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La Guerra Civil en Benalup de Sidionia. La victoria. El balance de la guerra

La guerra dejo muchas consecuencias negativas en su debe. En primer lugar los muertos, si sumamos las personas de Casas Viejas que perdieron su vida en la contienda por diferentes conceptos la lista es amplia. Así Francisco Fernández y Benio en los primeros días de la guerra a manos de la falange, Juan Estudillo que se tiró a un pozo, Antonio Cabañas “Gallinito” en el frente de Pozoblanco, José Jordán, José Durán, y Antonio Lino en Mautahusen y Manuel Vera, Sebastián Cortabarra y Juan Pérez en las cárceles franquistas. Sebastián Grimaldi Duarte murió en la guerra en el bando nacional. Las consecuencias políticas significaron la derrota de la participación democrática sustituida por la fuerza y el “orden” de la dictadura. Moralmente se sustituyó una sociedad abierta y tolerante, por otra basada en el nacional catolicismo y en el tradicionalismo más retrógrado. Socialmente el protagonismo de la clase media y baja fue cortado de raíz.
En definitiva, la Guerra Civil puso fin a un proceso de cambio, cortó de raíz “la revolución más moderna de la Europa del siglo XX” en palabras de algunos historiadores, aquella que había empezado un 14 de abril de 1931 con la proclamación de la Segunda República. La llegada de la victoria supuso la imposición de la represión, del miedo, del silencio… del segundo escarmiento.
La derrota y la Guerra Civil hizo que muchas familias quedaran destrozadas. A través del bulo, el rumor, la crítica, el chismorreo, los prejuicios las sociedades rurales ejercen un autocontrol que ahorra mucho trabajo a las autoridades represivas. Es la famosa frase del “miedo guarda la viña”. Cualquier tipo de estrategia tenía especialmente en cuenta a “los otros”, “los rojos”… y hasta los niños pequeños percibían cuando pertenecían al bando de los perdedores. Además algunos hombres en sus tres años de estancia en la España en guerra habían contraído compromisos sentimentales que el fin de la guerra exigía terminar. Se acabó la familia fruto del consenso y del libre albedrío, siendo sustituida por el viejo concepto de familia católica, apostólica y romana.
En esta atmósfera de agobio, de represión, donde era difícil de respirar el mínimo aire de libertad, progresivamente se iba abriendo un flujo emigratorio que en los años sesenta afectó aproximádamente a un tercio de la población. Esa espléndida frase de que somos un pueblo de llegadas y partidas, tiene en esta gente su máxima expresión. Muchos habían venido en la década de los veinte y treinta como jornaleros originarios de Medina, o “sopacas”, o huyendo por cualquier motivo de su tierra. Una parte huyó después de los Sucesos, otros lo hicieron  durante  la Guerra Civil y otra gran parte emigró hacia Valencia en los años sesenta. Empezaron huyendo los que más se habían significado en la oposición hasta nueva España como Moya Paredes, Sopas, Tuerto Manguita, Suárez Orellana, familia Cruz Jiménez, Antonio Duran, José Monroy… les siguieron otros que aunque habían participado en la guerra tuvieron un protagonismo político menor como la familia Reyes Benítez o Ricardo Moreno Cabeza o José Moreno Estudillo o Francisco Rocha Acebedo… En los sesenta el éxodo rural tomo dimensiones escandalosas y aunque las causas políticas también estaban en el fondo de la emigración, los aspectos económicos, sociales y culturales tuvieron más importancia. Fue el segundo tercio del siglo XX la época donde Casas Viejas se convirtió en ida, cuando más emigrantes salieron a otras tierras a cambiar de condiciones de vida. 
Sobre esa emigración, sobre la crisis de la agricultura tradicional y sobre la construcción empieza a construirse un nuevo Benalup de Sidonia que terminará denominándose Benalup-Casas Viejas. Se consolida la propiedad privada y nos instalamos en la modernidad terminando con los restos del Viejo Régimen como era la importancia de la economía depredadora, las chozas como vivienda o la dependencia política y administrativa hacia Medina. Empieza una época de crecimiento acelerado que desemboca en la actual crisis que padecemos. Ello no instala en una atsmofera de confusión, donde el aturdimiento amenaza con dejarnos paralizados. Sería un error querer seguir construyendo la casa por el tejado, sin partir y respetar los muros y las edificaciones anteriores. Por eso me parecía importante poner al descubierto como fuimos y vivimos en la Guerra Civil. Por eso, aprovechando el 75 aniversario, esta serie que ahora termina. Esperamos que sirva para conocernos mejor y para aportar un granito de arena, aunque sea mínimo, en el objetivo imprescindible para todos de que no se vuelvan, nunca jamás, a repetir los hechos más luctuosos y trágicos de la historia de España

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