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Texto de Chema Valcuende en el acto del viernes 12 en Alcalá


Carmina espera en la residencia, como todas las tardes, la llegada de su hermana Juli. Es posiblemente en estos momentos la única persona que permanece en sus recuerdos, aunque sea de forma leve. El resto del tiempo camina y camina y camina, sin rumbo, porque ha olvidado quién es, no sabe de dónde viene y a donde va, por eso no puede dejar de caminar…, buscando tal vez encontrarse consigo misma, en un mundo que no entiende porque tampoco recuerda, y en el que no se siente a gusto porque no lo reconoce, porque no se reconoce.

El drama de esta mujer es el drama de miles de personas a las que una maldita enfermedad llamada alzehimer les ha enviado a un limbo, en el que sólo pueden sobrevivir a partir del afecto de las personas que permanecen a su lado, y que les devuelven su condición de humanidad al prestarles sus recuerdos y afectos. Pero el alzehimer no sólo es una enfermedad individual.


En un tiempo de virtualidades, de identidades fragmentadas, de mercados globales, a veces los pueblos parecen caminar y caminar y caminar en círculo, sin saber a dónde van, porque tampoco saben de dónde vienen. Pero a diferencia de la historia de Carmina la historia de los pueblos es reversible, sólo es necesario mirar atrás, no para idealizar el pasado, ni tampoco para renegar de un tiempo de penurias, dificultades, simplemente para saber quién somos, y evitar en definitiva que nos roben los recuerdos y la obra de Orwel, 1984, se transforme en realidad. Una novela o una premonición que trata precisamente sobre la memoria y el olvido, sobre la constante manipulación de la historia por parte de un poder económico, político y religioso, que nos deshumaniza, y lo hace a partir de imposiciones, que se venden como sueños que nos dan acceso al paraíso prometido de la modernidad. Un paraíso donde los ciudadanos nos hemos convertido en consumidores, engranajes de una máquina demoniaca, en la que despilfarramos recursos, tiempos y lo que es peor, el mayor, el único bien de los que disponemos que merece la pena, la vida, tal y como nos recuerda ese ser extraordinario, que decidió abandonarnos recientemente, sin estridencias y posiblemente con una sonrisa en su cara, después de tomarse su campari, José Luis Sampedro, para el que la vida no sólo es un derecho es fundamentalmente un deber con nosotros mismos y con la gente que nos rodea.

Es en estos tiempos difíciles, que algunos denominan crisis, y otros autores como el lúcido antropólogo, Arturo Escobar, consideran el final de una época, cuando es necesario reinventarnos, pero para ello es preciso también recordar lo que somos. Y es en ese recuerdo donde figuras como Jerome Mínz, ese andaluz de Indiana como de una forma especialmente lúcida lo define Agustín Coca, juegan un papel fundamental.

Cuando nos aproximamos a sus documentales vemos un mundo aparentemente superado, y digo lo de aparentemente porque lo que reflejan sigue pegado a nuestra piel, una piel única y al mismo tiempo universal. Como señala Isidoro Moreno sólo se puede llegar a ser verdaderamente universal desde lo que somos, y de hecho los andaluces más universalmente reconocidos lo son precisamente por eso, porque son andaluces, porque en sus cuadros, en sus poemas o en su teatro nos aproximan a un ser humano único pero no homogéneo ni mucho menos intercambiable.

En esa búsqueda de la diversidad, en la que es posible imaginar nuevos mundos, el espacio local adquiere hoy un nuevo protagonismo, y para ello es necesario ponernos frente al espejo, también al que Jerome Mintz ha construido con tanta inteligencia y sensibilidad, en el que nos muestra el mundo del trabajo, de la cotidianidad, o también como en el documental que vamos a ver hoy, el mundo de los rituales, de la fiesta, de las creencias de un pueblo, que se aproxima a la divinidad y especialmente a la virgen no como realidades abstractas. Los andaluces personifican las imágenes; la virgen es la virgen, pero sobre todo es mi virgen, la virgen de mi pueblo, una imagen en la que se articula el tiempo y el espacio, en la que se unen generaciones pasadas y presentes, caminando unos mismos caminos, aunque sea de forma diferente. Las divinidades andaluzas lo son porque son esencialmente humanas, porque tienen apellidos, porque a través de su mirada vemos las miradas de los que siguen en nosotros aunque ya no estén. El documental “El día de la Virgen” es una invitación al recuerdo, pero no para contar batallitas pasadas, debe servirnos para entender mejor quién somos y sobre todo lo que queremos, para encontrarnos con la humanidad en el rostro de nuestros vecinos, de nuestros amigos, de la gente que queremos y que no se nos olvide, merece la pena.

Para finalizar, me gustaría que este homenaje a Jerome Mintz sea un homenaje a la gente y los momentos olvidados. ¿Recordáis?, ¿recordamos las calles andaluzas con miles y miles de banderas diciendo al mundo somos un pueblo?, ¿y a los andaluces asesinados que hoy siguen tirados en las cunetas?, ¿recordamos un tiempo de viejos y nuevos señoritos?, ¿y las maletas en la puerta? ¿Recordamos a los viejos anarquistas?, ¿y las ilusiones traicionadas en la transición política? ¿Recordamos que no somos alemanes y que aunque nos dejasen tampoco queremos serlo? Este andaluz de Indiana hoy nos ayuda a recordar que si Alcalá de los Gazules es posiblemente, en palabras del Coca, el mejor pueblo del mundo, lo es primero porque es el suyo, y segundo por su gente; como todos los pueblos, como toda la gente…..

Que no nos pase como a mi querida tía Carmina, que sigue dando vueltas y vueltas en busca de no se sabe qué, nosotros sí podemos evitarlo, y para ello empecemos por el principio, empecemos, pues eso, recordando.

José María Valcuende del Río
Facultad de Ciencias Experimentales
Departamento de Antropología Social, Psicología Básica y Salud Pública
Crta de Utrera km 1
41013 Sevilla España

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