Año nuevo. Y 2


No se trata de que a los profesores nos hayan suprimido la extra, nos hayan bajado el sueldo y nos obliguen a hacer más tareas, para mí y me consta que para muchos, eso lo entendemos en el contexto de crisis actual. El problema es que nos han puesto al pie de los caballos. Que a río revuelto... Son frecuentes las declaraciones en las que nos tildan de vagos por protestar contra los recortes. Son tradicionales las voces que oímos en las que nos tachan de que no trabajamos, de que tenemos muchas vacaciones, de que somos unos protestones y etc, etc. Esa es una de las verdaderas causas que hace cundir la desmotivación y el pesimismo. Otra es que sabemos que una vez abierto el melón, no se sabe dónde, cuándo y cuánto van a continuar con los recortes.
Como dice Montserrat Domínguez en este artículo: “Cifras y ránkings aparte, sabemos que nos jugamos mucho. Las arcas públicas están exhaustas y eso obliga a hacer ajustes, pero tenemos que estar muy vigilantes para que estos no acaben estrangulando el acceso a una enseñanza de calidad a toda una generación. Si lo permitimos, lo pagaremos caro”. En Benalup-Casas Viejas los logros educativos conseguidos han sido inmensos, reconocidos por todo el mundo, es cuestión de todos no dar un paso hacia atrás, ni para tomar impulso. El que esto suscribe es de naturaleza optimista, por eso piensa que aunque el reto es fuerte y los ataques despiadados al final conseguiremos mantener el nivel de equidad y excelencia que nos han caracterizado en estos últimos 25 años. Las razones que tengo para pensar en eso se basan en la historia, como siempre, en este caso en mi experiencia. Llevo casi un cuarto de siglo en esto de la enseñanza y estuve 15 años en tareas de dirección para conocer muy bien a los profesionales de la enseñanza. Y aunque sé que hay de todo, como en botica, la inmensa mayoría son unos grandes profesionales que tienen gran parte del mérito de haber colocado la educación pública a nivel que está en España y en Benalup-Casas Viejas en concreto, sin olvidar nunca de los niveles de donde partíamos. He conocido muchos profesores que no saben hablar de otra cosa que no sea de alumnos, sea en la sala de profesores, en el Supermercado, en la cola del cine o en la barra del Tato o del Chori. También he conocido muchos que han puesto el centro en el centro, valga la redundancia, de su vida, y así llevan desde que el gusanillo de la enseñanza entró en sus vidas. Sé de muchos que no han dormido noches enteras pensado que hacer con un alumno que no tenían claro si aprobarlo o suspenderlo, cuál sería el mejor destino para el viaje de estudios o como saldría la obra de teatro del día siguiente o como solucionar un problema de convivencia con tal alumno. También conozco muchos, muchos, que se han empeñado en sacar adelante a alumnos que en condiciones normales no lo harían. Sé el nombre y los apellidos  de alumnos que han hecho grandes carreras como telecomunicaciones, arquitectura, medicina, licenciaturas en idiomas o en ciencias sociales por poner algunos ejemplos que saltaron los obstáculos que se le presentaron con la ayuda inestimable de un profesor de secundaria. Conozco a bastantes profesionales que dedican una parte de sus energías a convencer a alumnos, padres y hasta a algunos propios compañeros que tenemos que abrir ventanas y puertas para que los alumnos desarrollen su vida. Conozco también a muchos profesionales de la enseñanza que se toman tan en serio su trabajo que hacen de su forma de educar una cuestión vital, casi próximo a un precepto religioso. Sé de muchos que son y han sido en el IES como una planta, están allí por la mañana, por la tarde y a veces hasta por las noches. Conozco de casos que abandonan a sus familias por espacio de tiempo superior a una semana para cumplir con un deber que ellos creen inexcusable; colaborar en la educación de sus alumnos. Me constan casos que han cambiado de residencia y de “patria”, que han hecho más de sesenta, cien (un caso de 300) kilómetros al día para cumplir con un trabajo que les exigía, a veces, más de lo aceptable. Sé de muchísimos profesionales que no han faltado, ni faltan nunca a su trabajo, han ido y van a trabajar enfermos o en condiciones no óptimas, sin importarles si le reducen o no lo complementos por los primeros días de baja. Conozco muchos casos de compañeros que han tenido problemas con la familia por la excesiva importancia y horas que le dedican a su trabajo. Tengo claro  que la inmensa mayoría de los profesionales de la educación somos autocríticos, nos autoatormentamos con que los alumnos nos aprendan lo que nos gustaría y nos duelen que nos critiquen superficial e injustamente. Dice un panfleto firmado por Ana María que circulan por internet: “ Están mal de la cabeza, yo los he visto. Dicen que algunos que fueron muy importantes, que siempre tienen palabras de aliento; dicen sólo que son MAESTROS-PROFESORES y que se sienten MUY ORGULLOS DE SERLO. Si conocéis alguno, quizá se sienta identificado”.
Yo conozco a muchos de este tipo. Y por eso soy optimista, pese a lo que está cayendo. Los mismos profesionales que han puesto un gran grano de arena en el desarrollo de los últimos años de este país y este pueblo en concreto lo van a hacer en estos tiempos malditos que corren. Antes no lo hicieron porque la administración se portará bien con ellos, ahora no lo vamos a dejar de seguir haciendo por lo contrario. Termino con una precisión. Nunca me ha gustado el coorporativismo, ni glorificar el trabajo de nadie y menos el de la educación. Pero en el momento en el que vivimos es necesario cargarnos de las razones y motivos que tenemos, pues no sobran, y seguir dándole importancia a lo importante. Ellos, nuestros alumnos.

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