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LOS EXILIOS DE LOS SILVA CRUZ 2 por José Luis Gutiérrez Molina

Mientras, los restantes hermanos y la madre viuda contemplaban desde Paterna como se construía el nuevo imperio hispano, el de Isabel y Fernando, también bendecido por sotanas y perfumado por incienso, sobre decenas de miles de cadáveres,  una corrupción generalizada y el hambre y el exilio interior de millones de españoles. Muchos de ellos huirían primero a las grandes ciudades desde sus aldeas malditas y después se desparramarían por toda Europa, América y hasta Australia. Entre ellos María Cruz y sus dos hijos menores, Francisco y Juan, que comprarían en 1963 nuevos billetes de ida para Montalban, Montauban que decían en Francia. No sin dejar antes enterrado en Paterna a Manuel, el hermano muerto con quince años. Otras dos hermanas Carmen y Antonia se quedaron en España, pero no en Casas Viejas: en Paterna y San Fernando.
En tierras galas estaba Catalina con su compañero Luis Bujan o José Insúa, porque en estos viajes también se perdieron identidades y se ganaron otras, y sus hijos Augusto, Estrella y Universo. Finalmente los viajes físicos se detuvieron y comenzaron otros para los que no hace falta título de transportes: el de la imaginación y la nostalgia.
Pasaron muchos años antes de que cualquiera de ellos volviera a pisar el empedrado que empezaba a sustituir la tierra y la paja de las calles de Casas Viejas o el nuevo asfalto de Jerez, Cádiz o San Fernando. Siempre de vacaciones o visita familiar. Ahora los billetes tenían vuelta siempre bajo la vigilancia y el temor a los tricornios acharolados. Porque María, Catalina, Francisco y Juan nunca dejaron de ser españoles. Con el “récépissé” de la administración de la IV o V República les bastaba. Cosas de la melancolía y de aquellos sueños de los que habían pensado que también en sus pueblos y ciudades se podría vivir, al menos, sin el asfixiante caciquismo y miseria que habían padecido en los suyos. No lo llegarían a ver. Las raíces autoritarias tienen profundas raíces en estas tierras.
Las hojas del calendario fueron cayendo y así el cementerio de Montauban ha ido acogiendo los cuerpos de aquellos doblemente exiliados: primero por la República y  después por la dictadura. Muchas veces se ha escrito que la historia tiene sus ironías y “cosas raras”. Así que en aquel cementerio galo, a más de mil kilómetros de su natal Casas Viejas, reposan una hija de “Seisdedos”, de Francisco Cruz Gutiérrez, y de dos de sus nietos. A cien metros apenas, lo hace el máximo responsable político de la España de enero de 1933. Manuel Azaña, aquel presidente del consejo de ministros que, desde la soberbia de quien ocupa el poder, despreció a una veintena de asesinados afirmando en el congreso de los diputados que en Casas Viejas no había sucedido nada más que lo que tenía que ocurrir. Parece que los muertos de la cabaña quisieran permanecer unidos a él.
Hoy sólo vive Catalina con sus gatos, su satélite televisivo y su tarifa plana que le permite estar al día de lo que ocurre en aquellas tierras que ya sólo verá en su mente. Como no ha dejado de hacer ni un solo día desde que las abandonó un frío día de enero de 1933.
En la primera fotografía de Serrano aparecen en la izquierdaFrancisco y Juan. En la segunda foto Juana Prieto, Manuel Prieto, María y Merecedes Cruz Jiménez. Paco Candón, Francisca y Mercedes Candón Prieto. La tercera fotografía es de Leonardo y aparecen a la izquierda Juana Galindo, Catalina Silva Cruz con la niña María Montiano Cruz (hermana de Andrés), María Cruz Jiménez, Sebastiana Cruz Jiménez, con Sebastiana Silva Cruz, María Cruz García, la primera por la derecha es Encarnación Barberán. La cuarta fotografía es Catalina Silva Cruz y en la última esta con su hija Estrella.

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