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La sierra. Por el Coronel Verner. 1914. 1

 Presento dos entradas con la descripción que hace el coronel Vernet sobre las sierras de nuestro entorno. Este artículo fue publicado en 1914, en una serie de tres entregas para la revista Country Life. Me ha parecido muy interesante, sobre todo, para poder comparar como estaba la sierra en 1914 y la actualidad.

DURANTE los meses de invierno de 1913-14 atravesé la parte mayor de las sierras  buscando las cuevas que yo había encontrado antes por casualidad en años anteriores, así como buscar otras que posiblemente podrían contener pinturas u otros signos de ocupación por el hombre en tiempos prehistóricos. La zona se extiende por aproximadamente seiscientas millas cuadradas, y en su mayor parte se compone de grandes crestas de las colinas desoladas con sus cumbres cubiertas de rocas dentadas, separados entre sí por profundos valles y barrancos por donde corre más de un arroyo de montaña. Hace cien años la mayoría de estos valles estaban cubiertos por un bosque de alcornoques y robles españoles. Los carboneros han cortado muchos de los árboles más grades de estos hermosos valles, mientras que los que aún quedan han sido mutilados y despojados de sus mejores ramas. Hace unos años se pusieron guardas de monte para mitigar el daño de estos carboneros. Salvo por la disminución de las porciones boscosas de estas colinas y la reducción general, igual en tamaño y densidad de la maleza que cubre el resto de las laderas, este país salvaje muy probablemente presenta tanto el mismo aspecto general, así como las condiciones físicas, como lo hizo hace miles de años cuando el hombre prehistórico vivía aquí. Por lo tanto una descripción general de su estado actual puede ser de gran interés para el estudio del hombre prehistórico. Inmediatamente debajo de las laderas más empinadas y más inaccesibles de la montaña, éstas están pobladas de acebuches y cubiertas de un denso matorral de lentisco. Los cursos de agua son estrechos y enfilados con enormes rocas y masas de roca entre la cual cultiva la adelfa, que en el mes de junio hace cada barranco una masa sinuosa de color brillante. Más alto encima de los canales la adelfa aparecen el rododendro y el madroño, con árboles de laurel ocasional y laurestinus. En muchos de los valles inferiores los alisos que crecen entre las rocas en los cursos de agua casi ahogan los arroyos. Si no es destruida por los incendios forestales, que asolan estas colinas durante la temporada seca de abril a octubre, la maleza crece a una gran altura.
Sé de valles tranquilos donde uno puede cabalgar a lo largo de pistas por el brezal blanco. Hay abundantes signos de la presencia del hombre. De vez en cuando se oye el tintineo de una campana de cabra o el sonido más profundo de los cencerros que lleva el ganado.  Los  restos de los cultivos,  por lo general abandonados son raros. A veces aparecen depresiones o tierras llanas donde el matorral y el palmito se han quitado. Las piedras se amontonaron en montículos y se sembró de cebada o trigo. Estos lugares son pocos y distantes entre sí, y están rodeados por miles de hectáreas densamente cubiertas de brezos, jaras y retamas. En todas partes los enormes helechos llenan los espacios entre los arbustos. Los árboles de los arroyos están adornados con plantas trepadoras, en particular la zarzaparrilla. En la cima de las montañas barridas por el viento de levante dominan el tojo y el brezo. Estos tienen un tamaño muy pequeño y los acebuches y alcornoques aparecen doblados por estos vientos dominantes de levante, siendo sus cumbres aplanadas y tienen apariencia de gran seta con tallos inclinados.
Ninguna descripción de estas colinas salvajes y solitarias serían completas sin detenerme en  su variedad infinitas de colores, que cambian mensualmente. Cualesquiera que sean las flores o arbustos que, por el momento, dominan la escena, siempre existe el marco general del acebuche sombrío y el lentisco salpicado de masas grises de roca, con riscos afilados, fuertemente recortados contra el cielo azul. En invierno, las laderas son una llamarada de color amarillo - tojo y la retama de varias especies que compiten, por así decirlo, por superar a sus vecinos. Más tarde, la escena cambia completamente,  las laderas están vestidos con jaras carmesí y blanco, mientras que los alcornoques y robles de hoja caduca pierden sus tonos mate y se hacen vistosamente verdes
 

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