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Breuil, en el Tajo de las Figuras

Martí Mas Cornellá recoge en su libro La cueva del Tajo de las Figuras este relato de Henri Breuil sobre sus estancia en el Tajo de las Figuras. Posiblemente se refería a su visita de 1913, 1914, 1916, 1918 o 1919 . Es especialmente interesante el relato sobre el casarón de Antonio Ordóñez Camacho o la visita de los contrabandista por la noche a su casa. Nos recuerda que estamos en una zona de frontera y que se vivía, hasta la década de los sesenta, de una forma muy similar a como se hacía desde el Neolítico. Como dice Martí Más "las condiciones eran duras y, contempladas desde ahora, idílicas". 
“Menos indolente fue la tarde de enero en que exploraba las sierras de Cádiz. Volvía del convento en ruinas de El Cuervo a mi albergue del Tajo de las Figuras, en compañía de un joven inglés (Burkitt) y mi guía. La noche nos sorprendió en el camino. Ninguno de nosotros conocía bastante el sendero y supuse mejor informada a mi caballería, acostumbrada a vagar por estos parajes, en busca de su escasa pitanza. Habiéndole puesto la brida al cuello, la dejé dirigir nuestra marcha a su antojo. Con su paso más que sosegado, nos condujo en línea a la orilla de un vado invisible. Fui el primero que me aventuré. Habiéndolo atravesado sin dificultad, volví sobre mis paso, cogí sobre mis hombros a mi criado y luego le tocó el turno al hijo de Albión, algo desorientado por esta misteriosa maniobra. A través de espesos y pegajosos barrizales, la pobre caballería se fue, sin prisas a otro vado, que atravesamos también. Pronto apareció, como un farol en la noche, la luz del hogar en el que bailaba la llama, proyectando su resplando por la puerta, grande y abierta de la casucha de Antonio. Tras una cena frugal y de la acostumbrada charla con mis huéspedes, volví entre las rocas del barranco vecino a la pequeña cueva baja (Cueva del Tesoro o de la Paja), donde, sobre un lecho de paja, yo dormía desde hacía diez días enrollando en mis mantas. Para descubrir la entrada no era suficiente mi lámpara de carburo, cuyos fulgores hacían brillar, en el suelo húmedo del indefinido sendero, las pequeñas pajas con que lo habiá jalonado, una tarde en que vanamente erraba por la maleza en busca de este abrigo. En su absoluto aislamiento, lo prefería al camastro en la cabaña de Antonio, donde por la noche, unos contrabandistas habladores venían de visita, charlando ruidosamente. Allí nadie me distraía, a no ser las discretas idas y venidas de los ratones, los maullidos graves de un gato salvaje o el monótono ramoneo del ganado en las pendientes cercanas. No obstante, algunas noches se desencadenaba el terrible Levante; en otra, cuando la formidable voz del oleaje de Trafalgar me llegaba en alas de un temporal del Sudoeste, la montaña parecía trepidar sobre su base y se hubiese dicho que, bajo este asalto furioso, iba a volar como una simple paja. Pero apenas el alba sonrosaba el horizonte, la calma renació. Entonces, sacudiendo el polvo, me entregaba a abluciones al aire libre, en algún agujero natural donde el agua de lluvia se había acumulado"
(Pitollet, 1920: 241. Traducción de E. Ripoll Perelló, 1994)
Breuil en un abrigo

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