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Enfermos de poder

Calle Nueva. Enero de 1933
Un grupo de amigos llevamos 5 años yéndonos tres días del verano a comer, beber y reír por esos lugares de España con la excusa del algún festival de teatro. Este fin de semana hemos estado en Olmedo, viendo el Julio Cesar de Shakespeare y Salmanca de visita cultural-gastronómica. De la obra de teatro y de la visita nocturna a las torres de la catedral sale este post.
En la obra de teatro un incidente previo en el que parte del público protestó ante el supuesto mitin del alcalde de turno sirvió de prólogo a ese clásico sobre el poder, la fidelidad, la traición, las luchas de poder y las guerras civiles… ese "Tu quoque, Brute,fili mi" (Tú también, Bruto, hijo mío). Esto del poder es una trampa. Cuando se tiene, hay gente que depende del que lo posee y esa gente es la que le rodea, con la que se toma una cerveza, a la que escucha. La otra no existe para él. Esa gente con la que convive es la que le dice lo bien que te sienta ese pantalón, lo acertado que ha estado su comentario, lo perpicaz que resulta su intervención o el agudo sentido del humor que tiene. No está claro que todo eso sea cierto, lo que sí es de cajón es que si no tuviera ese poder esa gente no se lo decía. Y como dice un amigo mío si te están diciendo 24 horas al día que eres guapo, hasta yo me lo creo. 



Juan Eslava Galán escribe en Los años del miedo: "Alfredo Kindelán le escribe (a Don Juan) una carta, como para levantarle los decaídos ánimos: “Franco se encuentra estos días, según me dicen, en plena euforia. Es hombre que tiene la envidiable condición de dar crédito a cuanto le agrada y olvidar o negar lo desagradable. Está, además, ensoberbecido e intoxicado por la adulación, y emborrachado por los aplausos. Esta atacado del mal de altura: es un enfermo del poder”. Y es esa enfermedad la que provoca que le  puedas dar una puñalada figurada o real a tu amigo de toda la vida si te corta o te moleta en tu triunfal camino, es esa enfermedad la que está detrás de esas decisiones históricas que la gente las achaca a la locura.



Hitler no estaba loco cuando decidió exterminar a los judíos, sino que correspondía a un plan predeterminado y a los deseos de una sociedad como la alemana que necesitaba un chivo expiatorio después de la humillación del resultado de la primera Guerra Mundial. El capitán Rojas no estaba loco cuando después de incendiar el caserón de Seisdedos en la calle Nueva y después de asesinar en esa misma corraleta a los 12 hombres que las dos patrullas habían reclutado a las 7 de la mañana, ordenó que se quemaran las chozas del entorno Calle Nueva - Calle Medina. Yo no creo que Rojas estuviera loco, en el sentido de que hubiera perdido repentinamente la razón, sino que tenía todo un mundo detrás que él sabía que le iba a alabar esta decisión. Lo mismo que es conocido que la decisión de la razzia de las siete de la mañana estuvo "animada" por algunas personas que vivían en el municipio y que pensaban que el castigo sufrido no era suficiente y que era necesario más escarmiento, Rojas sabía que había mucha gente que le hubieran aplaudido la quema de las chozas del sector pobre del pueblo. Tres años más tarde, cuando saltó la Guerra Civil lo comprobó. 



Afortunadamente no todo el mundo desarrolla la enfermedad del poder de la misma forma. Aunque hay algunos síntomas comunes. Dice Nelsón Castro en su libro Enfermos de poder: "Los síntomas de la enfermedad del poder, según la observación que Hemingway le atribuyó a su amigo, comenzaban con el clima de sospecha que lo rodea, seguía con una sensibilidad crispada en cada asunto donde intervenía y se acompañaba con una creciente incapacidad de soportar las críticas." Otro síntoma que podría ser el cuarto es la negativa a abandonarlo una vez que se toma. ¿Es lo que llaman la erótica del poder? : "el placer del mando, el gozo del dominador. En suma, es una perversión que han padecido todos los dictadores y otros muchos que no lo son ni lo han sido, pero que –todo ellos– encuentran un extraño placer en dominar o, en términos menos brutales, les produce gozo dirigir, liderar. Un placer que puede provenir de la exhibición de la fuerza o, más civilizadamente, del arrastre que produce la propia palabra, la palabra del líder, sobre los demás, sobre las masas". Por eso, lo que más me gusta de la política norteamericana es la limitación de mandatos.



En las torres de la catedral de Salamanca, el guía nos explica como el tamaño si importa. A la torre de la universidad, le siguió la de los dominicos y a esta la de los Jesuitas, cada cual más alta. Entonces el cabildo catedralicio hizo la de la catedral la más alta de todas, para que quedara claro quien tenía más poder. Y es que la altura es poder. Cuanto más alto llegas, más dominas y más gente tienes que te adula. Pero también más fuerte puede ser la caída, la traición o el navajazo del Brutus de turno. En estos momentos en los que España vive en crisis económica y política, donde la corrupción está fomentando muchas traiciones y muchas sucesiones parece que  en este país no dimite nadie, pero a mí me da la impresión que es una característica mundial. Es de perogrullo  que casi todo el mundo cuando tiene el poder no quiere dejarlo y es retroalimentado por las personas de su entorno que lo adulan como fruto del instinto de supervivencia. Pero también es cierto que el tiempo demuestra, aunque a veces ya sea tarde, que ni la vida ni, mucho menos, el poder, son para siempre. Pero lo peor de esas luchas de poder, como se ve en Julio Cesar, son las guerras civiles que a veces provocan esa enfermedad del poder, que no solo afectan al que la tiene, sino que se expande como la peste. Como dice el proverbio: "Cuando dos elefantes se pelean, es la hierba la que sufre". De eso sabemos bastante en esta triste historia de España.
En la fotografía de abajo una escena de Julio Cesar. Shakespeare hace un monumento a los diálogos, a la palabra... en esta obra, al mismo tiempo que consigue hablar del poder, sin tomar partido, dejando al espectador que lo haga. 



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