Las Lomas. Desarrollo y tecnocracia en la década de los sesenta. 7

La llegada de los ingenieros agrónomos y los poblados
Estos cambios generan una gran demanda de mano de obra, al contrario que otros procesos de modernización agraria, ayudando a paliar el  tremendo éxodo rural que se estaba produciendo en la comarca. Tal fue la necesidad de mano de obra que se construyen dos poblados de más de cien viviendas cada. El acceso al poblado estaba vedado al público en general. Así lo cuenta en 1968 el periodista del Ya, Pedro Mario Herrero:

“Termina la misa y el cura se va, como un rayo. Tiene que decir otra misa, a las siete, en una gran propiedad, en la propiedad que aísla Nájera del resto del mundo. Hay que andar ocho kilómetros. El cura agarra su moto y desaparece. Yo pienso que me gustaría ver la gran propiedad. Me han dicho que la casa es algo digno de mirar horas y horas… Llegamos de pronto a una casita y a dos guardabarreras: una de las carreteras va al poblado de los trabajadores fijos; la otra, a la casa señorial. Un hombre que va en el automóvil que me precede desciende, penetra en la casita y echa una firma en el libro. Se abre la barrera y entra en el automóvil. Yo bajo también. Una mujer muy simpática me pregunta qué es lo que quiero. –Me han dicho que hay aquí misa y me gustaría oirla. Ella, sin dejar de sonreír, me contesta que no puede ser; que aquello es una propiedad privada, que…-¿y si firmo? Ella niega otra vez con la cabeza. Imposible. Me alejo. Evidentemente están en su perfecto derecho. Yo tampoco dejo entrar en mi casa a cualquiera”.
 La demanda de albañiles, sobre todo, pero también de fontaneros, electricistas, mecánicos y otro tipo de artesanos fue tan grande que supuso una especie de cantera para el posterior desarrollo del sector secundario de la zona.  El proyecto hay que incluirlo dentro del objetivo empresarial de contar con una mano de obra suficiente que no tenga que desplazarse diariamente, ahorrando costes, pero también dentro de la filosofía tecnocrática de la época que buscaba un fin social creando riqueza y posibilitando que los campesinos cubrieran las necesidades de toda sociedad de consumo. De hecho, los residentes fijos de Las Lomas, durante los sesenta y setenta, tenían mejores equipamientos urbanos que los benalupenses y un mayor poder adquisitivo, por tanto, mayor propensión al consumo. Así se construyeron viviendas para los trabajadores fijos,  una iglesia, un supermercado, un club social, un hotel, un cine, una biblioteca, un colegio, etc. Las casas de los trabajadores parecían palacios, si se comparaban con las chozas de los jornaleros benalupenses: además, la construcción de la casa y de los gastos del agua, el gas y la electricidad corría a cuenta de la empresa. Pero va a ser en estos poblados donde las contradicciones de las que ya hemos hablado se hagan más visibles. Así lo explica Mintz:

“Aunque Las Lomas era una explotación de funcionamiento modélico, tenía reminiscencias de la vida rural de los siglos XVIII y XIX. Había claros signos de las prerrogativas de la nobleza en su afición al deporte durante sus interminables tiempos de ocio. Las Lomas estaba repleta de pequeños ciervos importados de Rumanía. Los ciervos podían saltar a veinte pies de altura, por lo que el bajo muro de piedra que rodeaba la finca fue reforzado por una alta valla de alambre. Se organizaron cacerías  para disparar a los venados y otros tipos de animales de caza. Cada año, el mismo Franco viajaba a la finca para cazar cientos de pichones en un solo día. Don José y Doña Carmen gobernaban sus tierras de modo paternal. La moral y la conducta eran supervisadas con tanto cuidado como el trabajo. Se celebraba misa todos los domingos por la mañana, y se esperaba que los trabajadores asistieran. Las aldeas, organizadas como modelos de decoro y orden, eran cuidadosamente supervisadas por la misma Doña Carmen. Cada semana, normalmente el jueves, bienvenida o no, Doña Carmen inspeccionaba las casas para ver si estaban limpias y si las paredes necesitaban ser blanqueadas. Cada año ofrecía un premio de unas mil pesetas a la casa mejor mantenida”.

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