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El Convento del Cuervo de Benalup. De Antonio Morillo Crespo. 2

En el centro del edificio está la iglesia, magnífica y formidable, que aunque la bóveda caída conserva los arcos y la estructura intacta, así como todos sus muros. Queda la cripta al descubierto, penetrándose en ella por un arco de herradura. Las hornacinas, el altar mayor labradas de lunetos en las bóvedas, los arcos de medio punto apuntados de piedra y ladrillos, los fajones, las bóvedas de cañón o crucería, todo conjunto armonioso que recuerda insistentemente al estilo herreriano.

Los fuerte muros derechos y espléndidos abrazando la iglesia, los cerramientos de los patios, que recuerdan la imagen de monasterio fortaleza. Y las interminables galerías de los pisos altos ya sin techo con suelos de ladrillería, los variados aposentos, los corredores, las salas inferiores refugio de vacas y cabras. Y en el exterior un sinfín de motivo que cautivan y asombran, con el antiguo huerto aún reliquias de árboles frutales sobre taludes en bancadas, con murallas ciclópeas, la fuente central con una hornacina en el recinto que recuerda a una quinta romana. Y en un altillo, espectacular y soberbio, algo así como la silla del abad a su puesto de meditación o vigilancia. Es una enorme piedra que fue horadada de forma que en su interior tallaron un asiento y los penachos de la piedra brava sombran el singular sitio. Hasta los brazos donde apoyar y respirar que uno sueña donde colocaban en libro de rezos y aún la copa de los árboles. Pasa el tiempo contemplando presa tanta belleza en aquel aislamiento donde hoy sólo viven corzos y venados de cacerías imposibles, entre montes y sierras, propiedad unitaria y rebaños perdidos. Sólo de civilización la bien cuidada carretera por donde pasa algún guarda y los carteles de cotos y los cerramientos de fincas entre dos pilares encaladas.
La soledad de los claustros, la paz del recinto, la lejanía y la naturaleza tan solitario de siglos, como si hubiera irrumpido en la historia con esta construcción en los lejanos escenarios de la prehistoria. Es un vértigo a la meditación a la contemplación, aislamiento. Un paraíso que no se gusta sino en el silencio reposado, allí dominando las montañas y los lejanos valles.
En la venta de Correro a unos kilómetros de su enclave, ya cerca de Benalup, almorzamos. Allí en la cañada bajo el sombrajo degustamos un exquisito guiso de pavo y conejos camperos. Y en la conversación con unos y otros, inquirimos sobre el Convento. Es enormemente sugestivo la explicación de los lugareños, las explicaciones del pueblo que vive cerca de un edificio de tales características mezcla de historia y leyenda que agiganta los sueños de los niños y las fantasías de los mayores de sucesos oídos al rescoldo del fuego en las noches invernales de las gañanías y cortijos

  • “Mire usted, dicen que allí vivían los de la Santa Inquisición. Con frecuencia iban de casa en casa pidiendo comida y cuando en algunas no le daban lo que le pedían se llevaban allá arriba a las muchachas. Las amarraban en un cuarto por los pelos y les echaban agua caliente si no se entregaban a ellos”
Foto Mintz

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