El tesoro de una lata. Por Francisco José Nieto Reyes

Me gusta pinchar mucho a mi madre con los temas de su infancia, así le sonsaco cosillas de su niñez. “Mamá, ¿tú pasabas el aspirador en la choza de tu abuela Caridad?”. Ella me mira : “Sí, el aspirador, mi abuela echaba un poco de agua para que la tierra se endureciera y ese era mi suelo”.
Mi madre vivió su infancia en la humildísima choza que tenía su abuela Caridad en Benalup-Casasviejas (Cádiz). Con las ramas de castañuela que crecía en la cercana laguna de La Janda se daba forma a las paredes y techo de la vivienda. Un hueco hacía de puerta y por la noche una vueltecilla de alambre servía de cerradura para guardar la intimidad. Me comenta mi madre que su abuela remendaba alpargatas para la gente del pueblo y para ello tenía en una lata un poco de hilo grueso, una aguja y algún que otro botoncillo. Una tarde de invierno llegaron al pueblo unos gitanos itinerantes. La noche estaba cayendo y una de las gitanas se acercó a la choza de su abuela a pedirle permiso para dormir allí esa noche. Mi madre, que era una niña, se asustó y le dijo a su abuela que no la dejara dormir, pero su abuela Caridad le dijo que en la calle no se iba a quedar y le dio cobijo.
Cuando la abuela y la nieta se despertaron por la mañana encontraron la tablilla que hacía de puerta corrida y la gitana ya no estaba. “¿lo ves?, te lo dije que no la dejara dormir, ¡se ha llevado la lata!” y su abuela le contestó: “No pasa nada, nosotros también somos pobres y un pobre no tiene por qué dormir en la calle”.
La primera fotografía es de Hernández Pacheco en 1913, la segunda es el caserón de Sebastiana.

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