LOS EXILIOS DE LOS SILVA CRUZ 1 por José Luis Gutiérrez Molina


(Esta era la entrada que estaba previsto que inaugurara la serie de casasviejeños por el mundo. No pudo ser y la de Jozito estuvo muy bien y tuvo mucho éxito. Sé que hay gente que hojea las entradas y luego no termina de leerlas, en esta aconsejo que os leáis las dos entregas, la calidad del documento que me ha mandado José Luis está muy por encima de lo que normalmente se lee en este blog)
El exilio para la familia Silva Cruz comenzó temprano. Tan pronto como el mismo enero de 1933. A los pocos días de la matanza, parte de la familia abandonó Casas Viejas. Sebastiana, viuda de Jerónimo Silva González, uno de los resistentes hasta la muerte en la choza de su suegro, marchó a Cádiz y, más tarde, a Paterna junto a su hermana María, viuda también de otro hermano de Jerónimo, Juan, éste sacado de su casa y asesinado en la corraleta del casarón humeante. Solo se quedó en Casas Viejas Mercedes que, casada con Manuel Prieto Peña, vivió hasta su muerte entre el Tajo y Cantarranas. Su compañero llegó a los cien años y trabajó en Las Lomas. Ambos padecieron el cruel extrañamiento interior que les hizo sentir que vivían en el pueblo como auténticos presos. De los demás algunos no volverían hasta muchos años más tarde, otros nunca.
Más adelante,  tras la sedición del verano de 1936, hubo quien emprendería un largo viaje que le llevaría, como el canto rodado de León Felipe, hasta la entonces lejana Francia. Fue lo que sucedió con varios de los hijos de María Cruz Gutiérrez y Juan Silva González, uno de los asesinados la mañana del día 12. La propia María, tras vivir la temprana posguerra gaditana, emprendió el camino hacia las agridulces tierras galas. Una más de los millones de españoles de la llamada emigración económica que, en un gran porcentaje, no fue sino la  prolongación del exilio interior comenzado hacía ya más de una década. Para entonces los huesos de María Silva Cruz, la mayor, seguían abonando, como lo siguen ahora, el humus de alguna finca jandeña. 
Tras pasar por Cádiz, Madrid y Paterna el quejío de la copla innombrable le alcanzó un día de agosto. Su compañero Miguel Pérez Cordón, tras Ronda y Málaga, fue a parar a Cartagena en donde fue asesinado en marzo de 1939. Su hijo Sidonio, ya Juan por voluntad de los vencedores, iba a terminar viviendo en el Valle de La Mano Negra.

La segunda, Catalina, había llegado a su estación Terminus. Muchas otras de paso había recorrido desde que se lanzara al campo aquel verano: La Sauceda, Jimena, Ronda, Málaga, Cartagena, Barcelona, Figueras y la frontera en donde el billete se revelaría sólo de ida. Aunque a veces pareciera que tuviera trasbordo: unas veces para el cementerio español, otras para uno parejo alemán e, incluso, para cualquier otro francés. El billete lo pagaban bien el fascismo español, el nazismo ocupante alemán, los colaboracionistas franceses e incluso los nuevos demócratas gaullistas a quienes los exiliados españoles, y en concreto los anarquistas, no acababan de convencerles y les ponían al aire las vergüenzas de la razón de Estado.
La primera fotografía es la familia casi el completo en la sede de la CNT en Cádiz en 1933. Arriba, de izquierda a derecha, Manuel García Franco, Sebastiana Cruz Jiménez, María y Catalina Silva Cruz. En medio, Carmen, María Cruz Jiménez, Francisca y Juan y los niños Curro y Juan Silva Cruz. Abajo, las niñas Catalina y Sebastiana Silva Cruz.En la segunda María Cruz y Catalina Silva madre e hija. En la tercera Mercedes Cruz y Manuel Prieto, en la cuarta Juan Pérez Silva y en la quinta Sebastiana Cruz y Sebastiana Silva, madre e hija, también.

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