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Casas Viejas, en el siglo XVIII

En el libro Medina Sidonia durante La Guerra de la Independencia de Jesús Romero Valiente aparece el siguiente documento. Viene en francés, la traducción la ha hecho mi amigo Pepe. Me ha parecido interesante publicarlo por los datos que aparecen de Medina, de la Ermita de Casas Viejas (lugar donde en la actualidad se levanta la iglesia) y de las fuentes, molinos y huertas que había a su alrededor. Es un precioso documento histórico de finales del siglo XVIII que nos describe esta zona en aquellos tiempos.
DOCUMENTO XVIII.
     Alexandre Ballet, que acompañaba al conde de Artois en su viaje desde Cádiz a Gibraltar en octubre de 1782, refiere en su Voyage du Comte d` Artois à Gibraltar (1782) el paso por Medina Sidonia, después de haber salido de Cádiz a las cuatro de la tarde y pasado por Chiclana.

     A media noche llegamos al pie de una montaña en la que está asentada Sidonia (Medina Sidonia) ciudad antigua y considerable: del tiempo de los moros sus fortificaciones la volvían formidable, pero hoy están arruinadas, y su posición sólo hace destacarla. Se respira allí un aire muy puro, lo que ha inducido al gobierno a establecer allí una escuela de medicina y un hospital para los venéreos que allí se curan radicalmente. Durante el tratamiento se fuerza a los enfermos a hacer mucho ejercicio en la montaña y los bosques, lo que junto al mucho calor del territorio les procura transpiraciones que les son muy saludables y les conducen a una perfecta curación.
     Pasamos la noche en una cabaña de leñador, en la que nos sirvieron nuestras provisiones, pues allí no había que comer ni beber, ni en que descansar. Estábamos a ocho leguas de Cádiz y la ruta era poco frecuentada, sino por ladrones; lo que había impulsado al gobernador de Cádiz a hacernos preceder de doce jinetes para reconocer el territorio, nos esperaban en nuestro pobre albergue y nosotros compartíamos nuestros víveres con ellos...
         A las once hicimos un alto en una pequeña aldea llamada la Ermita, este lugar es muy agradable por su posición en el centro de un pequeño collado que tuvimos que descender para llegar allí. Nos detuvimos al borde una fuente en la que la simple naturaleza era todo el adorno. Un agua dulce y ligera sale a borbotones y fluye en arroyo hasta un molino …. En este lugar se unen otros dos arroyos a éste del que acabo de hablar, y caen de más de cincuenta pies de altura en “el cubo” del molino, para ponerlo en movimiento. Vuelvo a mi bonita fuente; está sombreada por una enorme higuera bajo la cual tomamos nuestra comida y en la cual los higos nos sirvieron de postre. Descansamos algunos momentos para disfrutar del delicioso frescor que esta agua pura derrama en este lugar campestre, que dejamos con pena.
     Continuando la ruta por la pendiente del collado, encontramos un jardín rodeado de un seto vivo; es el paraíso terrestre o el jardín de las Hespérides, sólo falta el dragón que guardaba este último, se encuentran allí sus manzanas de oro, pues los naranjos, los limoneros, los granados, se doblan bajo el peso de sus frutas, y la viña se extiende en largas guirnaldas que unen estos árboles para no hacer más que una familia. Pasando el molino, el arroyo viene a formar mil recodos en este lugar silencioso y no sale más que después de haber repartido la vida en los prados de mejorana y de serpol de las que la tierra está tapizada; matorrales de mirto y de romero están esparcidos aquí y allá para perfumar el aire con un olor agradable. Tuvimos tanto placer en este nuevo Edén, que nosotros nos habríamos quedado allí si nuestros arrieros, esta vez, no nos hubieran advertido que era necesario partir; eran las dos.
    Siempre malos caminos y montañas para atravesar y eso durante más de cuatro leguas; en fin, a las siete, entramos en un territorio de llanura fértil en trigo y en cebada, y descendimos a una gran Terma llamada  Los Labentas, donde nos acostamos en la paja picada de los campos vecinos. Algunos de nuestros camaradas fueron incomodados por haber comido huevos fritos. Las noches eran muy frescas, aunque el día sea muy caliente, nuestra cama al intemperie nos ocasionó unos resfriados bastante fastidiosos.
La foto es de Campúa el 14-1-1933. La foto está realizada desde el Cañuelo y es un ejemplo del poblamiento disperso de aquella época.

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