Los recoveros

En la sociedad premoderna la economía era cerrada, existiendo poco comercio. Dominaba la economía de autosubsistencia, pero había productos que no se producían y había que comprarlos. El dinero no era el único instrumento de cambio existente. Mucha gente vivía en el campo y solo venían esporádicamente al pueblo a comprar. La gente que vivía en el campo no necesitaba acudir al pueblo para comprar lo necesario, había una figura que hacía de intermediario entre los productos del pueblo y del campo, era el recovero. María de los Santos Delgado Pérez en la revista alcalaína Apuntes históricos y de nuestro patrimonio 2009 escribe sobre los recoveros:”Por caminos, veredas o trochas se buscaban el sustento nuestros recoveros, con sus canastos y alforjas llenos de azúcar, arroz, café tabaco y chocolate.
Llegaban a cada casa o cortijo y allí empezaba el ritual: de entrada, el saludo con los vecinos, la comunicación de noticias que ocurrían en el pueblo, los comentarios del tiempo, de los animales, de la siembra y de los quesos que estaban saliendo aventados y por último, el ofrecimiento de sus productos que en la mayoría de los casos eran comprados en forma casi de trueque, es decir, el recovero volvía al pueblo con sus canastos llenos pero de huevos, pollos, pavos, quesos…
La vida avanzaba y del canasto y la alforja pasaron a los mulos o como ellos decían, pasaron a las bestias, que con las angarillas cargadas en los lomos se disponían cada día a ejercer su trabajo entre chaparros, quejigos, jaras, laurel, acebuches y lentiscos.
El recovero iba con una mano alentando a la bestia para que siguiera la vereda y con la otra dirigiendo la caña para que la piara de pavos no se dispersara. Llegó la época del motor y empezaron a utilizar las “Iso”. Con ellas se convertían también en casi equilibristas, tenían que conducir la moto por aquellos malos caminos, además, cargados los serones de mercancías, encima los sacos de maíz, trigo o habas…
Y llegó la época del Land Rover. Cada vez las condiciones de trabajo eran más favorables, sus desplazamientos lo hacían en estos vehículos con lo  cual ya quedaban atrás las largas caminatas, el soportar el peso de sus canastos, el empujar los mulos y guiar las piaras, el aguantar tan directamente sobre su piel el crudo frío del invierno y el sofocante calor del verano. El tiempo, como hemos visto, fue cambiando la esencia de esta profesión y ya se ha convertido el recovero en un suministrador de piensos y cereales para los animales o para la siembra…
Ya no es posible repetir las escenas de cada día de verano cuando por la mañana bien temprano había que descargar el coche de paneas llenas de conejos cazados en los cotos la noche anterior. Ya quedó atrás aquella imagen del recovero en pleno trajín con los canastos llenos de huevos de gallina fundamentalmente pero donde destacaban también los de pava con sus peculiares pecas. Canastos donde la paja hacía la función de preservar el frágil contenido. Era curiosa la forma de contar los huevos: introducían las dos manos en el canasto, con cada una cogían tres huevos con lo cual en cada movimiento sacaban media docena, contaban las veces que sacaban las manos y al final el número obtenido lo multiplicaban por seis y así tenían la cuenta exacta de los huevos comprados o vendidos. Pasó a la historia los capachos de esparto llenos de quesos que la cabrera y el cabrero habían elaborado con todo el esmero y que el recovero cuando llegaba a comprarlos le daba a cada queso un par de palmadas y según el sonido que producía tenía que decir: “Este queso es todo masa” o “Ten cuidado que tiene boquetillos” o “Están aventados””
.
La postguerra también fue muy dura para estos recoveros y sobre todo para las mujeres que se dedicaban a la recova. Al igual que pasó con las rifas. Cuenta Almudena Grandes en El lector de Julio Verne:”La recova, el modesto negocio de los más pobres, los que no tenían más que sus piernas y el campo para subsistir, había existido siempre. Sin embargo, con la resaca de la victoria y la excusa de que era difícil distinguir a las recoveras de los extraperlistas, alguien que trabajaba en algún despacho de la capital y pretendía hacer todavía más imposible la vida de las mujeres rapadas, decidió prohibirla cuando todavía andaban afeitándole la cabeza a las rezagadas. Los cortijeros protestaron, porque si nadie les compraba los huevos, se echarían a perder lo que no pudieran consumir ellos mismos… Hasta que un día, el hambre y la desesperación pudieron más que el miedo”. Pregunto por los recoveros benalupenses y me hablan de:
"Antonio Pérez “El Vivillo”y de Francisco Rojas, “Trechica”. Estos señores iban por los ranchos de los carboneros y les cambiaban los productos que ellos llevaban por tagarninas, espárragos, cacería (pajaritos, perdices, conejos...) en definitiva todo lo que se podía coger en el campo y se cambiaba por ropas o alimentos. Era una forma de venderle a la gente del campo, el que podía pagaba con dinero, que eran los menos y la mayoría hacía trueque con los productos del campo que ellos tenían” 
La foto es de Mintz

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