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La Laguna de La Janda. Por Emna Calderón y de Gálvez. 1

La venta de las Perdices ofrecía aquella mañana un animado aspecto. Otras muchas veces habíamos estado en ella, y nunca se nos presentó tan alegre y bulliciosa. Juraban y reían los arrieros, rebuznaban los pollinos, cacareaban las gallinas, que se nos metían entre las ruedas; ladraban los vigilantes canes, y fue preciso hacer sonar la sirena del auto para que acudiese el ventero. Un grupo de mozos, licenciados del Ejército, se deshacía ante la puerta, cambiando fuertes apretones de manos que ponían los hombros en riesgo de dislocarse.

Todos ellos tomaron el camino de Medinasidonia; solamente uno avanzó por el de Vejer, echándose al hombro la taleguilla de la ropa, poniendo bajo su brazo el lío de los víveres y derribando sobre los ojos la gorra de cuartel. Su rostro, curtido, de enérgicas facciones, se iluminaba con una risa de júbilo al repetir al ventero:
-    Si, amigo, a patitas me voy a darle un abrazo a la viejecilla, que bien lo merece. Hace tres años que no la veo.
Y emprendió la caminata con paso vivo, como quien ansía llegar pronto a la meta.
Detuvimos allí algún tiempo, almorzando con lo que a prevención llevábamos, y el automóvil se puso en movimiento entre las curiosas miradas de los trajinantes y sus agudos dicharachos. Corría el coche envuelto en la nube de polvo que levantaba, y pronto descubrimos una bella colina, sobre la que se asienta un grupo de casitas blancas asemejando limpios alquiceles tendidos a secar. Es Vejer. Corre más abajo el río Barbate, y más alla, paralela al río, la carretera que conduce al pueblo del mismo nombre. Pasamos un puente de piedra en sustitución de barcas que dio nombre a aquellos lugares. ¡Que frondosidad la de las plantaciones de almendros y olivos.
La polvorosa carretera, como si deseara refrescar sus deseadas fauces, corre paralela al río, pero a grande altura sobre éste. Al doblar un pequeño recodo apercibimos al licenciado que nos precedía, jadeante y como abrumado por aquel sol de justicia.
Llevaba el automóvil tan poca carga que, después de consultar a nuestro mecánico, nos decidimos a ofrecer un asiento al pobre mozo. Tomólo a chanza al principio y concluyó por aceptar, no sin dirigir recelosas miradas al bicho y ponerle unos cuantos motes. Largo tiempo nos distrajo el valiente mozo contándonos, ahogando su emoción, la pena de la viejecita al separarse de él, tres años atrás, cómo se le abrazaba al cuello toda convulsa, mojando con sus lágrimas el escapulario que colgara al pecho de su hijo.
¡Virgencita, y qué duros fueron los primeros días de cuartel, con sus fregoteos, peladuras y testarazos! Y el cabo que animalote, y el sargento que rebruto, y que retemalísima la bazofia que a comer les daban. Si no fuera por el guitarrillo y las perras mohosas en fuerza de estar guardadas, que le dio la viejecita, hubiese muerto de tristeza y de hambre…¿Las perras? Se gastaron todas en comestibles; pero ahora traía él unos duretes, que habían de servirle a la madre de antiparras… ¿El guitarrillo? Lo dejó a un compañero que lloraba todavía como un mamón al acordarse del chozo. Ya él no lo necesitaba. Volvía junta a su madre para ayudarle a trabajar manejando la azada o haciendo pleita…¡Vaya sí tenía novia! Más alta que un acebuche, y con unos ojos que mataban de repente, así de grandes, y más renegros que el alma del teniente Capote, que la tenía atravesada de malo que era.
Foto Mintz

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