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Los amigos de José Suárez Orellana

Ya hemos hablado otras veces como a José Suárez los amigos que conoció no sólo le sirvieron para su acción política, sino también que significaron una fuente enorme de aprendizaje y satisfacción personal. Son estos amigos políticos conocidos en la II República y en la Guerra Civil los que engrandecen el horizonte personal del que había nacido en las Algamitas. Os traigo hoy tres casos concretos. El de Antonio Roma Rubies, Rafael Calvo y Francisco Retamero.
En Albaterra Alicante “ Otro día llega una expedición de prisioneros y entre ello venía D. Antonio Roma Rubies, que era catedrático y además diputado por Cádiz. Este me cuenta su historia y los sufrimientos que había tenido que soportar, en el penal de San Miguel de los Reyes, que según me dijo lo habían tratado muy mal, pero su entereza de ánimo le habi hecho soportar aquel trato tan cruel que le tuvieron sometido. Al llegar viene un soldado y le dice acompáñame; él lo siguió y éste lo lleva a donde había un sargento, que lo llevó a una biblioteca  le hizo cargo de ella, y le bajo en una habitación con una cama y un cuarto de aseo, en rancho se lo traían del que comía los soldados, que siempre era mejor y más variado, que nuestras célebres lentejas. Esto le hizo pensar que allí había algo raro, para aquel trato superficial de que era objeto, y empiezan las averiguaciones por parte de él, sin conseguir saber el hecho de la verdad. Como en la vida no puede haber nada oculto, llegó a enterarse de que el teniente de la Guardia que nos custodiaba, había sido discípulo de él, y éste al verle llegar lo conoció y fue el que le consiguió el puesto sin dar la cara para evitar futuras complicaciones, y esto para él fue una suerte, y una actuación que la tenía merecida, porque este era uno de los grandes discípulos del gran maestro Pablo Iglesias, que supo seguir sus ideales con tesón y firmeza hasta su muerte. Era un verdadero Apóstol de la Paz. Yo guardo gratos recuerdos de él por los servicios prestado en la provincia de Cádiz, que fueron muchos y muy buenos”.
“Yo tenía en Cádiz un amigo íntimo que se llamaba Rafael Calvo, este era de familia rica, y el padre le dio medios para conseguir una carrera y llegó a ser médico; una vez terminada esta se le ocurre, por azares de la vida, hacerle un niño a la criada; el padre se pone furiosos y  pone en la calle a ella, pero el hijo se opone y dice que él no puede abandonarla, cuando esta lleva un hijo suyo en las entrañas, y que se casa con ella contra viento y marea. El padre ante esta decisión acuerda arrojar a los dos de la casa y lo hace. Este se casa, y empieza a trabajar como médico, y el padre no volvió a verlo más. Este Rafael era joven y simpático y muy estudioso y trabajador, y se especializó en partos y fue famoso. Se hace socialista y llegó a ser presidente de la ejecutiva y ademá fue diputado por Cádiz… En Malcocinado, una mujer de las que allí trabajaba tiene un parto y el médico dictamina que aquella no tenía remedio era una muerte segura. El marido viene llorando a mí pidiendo que le hiciera venir a Rafael Calvo. Es de suponer la alegría de aquella familia al saber que iba a llegar de un momento a otro el mejor especialista de Cádiz, y esto podía ser su salvación. Se presenta cerca de las dos de la noche, y le recibieron las cuarenta familias como él se merecía, en gratitud de aquella obra tan humana. Digo obra humana, porque él sabía que al llamarlo no iba a cobrar nada, y que se prestara a pasar aquella mala noche… Llegó la reconoció, nos reúne y nos dice: de este caso solo se salvan dos, y esta va a ser una de ellas, y así fue, se salvo y no cobró nada”
“Tenía yo en Jerez de la Frontera un amigo que se llamaba Francisco Retamero, y este era secretario del juzgado. Pues este señor se presentó un día en la colectividad de Malcocinado, acompañado por D. Antonio Roma Rubies, que este era además de catedrático, diputado por Cádiz, y estuvieron recreándose en la obra allí realizadas, la cual salieron muy bien impresioandos, por aquella obra social y humana, donde tantas familias vivían bien y contentas por haber conseguido ahuyentar el fantasma del hambre y el paro que son los enemigos mortales de la clase trabajadora. Este amigo Retamero, escribió un libro enalteciendo la obra realizada y acompaña una nota del primer balance realizado del año anterior. Pues a este buen amigo, me contaron que lo fusilaron en la plaza del Arenal con varios más, y que a la mañana siguiente al retirar los cadáveres, este tenía vida y se les ocurre traer a la señora con seis hijos, el mayor con siete años, y el más pequeño uno, y cuando estaban allí, le preguntan si aquel era su esposo, y cuando contestó afirmativamente le dieron un tiro y lo

remataron… Yo pregunto: ¿Qué calificativo tienen los hombres que así proceden? ¿cómo pueden ser tan malvados y asesinos? ¿es qué esos pequeños merecen ser testigos de ese crimen tan monstruoso?... ¿No se dan cuenta del que siembra odio recoge tempestades?
En la fotografía Rafael Calvo, a la derecha, y  Francisco Retamero, que escribió un libro sobre Malcocinado que llevo mucho tiempo buscando. Abajo Antonio Roma Rubiés

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