayer... No se tampoco el motivo por el cual fui a consulta en esa ocasión, pero mi madre le pidió, como añadido, algo para las "ganas de comer", porque yo estaba muy canijo y temía por mi desarrollo. El Doctor Becerra, mirándome por encima de las gafas, le dijo a mí madre "Potaje, potaje; dale potaje", frase que encerraba un sencillo diagnóstico: que mi salud era perfecta y no tenía ningún problema.
Años más tarde estaba visitando a la madre de un amigo a domicilio, gravemente enferma, y mi amigo le comentó: "Don José, yo tengo una hermana en Valencia; ¿cree usted que debería llamarla para que venga? Mi amigo temía un desenlace fatal, pero el Doctor le contestó: "Si, sí; llámala para que venga, pero que se traiga el traje de lunares para bailar en la feria, que no pasa nada" Y, efectivamente, así fue.
Otros comentarios hablan de algunos despistes, que yo no tengo contrastados, como cuando hizo una visita a domicilio en su coche y luego se marchó dejando allí el vehículo, o cuando en una receta, en vez de medicamentos puso alpacas de paja o algo por el estilo (que ya me gustaría haber visto la cara de los de la farmacia).
Ejercer la profesión de médico, durante casi cuatro décadas, en este pueblo y con los medios que tenía en la época en que le tocó hacerlo, tiene mérito, así que yo creo que el homenaje fue merecido y el agradecimiento a su trayectoria inevitable.
Saludos