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La Laguna de La Janda. Por Emna Calderón y de Gálvez. Y 2

Llegábamos a un alto, y dominamos la cuesta del Arenal, que conduce a la Laguna de la Janda. Púsose en pie el licenciado, y con el brazo tendido, trémulo por la emoción, nos señala los puntos que le son familiares.
A nuestra derecha mano, la dehesa de los Tejones, tantas veces por él recorrida, y de la que conoce los menores repliegues del terreno. Las Lomas, agitando la destrenzada cabellera de olivos; Medinasidonia, en lo alto de un cerro, coronada por las ruinas de su castillo histórico. Al fondo, la alta Sierra, esbozada en azulados tules. Nuestro cicerone empeñábase en hacernos ver la desembocadura del río Celemín, que por su conocimiento del terreno adivinaba, pero que a nosotros nos era imposible divisar. Todo ello bañado por una luz esplendente que arranca chispas de fuego a las tranquilas agua de la laguna, y finge sombras enormes con los cuerpos de las cigüeñas que voltejean en lo alto.

Arráncanos de nuestra contemplación un grito de júbilo. Siguiendo el cansado paso de una pollina, aproximábase una anciana bajita, encorvada, rugosa, vestida pobremente. Caíale sobre los ojos el viejo pañolillo que cubre el pelo canoso. Ya el licenciado la ha conocido, y en dos saltos está junto a ella, y riendo y llorando a un tiempo, la estrecha fuertemente entre sus brazos y no osa separarla de sí un poco para contemplar a su sabor aquel rostro avellanadito y lloroso, los grises ojuelos medio cegados por las lágrimas, y la desdentada boca que siempre tiene para el hijo una sonrisa y una palabra dulce. Siéntase al borde del camino, dejando que la pollina ramonee la corta hierba, y el idilio continúa al pie de los acebuches. Saca el licenciado las blancas rodajas, y extasiase la ancianita ante ellas, haciéndolas saltar entre sus manos rugosas, y calculando lo que con ellas se puede comprar en la próxima feria.
Preciso nos era partir. Nos despedimos del mozo, que pone en sus ojos bravíos todo el agradecimiento de que es capaz su alma generosa, y de la ancianita, que nos abruma con gitanescas bendiciones, y partimos a todo gas y avance, dejando a nuestra espalda la poética Laguna con su cinturón de árboles, que nos saludan agitando las desgreñadas copas. ¡Volviéndonos antes de llegar a un recodo, divisamos por última vez a la pareja. Les ilumina el sol, y lo postrero que apercibimos fue los fulgres diamantinos que arrancó a dos lagrimas vergonzantes que corrían atropelladas por las morenas mejillas del mozo.
¡Bendita tierra y bendito sol, que tales amores produce y vivirá!
Cádiz, Mayo 1909. Emma Calderón y de Gálvez.

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